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 • HISTORICO

A hielo y fuego

Por la tierra de Björk, entre glaciares, volcanes y géiseres, un recorrido en auto para conocer el Círculo de Oro, una laguna para hacer la plancha a 38°C, playas de arena negra y zonas que se jactan de seducir a extraterrestres




REYKJAVIK.- Tierra de fuego y hielo, Islandia es un muestrario de accidentes geográficos, un conjunto de paisajes incomparables. Los glaciares ocupan más del 11% de la isla y conviven con alrededor de 200 volcanes, entre ellos el famoso Hekla (conocido antiguamente como la entrada al infierno ) y el Eyfjallajokull, que entró en erupción en 2010 generando un caos aéreo en una amplia zona del mundo.
Björk le canta a su país Emocional landscapes, paisajes emocionales, palabras justas para definir la magnitud de su naturaleza, que contiene en sus formas y contrastes una especie de música visual.
Zonas geotermales, géiseres, desiertos de lava, cascadas, cráteres, montañas, acantilados, fiordos, valles, costas donde un mar calmo se distrae con cientos de aves que lo sobrevuelan y todo forma parte del gran espectáculo natural y sorprendente.
La ruta 1 es la carretera de circunvalación, que recorre el país y conecta tanto las principales ciudades como los sitios habitables de todos sus puntos cardinales. El centro de la isla queda un poco entre el misterio y la aventura, ocupado por montañas, volcanes y glaciares. Para acercarse a ellos se necesitan camionetas equipadas y muchas ganas de lanzarse a los deportes extremos.
¿Por dónde empezar? ¿Y cómo? Con tanto para ver, lo mejor es preguntarle a quien conoce. Como Sölvi Melax, que nació en Islandia, pero hace cinco años viajó a Paraguay como estudiante de intercambio y pasó también un año por la Argentina. "En mi país hay cosas muy diferentes para hacer, depende de la cantidad de tiempo y del auto con el que uno se maneje -cuenta Sölvi-. Para dos semanas vale la pena simplemente rodear la isla, siguiendo la ruta 1."
Blue Lagoon, Pingvellir, Gulfoss, Geysir, cabalgatas con una muy particular raza de caballos y el clásico mercado Kolaportid, en la capital, son algunos de los paseos básicos, además de la experiencia de disfrutar entre los islandeses de alguna de las piletas de aguas termales "baratas y divertidas", según Sölvi, o de una visita al sur para caminar sobre un glaciar en Thorsmork, donde sólo se llega en 4 x 4. Apuntados los nombres y dadas las gracias, empezamos el recorrido.
Las tres maravillas
Un camino solitario e inhóspito, a una hora de Reykjavik, nos lleva a uno de los sitios más populares. Si bien hay cientos de ofertas de tours para conocer Pingvellir, Geisyr y Gulfoss es un recorrido que se puede hacer fácilmente con un auto alquilado.
Completar el famoso Círculo de Oro por cuenta propia es muy sencillo y toma un día completo. Sólo hay que salir temprano, aprenderse las letras islandesas o contar con GPS y largarse a la ruta sin olvidar que las velocidades máximas son de 90 kilómetros por hora.
La primera parada es en Pingvellir (escrito también como Thingvellir), sitio histórico donde se estableció el primer Parlamento del mundo, en 930. Aunque suene contradictorio, en el último país europeo que fue habitado se encuentra el Parlamento más antiguo.
Si bien Islandia logró su independencia de Dinamarca en 1918, recién obtuvo su Constitución en 1944, cuando se fundó la república, y en ese mismo edificio fue donde se tomaron las decisiones más importantes para el país.
Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, lo primero que identifica al lugar es un mástil con una bandera islandesa. También, un majestuoso valle cruzado por pequeños ríos, cascadas, el inmenso lago Pingvallavatn y la gran falla visible de Almannagjá, que nos sitúa entre las dos placas tectónicas, la Euroasiática y la Norteamericana. Sin duda, un sitio de importancia histórica y geológica, con una energía particular donde el silencio y la quietud del paisaje acompañan la mirada atónita de sus visitantes.
Un local enorme de suvenires, junto a un restaurante y un estacionamiento lleno de ómnibus turísticos, nos indica que hemos llegado a destino. La entrada a la zona de géiseres parece un campo minado, el humo sale constantemente de la tierra.
Entramos a una zona humeante donde el agua hierve a nuestros pies para que, a metros de habernos internado, la espactacular explosión de Strokkur nos deje petrificados por minutos. Con la cámara de fotos para poder captarlo y llevarlo de recuerdo, la espera es inevitable. Pero cada 5 minutos en promedio se produce una exploción.
Rodeado de turistas expectantes, el agua azul ebulle, se mueve, forma un principio de globo y salta con mucha fuerza hasta alcanzar los 30 metros; entonces la gente grita, los perros ladran y los niños lloran, el viento se encarga de mojarnos un poco y se escuchan las risas de tal excitación porque comienza la espera para ver el próximo. Es dificil dar fin a la visita, por eso cuidado, siempre se espera uno más y a los intervalos, entre uno y otro, el tiempo pasa muy rápido.
La maravilla que completa este círculo dorado son las cataratas Gullfoss. Bajamos del auto sin notar que hemos llegado adonde queremos. El viento es impiadoso. Caminamos hasta unas escaleras, donde comienza el descenso a lo que buscábamos ver: una doble catarata que proviene del río Hvitá y cae a 70 metros de profundidad.
Un camino lateral nos permite subir hasta llegar bien cerca y casi tentarnos a acercar la mano para tocarla. Si hay suerte de que las nubes dejen ver algún rayo de sol, el arco iris nos completará la foto ideal de este lugar.
A media hora más de viaje, si todavía resta energía para seguir un poco más, vale la pena llegar hasta Seljalandsfoss, un salto de agua de 60 metros, que puede conocerse desde abajo. Para introducirnos por su costado y caminar toda su parte interna es necesario llevar calzado que no resbale y algún impermeable para no ducharse en el intento.
Lo bueno y al mismo tiempo curioso de todos estos paseos es que no se paga entrada, aun siendo Pingvellir, por ejemplo, Parque Nacional; lo que se pide es respeto por el ambiente y, en el caso de los géiseres, que la gente no tire monedas adentro de los pozos de agua.
Un día en el spa
A 45 minutos de Reykjavik nos espera un oasis para el relax. El camino, como toda ruta que sale de la capital parece el viaje hacia la nada. Nos rodea un desierto de musgo, roca y desolación; si no fuera por los carteles que indican Bláa Lónid (hay que llevarlo apuntado para reconocerlo en la ruta) nada nos indica que estamos viajando rumbo a The Blue Lagoon.
A lo lejos del paisaje, un hilo de humo blanco se eleva hasta fundirse con las nubes y, aunque el contexto nos resulte fantasmagórico en un país que cree en elfos y criaturas mágicas, imaginamos una catarata, el chorro de un géiser o humo de algún volcán. Algo en la distancia nos da la idea de que estamos cerca. Finalmente llegamos a los vapores de esta área geotermal que se ubica sobre un campo de lava. La entrada cuesta 30 euros y da acceso a la laguna con uso ilimitado de su barro blanco para embadurnarnos de pies a cabeza. La toalla se alquila aparte, por 5 euros, por eso es recomendable salir a esta excursión con el bolso armado, toalla propia y todo lo necesario como para pasar el día en una pileta.
La laguna está abierta durante todo el año, no importa cuánto frío haga afuera. El agua tiene un promedio de 38°C y su composición rica en minerales es ideal no sólo para dejarnos la piel espléndida, sino para el tratamiento de enfermedades como la psoriasis.
Aunque tengamos ganas de olvidarnos el reloj y quedarnos haciendo la plancha todo el día en esta laguna, el tiempo máximo para estar en el agua es 50 minutos. El complejo es bastante grande, los vestuarios cuentan con duchas, hay roperos para dejar la ropa y un sector para masajes de todo tipo. También, un restaurante, una terraza que nos ofrece una vista de toda la zona y negocios donde se pueden comprar las cremas (la más barata, a 30 euros) hechas a base de sus minerales.
Rumbo al Oeste
Así como el volcán Hekla fue considerado la entrada al infierno durante años, otra puerta se encuentra en el glaciar Snafellsnes y es la famosa entrada al centro del mundo de Julio Verne. En la punta oeste de la isla, conducir hasta ahí es un lindo paseo de 2.30 horas. Bordea la costa, pasa a través de un extenso túnel y por ciudades como Mýrar, donde su perfecto paisaje se interrumpe con una casa de techo rojo que modifica el color del horizonte. Es Arnarstapi, para quedarnos unos minutos en el área de avistamiento de pájaros.
El glaciar volcánico se ve, si hay buen tiempo, desde Reykjavik. En todo el recorrido la punta nevada nos sirve de referencia, pero cuando dejamos la ruta y comienza el sendero que nos acerca a él, los carteles advierten el peligro. Entonces, ya tarde, nos damos cuenta de que esta excursión era mejor hacerla con un tour.
Los caminos son empinados, de piedras pequeñas que se desmoronan y van cambiando las pendientes. Los autos de adelante se atascan, van quedando en el camino, estacionan por algunos descansos y nos damos por vencidos. Así comienza una caminata de casi 2 horas para llegar a tocar un poco de hielo en esta zona considerada mágica por su tremenda energía, donde se asegura haber habido contacto con extraterrestres.
El último paseo, ya en el Sur, son las playas de arenas negras de Vik. Contemplar este sitio nos transporta a otro mundo. Por un momento descansamos del planeta que conocemos para observar algo que jamás imaginamos.

DATOS UTILES

Cómo llegar
De Buenos Aires a Reykjavik hay que hacer una conexión en ciudades como Madrid, a 4 horas de la capital islandesa, Londres, a 3 horas, o Nueva York, a 6. Un vuelo vía París o Fráncfort, desde Ezeiza, demora unas 19 horas (incluida la conexión), que es lo mínimo con las frecuencias actuales. Más información, en www.kefairport.is

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