*María Celia Battiti es alumna del taller de expresión escrita a la distancia. Mamá de Martín (2) y embarazada de su segundo hijo. Argentina, viviendo en Francia, Burdeos. Este texto pertenece al primer contenido trabajado, que intenta responder a la simple pregunta: "¿qué me está pasando? Aquí y ahora, ¿qué me está pasando?"
En el silencio de la noche y mientras Martín duerme, el Fulano se despierta. Avisa que son sus pies los que habitan una parte de mi cuerpo, a veces tan dormido. Soy su universo; no puedo dejar de decirme con cierta ironía que afuera lo espera otro mucho más interesante que este cuerpo cansado y, en ocasiones, inconsciente de sí mismo.
Estar habitada por otro, que otro comande mis días, mis apetitos, y hasta mis humores: no siempre lo llevo bien. No le pido desalojo, claro que no, supongo que ya lo quiero, aunque Martín con tan solo dos abriles, sea dueño y señor de mi mirada.
Estar habitada por ese extraño al que de alguna manera di forma y más que eso, al que dimos vida. Después pienso: "nunca volverá a ser tan mío como ahora". Y ahí sí, entonces, hay una ligera emoción que le pertenece.
Antes de que naciera Martín, me resultaba imposible imaginarle un rostro. En el instante en que nos miramos por primera vez, mi discurso interior, tratando, una vez más, de acaparar las emociones, dijo: "¿y éste es hijo mío?" Al mismo tiempo yo sentí, porque lo lloré con lágrimas y todo, que era plenamente feliz, que ese amor estaba lejos de todo acto voluntario, que era visceralmente incuestionable.
Todo cambió para siempre. Yo, María, dejé de ser la que era. Un antes y un después. Extraña hasta de mí y, al mismo tiempo, naturalmente (¿naturalmente?) entregada a la experiencia de ser la madre.
No cambié el sentido del humor, no mis gustos, retomé los viejos sabores que el embarazo había reemplazado, un día también recuperé a la mujer deseosa y me dejé desear. Aun así, y sin siquiera saber hoy en día quién soy exactamente, sé que no soy la misma.
Nadie te lo advierte. No se trata de la falta de sueño y descanso que implica un hijo cuando nace. Tampoco, o no tan sólo, de la infinita responsabilidad de cuidar a otro. Es un tajo que no cicatriza nunca, y que, pasada la angustia propia de los primeros meses, permanece latente y vigilante. Es un tipo de amor que no puede relajarse, que atraviesa.
A partir de allí, una se reconstruye, rescatando esas viejas prioridades relegadas a un segundo plano. Lo importante tiene nombre y apellido, una herida que le pertenece y que él necesitará ignorar para poder ser libre.
Tirada en la alfombra siento esas patadas que, lejos de dolerme, reclaman respuesta. Con las manos rodeando el vientre, lo contengo, lo anido, y juego a contestarle.
¿Cómo vivieron ustedes sus embarazos? El "estar habitada(s) por otro, que otro comande sus días, apetitos, y hasta humores". ¿Cuánto o en qué sentido las modificó el hecho de ser madres?
PD: Las 3 comentaristas más votadas para escribir durante el otoño (y probablemente en parte del invierno) fueron: BYTLOVE, Merrywidow y EstocolmoladoB ¡Felicitaciones a las tres!
PD2: Por último, interesado/as al taller de expresión escrita, pueden entrar acá: Ablandar la mano. Y como siempre, quienes quieran sumarme como amiga de FB, me encuentran en Ine Sainz.
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De la mamá


