Mompox, un viaje por el túnel del tiempo

Por Redacción OHLALÁ!

23 de junio de 2013, 03:00

Mompox, un viaje por el túnel del tiempo

 Por Gimena Joao

Cuando uno piensa en Colombia se imagina el mar turquesa del Caribe o tal vez tomar alguna que otra rica taza de café. Sin embargo hay un tesoro escondido al que las guías de viajes aún no se deciden si llamarle Mompos o Mompox.

A orillas del río Magdalena, que como una columna vertebral sostiene la geografía del país de sur a norte, se encuentra este pueblo, escondido, de difícil acceso y detenido en el mil ochocientos y tantos.

Cuentan sus habitantes que en épocas de la Colonia era un importante centro comercial, pero la naturaleza hizo que el brazo del río sedimentara y toda esa actividad económica quedó trunca y se fue para otra parte.

Y ahí fue cuando se detuvieron los relojes, cuando el tiempo dejó de transcurrir. Quedaron intactos los balcones antiguos, los enrejados de ensueño, las calles llenas de flores de colores. Quedó la albarrada que da al río con su callecita angosta donde están los portales de la Marquesa. Los chicos jugando al fútbol en una plaza y la feria en otra, donde se venden verduras, frutas y pescados. También las almacenes, los negocios de chatarrerías y los puestos callejeros que venden arepas.

En algunas ventanas se ofrecen vinos caseros y dulce de limón, los riquísimos productos artesanales de la región, y en otras, las puertas que claman que allí hay una orfebrería o una joyería, dos de las actividades más recurrentes del lugar. Y si levantamos un poco la mirada nos encontramos con los techos de tejas rojas envejecidas que pintan el cielo, y por todos lados nuestros ojos se van a cruzar con las cúpulas de las iglesias que se erigen de a montones por todas las calles imponiendo su solemnidad y su majestuosa arquitectura.

Caminar por Mompox es sumergirse en el túnel del tiempo, donde hay pocas señales del siglo XIX. Tan sólo los cables de la luz que se enredan en los cielos y las motos (y claro, también mototaxis) que circulan en las calles, por donde casi no se ven autos.

Por las tardes, cuando el sol ya no agobia tanto, las sillas mecedoras que forman parte de los livings de las casas salen a las puertas, y desde allí la gente ve pasar la vida, balanceándose suavemente hacia delante y hacia atrás, en un movimiento que genera como una hipnosis, tanto para el que lo hace como para el que lo mira al pasar. Hay sillas de todos los modelos y para todos los gustos, para adultos y especiales para niños. Y otra vez el tiempo queda suspendido, meciéndose mágicamente, con una suerte de nostalgia rondando por el aire, esperando que caiga la noche y que el nuevo día comience.

Desde la barranca se puede observar cómo el río fluye tranquilo, mirando y acompañando el tiempo que transcurre en las calles. Subirse a alguna pequeña embarcación para ver el pueblo desde el río es convertirse en un espectador de lujo. Recorrer con la mirada la costa del pueblo que se sostiene erguido, intacto, orgulloso de sí mismo.

Y río adentro la historia continua. La vegetación es variada y algo selvática, la fauna llena de variedades, especialmente aves que vuelan cerquita de nuestras cabezas. Y como si fuera poco, en medio del río un banco de arena donde el agua llega tan sólo a la cintura, y uno puede meterse y girar para ver todo el río a su alrededor desde adentro del agua.

El acceso es algo complicado, sólo por agua. Desde Cartagena, por ejemplo, hay que tomar un bus de varias horas que llega a un cruce donde hay que esperar un ferry que atraviesa el río, y una vez en la otra orilla, aún queda otra hora de recorrido terrestre. Llegar no es tarea fácil, pero la máquina del tiempo tampoco debe serlo