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 • HISTORICO

ANDALUCIA Al ritmo del cante jondo

Su pasado moro se exhibe en espectaculares obras mudéjares que conviven junto a la Judería, a pasos de una de las catedrales más grandes del mundo




SEVILLA, España.- Una ciudad que acecha/ largos ritmos/ y los enrosca/ como en laberintos./ Como tallos de parra/ encendidos./ ¡Sevilla para herir!...
-¿Quiere que siga mi niña? ¿Quiere? Unas pela , por favor; no son para mí, son para Federico, es que se aproxima su aniversario y quiero homenaearlo .
-¿Federico?
-Sí, ¿no se enteró?, nació hace un siglo y, de muy joven, me lo mataron en Granada junto a un maestro, dos banderillero ..." No hubo quien no sonriera, su ocurrencia, su economía de letras...
Ella logró parte de su cometido al hacer detener a más de uno. Por sus dichos, era obvio. No podía ser otro. Sólo el fervoroso rasgueo de las guitarras flamencas que la seguían en su misma ruta por las pelas (pesetas) podía distraerme y no prestarle la debida atención. El siglo del nacimiento (que se cumplió el año último) de Federico García Lorca parece que estimuló a muchos andaluces. Pero Teresa, una sevillana de ojos y pelo renegridos, desde hace tiempo que vive de su pasión por el popular poeta español, y repite estos y otros versos del Poema del Cante Jondo , a pesar de que arranca no muchas más pesetas que sonrisas.
Deambulaba por lo de Doña Elvira, un patio andaluz hecho plaza, en la esquina de Gloria y Vida, calles del corazón de la Judería, que como en Córdoba y Granada se repite con sus sinuosidades, azulejos y macetones colmados de malvones, geranios y buganvillas.
-¿Le gusta? Vio qué lindo. Las cerámicas cubren toda las paredes para dar sensación de frescor; se abrieron los patios para respirar aire; las calles son angosta , rodeadas de paredes altas para protegerse del sol. Ahora, no es (nada), pero en verano la caló mata; no hay más que ir para el río (por el Guadalquivir), menos mal que nos abraza.
Teresa improvisa y se hace guía. Y, a decir verdad, no hay como un orgulloso andaluz para hablar de su tierra.
-Estos naranjos son muy populares. Hay por todos lados. Pero no piense que puede comerlas. Son muy amargas y una vez al año el Ayuntamiento las recoge para que las monjas las hagan mermelada.
Ya me iba para las calles del Agua y Vida, al bar que tiene por nombre el de estas dos para probar fritos variados, cuando Teresa insistió en llevarnos a la Calle de Mateos Gago, donde antiguos baños árabes se convirtieron en el bar La Giralda, el original, donde una gran variedad de tapas sacia a cualquiera.
Los comentarios de Teresa, sus poemas y el cante que la secundaba con palmas y un no menos incesante rasgueo quedan atrás al llegar a la Plaza del Triunfo y entrar en los Reales Alcázares.

Visita palaciega

Una vez más la fusión de estilos también se exhibe en la capital de la región de Andalucía, Sevilla. En pos de dejar su impronta, diversos monarcas se obsesionaron por agregar palacios, patios y jardines hasta llegar a un conjunto arquitectónico que mezcla obras mudéjares con góticas, renacentistas y barrocas, conocido como los Reales Alcázares, emplazados en el barrio Santa Cruz.
El mérito es de los mudéjares, musulmanes avenidos a la cultura cristiana, que pacientemente labraron columnas, arcadas y paredes de yeso; cuidadosamente aplicaron azulejos y, hábilmente, tallaron en madera cúpulas y techos.
Tras el Patio del León y el de la Montería, sigue la Sala de los Almirantes o Casa de la Contratación, donde se prepararon gran parte de los viajes al Nuevo Mundo y hasta el de Magallanes alrededor del mundo. Enfrente, el Palacio de Pedro I de Castilla, apodado el Cruel, se impone como el más deslumbrante de los alcázares.
El Patio de las Muñecas, corredores y dormitorios adyacentes, con sus celosías que hacían honor a sus residentes: mujeres que veían sin ser vistas, y el no menos ostentoso Patio de las Doncellas, donde no es raro que la leyenda popular insista en adjudicar a los Reyes Católicos la entrega a los musulmanes de bellas jóvenes para promover las buenas relaciones, son impactantes. Bajo la tallada bóveda de cedro del Salón de los Embajadores pasaron califas, emires, príncipes, embajadores y artistas que intervinieron en la vida cortesana.
En la parte más antigua está el gótico y recoleto Palacio de Carlos V, con sus tapices y coloridos azulejos del siglo XV. Pero los jardines atraen hacia fuera, como un soplo de aire fresco, el mismo que corre entre magnolias, naranjos, limoneros y una innumerable lista de flores y plantas que se ordenan en jardines y terrazas, se enredan en pabellones, rodean acequias y coquetean alrededor de las infaltables fuentes de agua. Al salir, cruzando la Plaza del Triunfo, en dirección hacia la Plaza Virgen de los Reyes, donde los coches de caballo se alinean a la espera de pasajeros que quieran realizar un romántico paseo, se levanta la tercera catedral cristiana más grande del mundo, después de la Basílica de San Pedro en el Vaticano y la catedral de San Pablo en Londres.

Símbolo de grandeza

Una veleta de figura humana da vueltas en la cima de una torre que es símbolo de Sevilla. El Giraldillo ya está en su Giralda, la reciclada torre alminar de una antigua mezquita es testimonio de la cultura árabe, junto con el Patio de los Naranjos, en el que los fieles musulmanes dieron paso a los millones de devotos cristianos que hoy la visitan.
La Giralda no es más que el preámbulo de lo que puede la mano del hombre, y una de las catedrales más grandes del mundo, la de Sevilla, es una muestra de ambición y devoción incondicional.
Bajo una cascada de oro, paneles dorados tallados en relieve, Santa María de la Sede, patrona de la catedral, descansa en el retablo mayor, resguardado por una reja de hierro forjado, que corrobora el dicho de voy a escuchar misa, porque nunca se llegaba a ver el altar.
En Sevilla, el que pierde algo le reza a San Antonio, luego de que su imagen fuera cortada de la obra de Murillo y, tras arrepentimientos y restauraciones, volviera al cuadro de origen: La Visión de Murillo , en el bautisterio.
Si de supersticiones y ritos se trata, los sevillanos son famosos e invitan a sus huéspedes y visitantes a imitarlos. De tanto andar y rodar la tumba de Cristóbal Colón volvió a terminar en esta ciudad (en la catedral). Al menos así lo aseguran los lugareños: "No para regresar como él, pero sí para volver a vivir en Sevilla hay que tocar los pies de alguno de los cuatro enormes heraldos que custodian su ataúd", dice el guía, al tiempo que sus oyentes se abalanzan sobre la estatua más cercana.
Por Delia Alicia Piña
Del Suplemento Turismo

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