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 • HISTORICO

A Bariloche, en tren

Estuve en... la Patagonia Por Alfredo Guillermo Bevacqua




Hace unos años Río Negro tomó a su cargo el servicio ferroviario de pasajeros, rehabilitando el antiguo tren Arrayanes, ahora Tren Patagónico. Era un viejo sueño y decidimos conocerlo con Graciela, mi señora, y Federico, nuestro hijo. Fuimos a Viedma. No era el California Zephyr ni el Transiberiano. Son sólo 963 kilómetros, en una noche. No pasa por una gran ciudad como Novosirik, ni por el mítico Volga. Pero sí por Sierra Colorada y Pilcaniyeu, y por lagos y ríos de aguas impecables.
Ahí está el tren: con su coches dormitorio, con sus coches turista, donde se apretujan los lugareños que denuncian su humildad en la vestimenta, los gestos, el rostro; el coche cine con su programación de cuatro películas para todos los gustos; el coche comedor, con platos regionales: ciervos y truchas, y el vino de Río Negro.
Es el tren que llevó el progreso y el desarrollo en poquísimos años a regiones alejadas. Nada mejor que el tren para experimentar la sensación y emoción de iniciar un viaje; ese lento y suave avance, el rechinar de las ruedas en los rieles, se convierte en inigualable melodía cuando comienzan a pasar por las ventanillas el horizonte y el paisaje. Pasa el suburbio de Viedma y es como si pasara Moscú: son las casas iguales y grises; son las viviendas de obreros; son los barrios lejanos y pobres. Y no falta nada. Cuando se llega a San Antonio se dan vuelta los asientos; y parece que volvemos a retomar el camino, sólo falta que cambien los booggies Después al coche comedor. Si bien carece del antiguo esplendor que tenían los comedores de los trenes, seguimos dando vuelo a la imaginación, y nos sentimos en el tren nocturno de Moscú a San Petersburgo. Hemos transitado la estepa patagónica. Con soledades infinitas. Con monotonía sin par. Cuando, tarde, llegue el alba, comenzarán las alturas; a serpentear la vía en la precordillera, que obstinada sigue a un trazado de tierra que quiere ser ruta; a descubrir la nieve en los cerros; a encerrarse en túneles de piedra a cielo abierto.
Seguramente para muchos llegar a Bariloche habrá sido uno más de los viajes; a mí me ha parecido fantástico hacerlo como lo soñé.
¿Descubrimientos para compartir? ¿Un viaje memorable? Esperamos su foto (en 300 dpi) y relato (alrededor de 2000 caracteres con espacios).
Envíe sus compañeros de ruta a la Redacción de Turismo del diario LA NACION, por carta a Bouchard 557, 5º piso (1106), Capital Federal, o vía e-mail a: turismo@lanacion.com.ar

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