
El fin de semana vi The Artist . No sólo me gustó mucho por el género de la película y los tantos recursos estéticos para recrear ambientes y vestuarios divinos (impecable Bérénice Bejo, qué honor), sino que me hizo pensar en el poder de la mirada cuando faltan la voz y las palabras para comunicarnos. Automáticamente lo relacioné con el caminar sobre una pasarela y las producciones de fotos y de video en las que nuestros movimientos y gestos, pero en especial lo que digan nuestros ojos, son todo. ¿A dónde mira la mirada de la modelo? Esta es una pregunta que me hizo Jess1583 en el post Grandes cambios de Grandes y que agradezco como otro disparador para definir mejor la importancia de la mirada.

Así como nadie te enseña concretamente a desfilar o a posar bien (pueden guiarte más al principio, pero siempre digo que es como el swing de uno al bailar o jugar al tenis: más innatos que aprendidos), el manejo de la mirada que tiene una modelo es muy personal y, en gran medida, puede o no hacerla brillar. No se trata de tener un par de faroles azules o retintos, unas cejas híper curvilíneas o unas pestañas kilométricas. El poder de la mirada está en su profundidad, en la capacidad de hipnotizar, conquistar y enamorar en una fracción de segundos. ¿Será por eso que cuando te fulminan con la mirada te dejan mudo?
Más allá del maquillaje y de los tantos cambios de peinado, una modelo dispone de la mirada como su único patrimonio para manejar a gusto y antojo durante un desfile o una producción. Porque, como ya conté en otro post, el caminar, los movimientos y gestos pueden tener que hacerse bajo pedidos muy concretos del diseñador, del fotógrafo o del director. Entonces nos queda más libre la mirada y hay que aprovecharla. Por ella se refleja nuestra esencia: quien nos mire tiene que quedar prendado para después fijar su atención en el outfit. Eye-contact con el destinatario, diría una amiga cuando le gusta un chico y está convencida de que cuando cruzaron miradas profundas ya hay bastante dicho.
Cuando salgo a la pasarela, hay un punto fijo del que no saco los ojos. Por lo general me guío por donde están las cámaras y los fotógrafos esperando para tomar el look. A medida que me voy acercando al final de la pasarela empiezo a escuchar los cientos de clics, todos al mismo tiempo, y si no fuera porque en realidad voy mirando hacia adentro mío creo que quedaría ciega o asustadísima. Miro hacia adentro para no abandonar la actitud ni dispersarme, para relajarme lo más posible en ese casi minuto que dura la pasada o el segundo de un clic. Quiero que mis ojos transmitan mi mirada que es diferente según voy sintiendo el clima, la música, el ambiente, el outfit, el movimiento de mis brazos, la actitud de mi boca, la coordinación de los pasos, la postura... Mi identidad en potencia. Siempre que miro las fotos después de una campaña o de un show me fijo automáticamente en mi mirada y llevo un archivo en donde las guardo según vea que haya cumplido o no con el objetivo.
La cosa es que no hay mucha forma de practicar porque no hay un ABC para esto en donde lo que está implicado al 100% es nuestra esencia. El tema del desfile puede ser sensual, rockero, alegre o melancólico. Pero en cuanto a la mirada, no importa (o importa demasiado, mejor dicho), porque cuando de enamorar a otro se trata, en cualquier situación que se presente, una sabe, mucho más una mujer, cómo hablar con los ojos.

En esta nota:
Blog de Milagros Schmoll








