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 • HISTORICO

A pesar de todo, París mantiene su rutina... y a sus viajeros

Los visitantes se quedan en la ciudad conocida, lejos del caos




"Siempre nos quedará París", le prometió Humphrey Bogart a Ingrid Bergman en Casablanca, la película que nos sigue haciendo lagrimear. Aunque la Segunda Guerra Mundial incendiaba el mundo, los enamorados no perdían la esperanza de reencontrarse en la ciudad más bella del mundo.
Algo así, salvando las distancias, sienten los turistas que disfrutan del otoño en las mesas de la vereda de Champs Elysées. Los títulos de Le Figaro con los motines de las afueras que estallaron el 27 de octubre les resuenan remotos como los hechos vandálicos en Mar del Plata. Aunque estén a pocos kilómetros, a sólo minutos con el tren, del cinturón de inmigrantes en el Banlieu. Como dicen en la cancha, ellos son "los que lo miran por TV".
La rutina de los visitantes no se alteró en estos últimos días en los cafés y tiendas de las orillas del Sena. Ni en los museos, igual que en los Grandes Magazines cercanos al boulevard Haussman. Nadie cerró ni alteró sus horarios a la hora de pasear, comer, divertirse. No hay toque de queda.
Viajar a París hoy es tan confiable como siempre. El turista, que suele acobardarse fácilmente, no tiene motivos para preocuparse. Aquí, como en Nueva York, Río de Janeiro o Buenos Aires, los turistas se manejan en una pequeña parte de la ciudad. Donde no pasa nada, salvo un descuidista o temas menores. Una cosa es el corralito, el circuito preferido de los forasteros y otra la realidad que puede ser áspera.
De todas maneras conviene tener algunos datos en cuenta porque nadie se cuida mejor que uno mismo. Por ejemplo, al llegar al aeropuerto Charles de Gaulle no es aconsejable, sobre todo de noche, tomar el RER para cubrir los 24 km hasta el centro. El otro día le tiraron piedras al tren, como pasa a veces en el Gran Buenos Aires después de un partido de fútbol. Sus vías atraviesan el Nordeste, la zona de Saint Denis, cerca del estadio mundialista, donde comenzaron los disturbios. Conviene, aunque salga más caro, tomar el bus de Air France (16 euros), el Roissybus hasta la Opera Garnier (8,40) o un taxi (45, según el tránsito).
Sin embargo, uno sin darse cuenta puede cruzarse con esquinas peligrosas. Por ejemplo, al norte del Centro Pompidou, más allá de Les Halles, cerca del boulevard St. Denis, con las colegas de Irma la Dulce. O, más aún, en torno de algunas terminales como el Gare du Nord, a pocas cuadras de Montmartre. Allí llega el Eurostar de Londres o Bruselas, pero la zona se asemeja a la región de Clichy-Sous-Bois por la presencia masiva de árabes y africanos. Parecido al Lavapiés de Madrid.
También, el vecindario de Gare del Este en el 10° distrito (arrondisssement) donde vivía Julio Cortazar, en la rue Martel, que está saturado de locutorios, peluquerías étnicas y locales para inmigrantes. Allí hubo incidentes, y en los distritos vecinos. Que incluso se podrían vincular con los misteriosos incendios que se registraron en casas precarias en otras zonas donde murieron 48 inmigrantes, la mayoría niños de familias africanas.
El tema es serio y es mejor ir por partes. No hay que dejar de viajar. Tener, por supuesto, cuidado. Y al mismo tiempo tratar de entender por qué ocurre lo que ocurre. Por qué este mundo no se parece al que conocimos. Y a veces nos sentimos extraños en el Paraíso. Eso es lo que pienso al escribir esta columna al atardecer del jueves, tan atento a las noticias por Internet como a mis recuerdos.
Por Horacio de Dios
horaciodedios@fibertel.com.ar

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