Capítulo 1. Balcón con vista a pleno microcentro. Lluvia persistente que cae sobre los autos que atraviesan la avenida, a la izquierda el río, a la derecha el obelisco. Un sonido se apodera de la imagen: es una armónica. Salvador toca la armónica. Desde el otro lado de la ventana lo miro, abro la puerta que me conecta con la calle y le pregunto: "¿está lloviendo?" Las gotas más chicas son del tamaño de un melón, sus ojos se posan sobre los míos, nos separa un vidrio, para de tocar, compartimos el mismo ángulo de la ventana -yo de un lado, él del otro, cada vez más cerca-. Es el acercamiento del primer beso -pienso-, ese en que los dos se miran y ninguno se anima a dar el puntapié inicial.
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Capítulo 2. Salvador, en una oficina, con su sonrisa entre perversa y angelical, me mira e invita a jugar. Juguemos, ¿qué puedo perder? Camino, pasa al lado mío, me empuja, se ríe, me rio, ¿y qué? Salvador no es más que un pibe (tiene un par de años menos que yo) rico y dotado de modales engañosos que hacen que una mujer sea conquistada sin mayores esfuerzos. Leo el diccionario -sólo para pasar más de dos minutos en el mismo cuarto- me pide ayuda con el Excel - ¿qué puedo saber yo de Excel? – atravieso su cuerpo con mi brazo, aprieto el mouse para ver qué puedo hacer, él de a poco apoya su cabeza sobre mi hombro y me mira. Ninguno resuelve el enigma, peleamos, la pelea termina en un forcejeo, estira mi brazo, le digo que no tiene fuerza, pone todo de sí, le pido clemencia con mis ojos marrones oso y él me complace con su celeste agua.
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Capítulo 3. Voy al kiosco y vuelvo. Toco el timbre y alguien me observa por la mirilla. Es Salvador que se comporta como un nene lindo de segundo grado y te guiña el ojo cuando cruzás la calle. Deja entreabierta la puerta y no me deja pasar, pone su cuerpo, me sonrojo y atravieso sus pies; él se queda atrás mirándome fijo. Salgo de escena.
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Capítulo 4. Nunca abras más la boca, Olivia, la sutileza de tus palabras se pierde en esa mixtura de símbolos sin sentido que a veces despedís sin pensar. ¿Por qué será que cada vez que viene me mira, me habla, me toca? Se para atrás mío y me toca el cuello, justo el cuello que es donde más me gusta que me acaricien. Estamos en la oficina con Carlos, mi compañero de laburo que se ríe de mí. Llega Salvador y le pido que me defienda y contesta: "es imposible no reírse de vos". Se paraliza la toma y aparece su papá (mi jefe).
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Capítulo 5. Primer día de trabajo, nervios, corrida. Me siento en una oficina y empiezo a hacer lo que luego se convertiría en la tortura más grande: desgrabar. Solo me falta conocer al jefe. Me llaman y voy a su despacho; además de él hay una sombra parada atrás que me mira y se ríe de todo. Es alto, rubio con los pelos revueltos, ojos grandes y claros. Salgo de la oficina, estoy por bajar y aparece Norita (una de las de administración), me mira y me dice: "lindo chico, se llama Salvador, es el hijo de Corredo".
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Capítulo 6. Hay que traducir un plan de marketing del inglés al castellano. Milagrosamente soy la única en la empresa que puede colaborar en la labor junto con Carlos. Nos sentamos y buscamos los sinónimos de user y de online marketing plan for bets . De repente aparece Salvador -que tuvo un receso escolar durante el verano, fue atrabajar a California y acaba de volver-. Se para atrás mío y me toca el cuello, como siempre, como antes de irse, pero dura un segundo. Corredo padre aparece, miro para abajo, me da vergüenza la escena, Salvador se hace el boludo, de a poco retira sus manos. Se van, él me saluda, me mira y va caminando para atrás como un cangrejo, cuando está a punto de llegar a la puerta, repite mis tipos de bloopers de cuando me quiero hacer la canchera: se lleva puesta una maderita salida del piso, se resbala y es retenido por su padre, la pared los sostiene de una caída doble. Todos nos reímos, se van.
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Capítulo 7. Salvador está por volver de su experiencia burguesa, o eso creo. Escucho el timbre, abro la puerta, es él. Me muero de amor.
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Capítulo 8. Pleno diciembre, calor agobiante, no hay nadie, estamos sólo Carlos y yo. Aparece Salvador -que según me he enterado toca el piano, baila tango y habla francés, todos valores superlativos-. Sube, se para atrás mío y comienza con su histeriqueo habitual. Se está por ir y decido irme con él. Me pregunta: "¿en qué te vas?" Y como es típico en mí, respondo: "caminando". Me mira como si estuviera loca, pero caminamos. Cruzamos la 9 de Julio hablando de la nada, él riéndose de mi verborragia insípida y yo temblando de inmadurez. El paso es rápido y las palabras se convierten en vértigo, no las controlo, salen de mi boca para enterrarme. Llegamos a Callao y él se va pero antes, me da la noticia: "Me voy el 16 de diciembre" (eso es en 10 días, y por 4 meses, me quiero morir).
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Capítulo 9. Estamos en la cocina los dos. Él toma un café, yo busco una taza. Me mira fijo, no me habla. Minutos después Carlos me llama y me tira un baldazo de hielo: "está de novio". Me deprimo y sigo trabajando, sólo que si sé que él está no puedo dejar de esperar su aparición triunfal, más ahora que viene todos los días.
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Capítulo 10. Estuvimos hablando, me dijo que fuéramos a bailar tango, quiero pero... ¿ por qué lo tengo que llamar yo? Tendría que ser al revés. Lo pienso, escribo el mensaje, lo borro, no puedo. Voy caminando por Gurruchaga, paso por pasaje Russell, sé que él vive ahí, no sé exactamente cuál es su casa. Sigo caminando hasta que llego a destino: un restaurante. Agarro el celular y escribo: "¿Vas a La Viruta hoy?". Al segundo: "No, tengo parcial mañana, ¿vos?".
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Capítulo 11. Falta un día para no venir más, y sé que a la corta me voy a olvidar de él. Voy a administración a escribirle una carta de despedida a mi amigo Gustavo, le quiero decir que lo quiero. Empiezo una, la rompo; otra, la rompo. No estoy concentrada. Norita me mira, Salvador entra y sale, yo no me despego del papel. Sé que quiere saber qué hago, pero no se lo dejo saber. Termino. Me voy a la computadora y aparece... me dice: "me voy". Me da uno de esos abrazos del principio, que nos quedamos un rato como pegados, yo más que él. Me paro y le pregunto si vuelve el viernes, me dice que no.
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Capítulo 12. Son las 7, me quiero ir. Voy al baño pero para no ver mis ojeras de once horas encerrada no prendo la luz, dejo que el resplandor de afuera entre por la ventana de atrás. De repente se corta la luz -o eso creo, me olvido de que nunca la prendí- , me quedo a oscuras. Me asusto, sospecho de la existencia de fantasmas. Salgo del baño rápido y veo que apagaron la luz de atrás, aparece Salvador y se para en frente mío, hablamos bien, al fin me continúa una charla. Está cansado, tuvo finales y un fin de semana cargado. ¿Me atrevo? Y sí... le pregunto por qué. Me contesta con hielo, mis venas cambian el verde por un negro que me ahorca: "acompañé a mi chica a ver a la hermana que está internada". Disimulá, Olivia, disimulá: "Ah mira vos… ¿qué tiene la hermana?". "Apendicitis", contesta.
- ¿Hace cuánto estás de novio?
(Para mi indignación)
-Un mes
Hace un puto mes que sale, ¿justo ahora se tenía que poner de novio? Y sí. Igual seguimos jugando, peleando. Se va con su papá a su casa en el auto, me quedo escuchando "All By My Self". Aprieto el botón de la luz del baño, se prende.
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Capítulo 11 bis. Me quedo sentada sola expectante, paralizo mis ilusiones de que vuelva corriendo a decirme que en cada abrazo de esos se iba un poco de él. Miro la nada y hablo con Norita. Suena el timbre, atiendo. Es él.
-Me olvidé algo.
Entra. Sube y toca la puerta de arriba, voy envuelta de esperanza. Me mira y me dice: "tanto tiempo", "sí, la verdad". Pasa... entra a la oficina de papá ("Pa, me olvidé...). Dejo de escuchar. Pienso en irme, bajar con él. Lo llamo a otro de los jefes para decirle chau, y me pide un favor -qué raro, pienso-. Aprovecho para salir a hacer el trámite que me pidieron y bajo con Salvador que ya terminó con su olvido. Estamos los dos en el ascensor, me pisa y lo miro. Me pregunta: "¿cómo estás?", le contesto que bien. Le re pregunto su pregunta y contesta con mi misma afirmación. Llego a la puerta, lo miro, ruego que pase otra cosa, no pasa. "Chau Salvador". "Chau... seguí escribiendo". Y el ascensor se sumerge en el negror de su hueco.
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Nunca me dijeron te amo


