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 • HISTORICO

Alfombras mágicas que valen un viaje

Las principales actividades que animan los días de los tunecinos son la cría de corderos y camellos, la recolección de dátiles y los diversos tejidos artesanales; también disponen de tiempo para tomar un té de menta




TUNEZ.- Ma Zahr no deja de balbucear en árabe mientras con una rápida habilidad, fruto de una práctica que data de su niñez, ata nudos de distintos colores formando un diseño según un dibujo marcado en un papel, que de vez en cuando es visto pero que permanece doblado en cuatro y descansa en el respaldo del banco donde se sienta junto con sus compañeras. Envuelta en su djebba , gira la cabeza para aclarar el significado de su nombre a Abdullah, uno de los dueños de la tienda devenido nuestro intérprete, que lo dice con sorpresa: se debe al gusto de su madre por el agua de azahar, repite.
Sentadas en hilera frente al telar, de donde cuelgan varias madejas de hilos de colores, Ma Zahr y sus compañeras sonríen para la foto y permiten que los visitantes se sienten a su lado e intenten tejer un punto. Cada alfombra les demanda entre seis y ocho meses de trabajo, en los que permanecen horas y horas en habitaciones tapizadas y alfombradas con sus obras.
A modo de sacudida, pero como desenrollando un encanto, las alfombras de pelo de camello y de lana de oveja, así como las mantas de Túnez, son exhibidas como un tesoro, tan valorado como el precio que se pide por ellas. Se las aprecia por la cantidad de puntos anudados con que se hacen. En un metro cuadrado de tejido, pueden caber entre 10.000 y 490.000 nudos, cuanto mayor sea este número mejor es su calidad.
La más popular es la zerbia , inspirada en modelos turcos que consignan discretos dibujos geométricos. Las más caras son las confeccionadas con hilos de seda, que al sacudirse producen un tornasolado por efecto del movimiento. Las mantas de lana sintética son más baratas, pero no menos bonitas: hanbal es la tejida en colores naturales y comúnmente se ofrece como regalo de bodas, al menos entre los bereberes; y la llamada klim es tejida en color rojo.
Entre las que se encuentran en los souks , también están las bishts , mantas que sirven de asiento al montar los camellos.
A modo de ejemplo, el persuasivo Abdullah asegura que "no hay mejor recuerdo de una aventura tunecina, que una alfombra". No se equivoca, aunque las ganas de adquirir una se desvanecen al explicar, por ejemplo, que tres metros de un corredor que pesa casi siete kilos cuesta 390 dólares, y una pequeña alfombra tejida en hilo de seda que tiene 250.000 nudos por metro cuadrado vale 850 dólares. No obstante sus cifras, los precios caen a la hora de pagar el alquiler de la tienda, asegura un desconfiado guía.
Para los más austeros, las pieles de oveja, consecuencia obvia de la demanda para tejer alfombras, y las esteras son bastante más baratas.

A la vera del camino

Olivares, palmeras, hombres, corderos, se suceden unos a otros a la vera de los caminos tunecinos.
Entre las mediterráneas Mahdia, Mahares y Gabes y la casi desértica Matmata, el camino se abre paso en medio de palmeras datileras y olivares. Cincuenta millones de estos últimos árboles son legado de los fenicios que los introdujeron; rinden aproximadamente un millón cincuenta mil toneladas de aceitunas, muchas de las cuales se exprimen desde tiempos prehistóricos para obtener aceite.
En su alrededor el esparto crece raleado formando matorrales, entre los que siempre se divisa a mujeres dobladas a la cintura arrancándolos, para luego hilarlos y tejer las conocidas esteras. Esa fibra color verde seco también sirve para tejer bolsas y cestas, que cuelgan de las tiendas en los souks del interior tunecino.
Tanto en la ruta que bordea el golfo de Gabes como en el camino que se interna en el Africa sahariana, las palmeras aparecen en forma aislada, dando fruto a un sinfín de sedientos relatos y jugosos platos hechos a base de sus autóctonos dátiles.
En las inmediaciones de Douz, el número de palmeras supera el de habitantes: hay 800.000 árboles que producen dátiles para comer, y vino de palmera o laghmi para beber, ramas para hacer muebles, troncos para construir tejados y fibras para trenzar cuerdas. Si los habitantes de los oasis viven en gran medida de las palmeras, también dejan en ellas grandes esfuerzos y horas de vida: hay que perforar pozos para extraer agua, podarlas en su vida madura, que tiene unos 50 años de duración, e incluso ocuparse de fertilizarlas con polen.

Las horas del té

Los que no se plantan de manera esporádica son los bares. A lo largo de los caminos que atraviesan los pueblos para inmiscuirse en la vida de sus habitantes, modestos bares se extienden hasta en sus veredas. Sea cual fuere el lugar y a toda hora siempre están colmados de hombres, que pasan horas y horas mirando la ruta, los transeúntes locales, o vaya a saber qué, mientras saborean un té de menta o de semillas de piñón, costumbre que se matiza con el hábito de fumar en narguiles.
A la altura de Kenitra, parar en la ruta en medio de la nada para comer méchoui , cordero asado, es otra costumbre local, a la que se suman no pocos turistas. No parecería ser un atractivo, pero, sin embargo, son muchos los que se detienen ante corderos colgados que se desangran, mientras en las inmediaciones un grupo de dos o tres vivos atados a un palo parece pedir auxilio. En la puerta de estos puestos de comida bastante rudimentarios -un ambiente azulejado que parece una carnicería- se elige el pedazo de carne señalando la parte del animal que se quiere y en cuestión de minutos se entrega supuestamente cocido

Sobre los milenarios jemeles

A 600 metros de altura, en el norte de las montañas de Dahar, los bereberes de Matmata y sus vecinos de Tijma, Haddége y otras localidades viven en cavernas. Se trata de casas excavadas en la montaña con patios a cielo abierto, conocidas como viviendas trogloditas.
Un ojo inexperto descubre cráteres en montañas de color ocre, pero uno más atento hace caso omiso al disimulo y descubre refugios escondidos. No en vano fueron dignos escenarios de En busca de la tierra perdida o La guerra de las galaxias .
Originalmente, estos pueblos escarbaron la arcillosa tierra huyendo de impiadosas invasiones. Hoy, aseguran disfrutar de cierto frescor, cuando el sol del verano calienta hasta más de 40ºC y, al mismo tiempo, permanecen amparados cuando la temperatura desciende en el invierno.
Por una suerte de cráter se accede a un túnel subterráneo que desemboca en un haush o patio a cielo abierto, en cuyo alrededor se excavan salas, ksars o graneros donde se almacenan cereales y aceitunas, y dormitorios ubicados en un piso superior, al que se accede por una cuerda.
Las palmeras, los olivares, el camello y los turistas permiten la subsistencia de los bereberes.
Es que por estos lares, el jemel o camello sigue siendo el medio con que se movilizan los bereberes. El camello doméstico es un animal singular, adaptado a la vida en el desierto, por el que en otros tiempos vagaba salvaje. Su íntima relación con el hombre, los llamados camelleros, data de muchos siglos y fue decisiva para los pueblos nómadas del norte de Africa y de Medio Oriente.
Aparentemente dócil, es bueno saber que suele ser obstinado y de mal carácter, cuando no trata de morder a su dueño. Si bien puede prescindir de agua durante mucho tiempo, ya que el líquido que necesita lo obtienn de la grasa que acumula en su joroba y de las plantas que come; tras un período de deshidratación forzosa (puede permanecer hasta diez meses sin beber) debe aplacar su sed ingiriendo grandes cantidades de agua. Llega a tomar hasta 130 litros de agua de una vez.
El bamboleo y el vértigo que produce el andar en camello suele disfrutarse en las inmediaciones de Matmata, entre otros sitios. Aunque la oferta inicial es de una hora por 10 dinares, el paseo concluye en menos de media hora, tras divisar un paisaje lunar, salpicado de palmeras, matorrales de juncos y de especies, que crecen silvestres, como el romero.
Delia Alicia Piña

Comidas

Los turistas pueden disfrutar tanto de los platos tunecinos típicos como de pescados y frutos de mar del Mediterráneo. Pero también siempre puede tener en su plato comida internacional, que se sirve en todos los hoteles y restaurantes.
  • Los platos tunecinos más característicos son:
Cuscús: hecho sobre la base de sémola de trigo, garbanzos, verduras, cordero, pollo o pescado.
Mesfuf : cuscús dulce; además de los ingredientes mencionados, se suman nueces y uvas.
Briks : fino hojaldre con huevo.
Tajines : patés preparados en hornos de tierra.
Mechoui : cordero asado.
Pescados : se sirven solos, fritos, a modo de aperitivos o en platos combinados con huevos fritos, papas, tomates y pimientos.
Mariscos : abundan en las aguas de Túnez, aunque la langosta ( hommard ), las ostras ( huîtres ), las almejas ( clovisses ), los mejillones ( moules ), las gambas ( crevettes ) y los langostinos ( crevettes royales ) se encuentran en abundancia, pero no difieren de los que se saborean en Europa o en nuestro continente.
  • Se recomienda no beber agua, sino gaseosas o agua mineral. En algunos bares se sirve laghmi o vino de palmera, pero lo más habitual en todo Túnez es el té de menta, té con piñones o café turco.

Para trogloditas

En la década del 60, el Club Tunecino de Turismo convirtió un primer grupo de viviendas subterráneas en alojamiento para turistas. El Mathala (teléfono 00216-5-30015) tiene 120 camas en 36 celdas para grupos de 2 a 10 personas; una habitación para dos personas con desayuno cuesta 50 dólares. El hotel Sidi-Driss (00216-5-30005) es más nuevo y sirvió de base, durante 1976, a los protagonistas y equipo de filmación de La guerra de las galaxias .
El más moderno es Les Berebéres (00216-5-30024), que tiene siete restaurantes y 140 camas en 140 celdas. Estos dos últimos alojamientos valen 14 dólares por una doble con desayuno.

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