Iván: el de las canciones y el balcón

Por Redacción OHLALÁ!

23 de mayo de 2013, 16:49

Iván: el de las canciones y el balcón

Empecé a cursar una nueva carrera, siempre había querido estudiar cine pero por alguna inexplicable razón me volqué a la comunicación. Pensé que no era tarde y, con 22 años, quise arrancar de vuelta. Trabajaba de 8 a 6 y cursaba tres días por semana de de 8 a 11. Ahí lo conocí a Iván.

Era un morocho de 33 años, con nariz aguileña y aparatos. El pelo era de ese tipo medio oriental que si está corto tiene forma de pasto al ras. No me acuerdo la primera vez que lo vi pero sí de la siguiente. Era el profesor de Historia del cine y sus clases eran lo que más me gustaba de toda esa tecnicatura forzada en la que me anoté. Hablaba de Kubrick con pasión, explicaba pasajes de 2001: Odisea en el espacio y yo -que venía descreída en mis gustos- me volvía a encontrar con el séptimo arte.

Al principio las clases eran lo que más me interesaba de Iván, pero de a poco los tantos se empezaron a confundir. La hora que duraba él hablando me la dedicaba a mí, yo lo peleaba. No sé por qué pero tengo esa costumbre, cuanto más me gusta un tipo, más lo peleo. Como si lo bélico "por intenso" replicara en amor. Pobre ilusa. Igual a él ese juego parecía gustarle. Me molestaba en los pasillos, me decía que mi modo de pararme no era femenino, que me vestía como Floricienta. Cosas, que seguramente eran verdad. Soy flaca y tengo una postura encorvada imposible de corregir.

Cuándo me di cuenta lo amaba. Ese amor que no entendés cuando apareció pero que te convierte en presa de una ansiedad que de tan bochornosa es admirable. La escuela en cuestión era un retroceso, todos los días nos íbamos de las clases para tomar cerveza en la esquina. Iván empezó a venir, parecía interesado.

La verdad. Un día vino una de las chicas corriendo para contarme una noticia terrible: lo había visto con "una mina alta, grandota y con vestimenta dark". Palabras textuales. Era la novia con la que convivía. Además de profesor, Iván tenía una banda de reggae. Se llamaba Lourdes, ella se llamaba Lourdes; y yo, por mi moral cristiana, decidí alejarme.

Pero no era tan fácil, las clases seguían siendo un martirio divino para mí y para él creo que un poco también. Llegó fin de año y un saludo fraternal. Me siguió por un pasillo y me agradeció una charla que habíamos tenido sobre su futuro laboral. ¿Qué podía entender yo de eso? Hablé con la liviandad de una chica de 22, pensaba que la tenía clara. Me pidió el número de nextel y arrancó un infierno terrenal.

Hablábamos horas. Me daba consejos, me contaba anécdotas. Todo me parecía increíble: daba clases en un barrio, amaba los nenes. Hacía poco había sido tía por primera vez y eso me convirtió automáticamente en adicta a los chicos. Uno se pone monotemático sin darse cuenta. Una noche nos quedamos charlando de las 3 de la mañana hasta las 10. Es más, le cantó el feliz cumpleaños a mi sobrina que dormía conmigo en lo de mis papás.

La confesión. Iván apareció en una cena de alumnos. El año había terminado y alguna de mis amigas me quiso dar una sorpresa. Para ese entonces vivía colgada de esa historia. Comimos pizza y nos fuimos a un bar. Cuando estaba a punto de irse me vino a saludar.

- Tenemos que seguir hablando nosotros, me parecés una mina bárbara.

- Sí, Iván, vos también me caés bien, ¡sos un genio!

- De verdad te digo, quiero seguir hablando con vos...

No se iba. Parado, estático mirándome con ojos brillosos. No se iba. La incontinencia verbal obró y le dije: "Mirá si no estuvieses de novio, estaría todo bien".

Se puso rojo como un tomate. "La gente de treinta también se ruboriza", pensé. Como si la edad fuera un prohibitivo de la vergüenza. Me miró y me dijo: "Me pasa exactamente lo mismo". Lo llamaron, se fue.

Me quedé sentada con una semi sonrisa maquiavélica. El nextel triplicó su periodicidad. Me llamaba, me aconsejaba, me adulaba. Incluso llegó a pasarme a buscar por el trabajo para dar una vuelta por Plaza San Martín y me dijo que estaba buenísima nuestra amistad.

El beso. Una fiesta, una charla... un beso sencillo del que me escapé. Me sentía culpable. No entiendo bien porqué. Esa semana me mandó un mail con una canción, se llamaba "Resignación", tenía muchos errores de ortografía pero como buena boluda que soy, me morí de amor.

La amistad con derecho estaba consolidada post charla diciendo "esto no puede ser". Pero una noche el tema no dio para más. Nos escribimos, él estaba en un toque en Caseros, un bar en donde podés agarrar cualquier instrumento e improvisar con el resto de la gente. Lo fui a buscar y nos fuimos para un cumpleaños en Caballito. Ahí, de vuelta la charla sobre nuestras vidas se hizo presente. Hasta que... me miró fijo y me dijo: "¿Terminamos con este martirio?". Me dejé llevar, nos matamos, terminamos en mi casa con la promesa de nada pasará. Mis viejos no estaban y yo seguía (sí, seguía) siendo virgen, y no quería perder la condición si no me garantizaban estabilidad. Esperaba un novio o una promesa de amor eterna. Ilusa, de vuelta.

Subimos, nos tiramos en un sillón, nos miramos, nos dimos besos y nos dormimos. A las 10 me desperté y empecé a preguntarme qué había pasado, él estaba en el sillón, cuando volví, me miró y lloraba. "No sé qué me está pasando, no soy así". Vivía con la novia, y eran las 11, él que iba a dar explicaciones era él, no yo.

A la semana vino la charla. Por alguna razón pensaba que las cosas esta vez iban a ser diferentes, estaba nerviosa pero segura de que había sentimientos fuertes. Me pasó a buscar, dimos una vuelta a la manzana. Yo tenía cosquillas en la panza; él no tanto. Me dijo que había estado pensando mucho. Subimos a mi casa y tomamos una cerveza en el balcón. Sonó el teléfono, era ella. Lo percibí. Cuando cortó vino la exposición: "Me pasan cosas con vos, sos especial". Pero... (siempre el PERO)

Sacó de su bolsillo la billetera, la abrió... adentro había una hoja A4 rayada desprolijamente doblada en varios pedazos, con otra canción. "Leela", me pidió. Lo hice, era tierna y con pasajes que me estremecieron. Nos abrazamos. La sonrisa se le dibujaba de a ratos para convertirse en morisqueta. No entendía por qué no se iba, y se lo pregunté. Me dijo que no podía, que no quería. Entramos, prendió el equipo de música, puso un tema y me abrazó. Estaba helada, la despedida se estaba haciendo muy larga.

Bajamos, le abrí y lo saludé con un apretón de manos. Él se quedó suspendido en la puerta como un ente. Le hice fuck you, era más fácil ir por ese lado. Cuando atravesé la puerta el tema seguía sonando. Me cayó la primera lágrima. Después ya no las pude contar más. Tirada en el suelo, lloré con congoja y suspiros. Sólo entendí lo que había perdido cuando volví a leer la canción.