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 • HISTORICO

Austinentre la cultura y el ocio

En esta ciudad sobreviven los hippies, que se llaman slackers; los libros y las películas están al alcance de todos y los múltiples cafés invitan a la holgazanería




AUSTIN, Texas.- (El Mercurio, Chile. Grupo de Diarios América).- La droga oficial de Austin es el café. Necesito una inyección de cafeína es la típica frase/excusa que se oye todo el día y hasta la golosina top de la ciudad son granos de café bañados en chocolate (exquisitos). En Austin, la llamada coffee-house culture (que existe en toda ciudad que se considere bohemia o que cuente con un gran barrio bohemio) ha llegado al límite de lo tolerable. La cafeína es la única razón por la cual no se pasan el día durmiendo. De todos los cafés (casas del café, para ser exactos), el más famoso es Quackenbush´s o Quack´s, que es como un inmenso loft doble, con varios ambientes, uno de ellos al aire libre para los fumadores. Dentro de Quack´s hay un local de puros (la última moda, en especial si se es mujer y estudia literatura comparada) y una de vintage comics, es decir, historietas clásicas difíciles de conseguir (en Austin, los treintañeros leen muchos cómics, por lo que este tipo de tiendas abunda como la mala hierba).
A diferencia de los cafés italianos al aire libre, las coffee-houses norteamericanas (dicen que se inventaron en Seattle, aunque Berkeley, otro pueblo universitario, ostenta el honor) son lugares como para pasar el día. O en definitiva la tarde. En Quack´s, como en Mojo´s (que es una casa de tres pisos donde uno se puede instalar en cualquier pieza), los cafés son grandes y fuertes (ajenos a la cultura del café jugo de paraguas descafeinado tan querido por el americano medio), con nombres en italiano y preparados en forma artesanal por estudiantes. Cuidado: en Austin parecería que todos son, serán o han sido estudiantes; más de la mitad de la población ostenta un título universitario y eso se nota en especial con los mozos que le cuentan a uno el final del libro que está leyendo si no se les da propina.
Quack´s tiene mesas, claro, pero también sofás y sillones viejos, y hay gente que se echa sobre ellos, se saca los zapatos, y lee y lee o incluso duerme la siesta. Hay mesas individuales, claro, pero también cuentan con algunas para diez y ahí se juntan grupos de estudio. Nadie les dice nada, por cierto. Nadie los obliga a seguir consumiendo.
Otra cosa: la individualidad es muy respetada. Ir solo a un café, estar horas, terminar un libro y no hablarle a nadie es algo común y apreciado. Se puede compartir un sofá con una chica y no sentirse obligado a cortejarla. En los cafés, eso no se hace. Y si se hace (seducirla), es vía frases como El primero de Michael Ondaatje es mucho mejor. Claro que lo leí en una muy mala traducción al francés. O prestarle un lápiz rojo para que subraye un párrafo de Pavese. En Austin la gente es muy preparada así que hay que tener cuidado.

Un oasis demócrata


Son las once de la mañana, hay sol y es día de semana. Es día de trabajo, de estudio, de exámenes. Hace algo de calor, pero no como para volverse loco. El lugar se llama Barton Springs y es una inmensa piscina natural que surge gracias a unas termas que brotan del suelo y se fusionan con un riachuelo que pasa por ahí. El agua no alcanza a estar caliente pero es tibia. El suelo bajo el agua es de arena y a ambos lados de la piscina hay laderas despejadas de pasto que le han arrancado al bosque natural de este Zilker Park, uno de los tantos parques que hay en esta verdísima ciudad que en nada cumple con los estereotipos tejanos.
Austin, quizá por ser la capital deTexas, poco tiene que ver con el resto del Estado que gobierna. Austin es un oasis demócrata en un Estado inminentemente republicano y conservador.
Barton Springs está lleno de gente. Casi toda joven, tal como el promedio de esta ciudad, de medio millón de habitantes, no alcanza los 28 años. Están aquí nadando, tomando sol (con ropa, con poca ropa, sin ropa), mirando las ardillas correr de lado a lado o simplemente leyendo o estudiando. De los frescos bosques (y eso es lo que más hay en Austin, casi tanto como lagos) vuelan minúsculos cuervos negros que tienen la costumbre de gritar por las noches y asustar a los millones de murciélagos que poseen la tendencia de oscurecer la luna (esto es verdad, no es broma).

Nada que hacer


Richard Linklater está con una polera que dice Suburbia y hojea el Austin Chronicle, un gran tabloide cultural, gratuito, lleno de avisos de restaurantes y con toda la cartelera de lo que ocurre cada semana en esta pequeña ciudad (y suceden tantas cosas que uno no alcanza a verlo todo). Estar con Linklater es como haber estado con Gertrude Stein en París en 1920. De alguna manera, Richard Linklater (de 35 años) es el inventor de Austin como concepto. Y el que más sabe de la llamada cultura slacker. ¿Por qué? Porque dirigió una cinta llamada Slacker y con ella definió el tipo de gente que se pasa todo el día en Barton Springs o en Quack´s. Es decir, los slackers.
En inglés, slacker está asociado con lento, no interesado, poco diligente. En el diccionario inglés-español, la palabra pasa por el tamiz moral hispano y queda como perezoso, negligente y prófugo.
Presumiendo que, en rigor, se trata de algo, se podría decir que Slacker (la película) es sobre mucha gente que da vueltas por Austin sin hacer nada. Todo ocurre en un día, 24 horas, de amanecer hasta amanecer. Linklater lleva la idea del plano secuencia al límite: es decir, la cámara salta de persona en persona. No hay personaje principal. Ni siquiera secundarios. No es un documental, pero lo parece. La cámara de Linklater no se queda quieta. No es capaz de jugársela por nadie.
Los slackers son adultos jóvenes que se niegan a crecer. Son como los hippies de los años noventa, pero sin agenda política ni moral. Viven con poco y se conforman con menos. Son inteligentes, devoran información, pero gastan gran parte de su energía en ser apáticos.
"Básicamente es gente muy culta, joven, que vive al margen de la sociedad", opina Linklater mientras come una enchilada tex-mex, que es lo más que se come en Austin, aunque ahora está muy de moda todo lo que es comida orgánica (como si el resto de los alimentos no lo fueran).
"Quizá no saben lo que desean hacer con sus vidas, pero al menos sí lo que no quieren hacer. Básicamente es rechazar la sociedad antes que la sociedad lo rechace a uno." Linklater, que también dirigió el éxito romántico Antes del amanecer, cree que lo fácil es tildar a los slackers de flojos. "Más bien se trata de gente que hace lo que no se espera de ellos. Es gente que intenta vivir una vida interesante, que trata de vivir a su modo, a su ritmo, haciendo las cosas que desea. Es gente que no se adapta al mundo, por lo que no le queda otra cosa que armar su propio mundo al margen del ya existente."
Austin, por ser ciudad universitaria, tiene una infraestructura totalmente utilizable.
Los ómnibus, por ejemplo, son gratuitos para los estudiantes. El barrio de Guadalupe, cerca del campus, está lleno de casas viejas, pero baratas, que no les interesan a los yuppies y que les permiten vivir cerca de todo, por lo que pueden prescindir de automóviles.
El pase anual para las bibliotecas y los complejos deportivos cuesta una miseria. Y toda la actividad cultural es prácticamente gratuita. "Puede sonar raro -dice Linklater mientras sorbe un té helado a la tailandesa-, pero no todos desean tener sólo algunas horas durante el fin de semana para ser libres.
Tal como todo en la vida, se trata de una opción. Si no se tiene familia, ni hijos, ni cuentas, ni ahorros, ni bienes materiales, se puede disponer de mucho con muy poco."

Primero y Tercer Mundo


La Universidad de Texas es una de las mejores universidades baratas (estatales) de Estados Unidos. El campus ocupa dimensiones enormes en medio de la ciudad y divide a ésta básicamente en dos. Hacia el lado oeste del campus está la calle Guadalupe (The Drag, como le dicen), que es la frontera entre el territorio slacker y el propio campus. En Guadalupe pasa de todo y el choque entre los chicos universitarios pregraduados -que sólo están ahí porque sus padres los enviaron- y los slackers -que son mayores y tienen bastante menos dinero- crea un shock donde surgen unos contrastes parecidos a los que existen entre el Primero y el Tercer Mundo. Desde la calle Guadalupe se divisa en forma clara la punta de la Torre de Texas, en el centro del campus de la Universidad de Texas, célebre por ser el lugar desde donde Charles Whitman, psicópata en serie, le disparó a una decena de los cincuenta mil estudiantes que por ahí circulan todos los días.
The Drag tiene algo de feria persa o hippie porque está lleno de artesanos en cuero y en metal; tipos descalzos, con pies sucios y negros, tocando la guitarra con un mapache como público, y chicas muy flacas y pálidas, con anillos en todas las partes imaginables e inimaginables de su cuerpo, que fuman marihuana mientras venden incienso.
Los slackers llenan las tiendas de discos (en Tower, leen las revistas en el suelo, sin pagar) y los más recalcitrantes, esos que dejan mal el nombre slacker, piden limosna sobre skates a la entrada de la tienda Gap mientras algunos de ellos insultan a los que entran y los increpan diciéndoles que perfectamente podrían comprar la ropa usada que venden más allá, en la otra cuadra. A tal grado llega la obsesión con esta ropa que Urban Outfitters, una tienda neoyorquina supuestamente alternativa, ha debido mezclar sus cosas nuevas con usadas de verdad para que el público las tome en cuenta. Como casi siempre hace calor, el uniforme oficial de Austin son shorts muy largos y viejas camisas como de dependiente de estación de servicio que se usan como guayaberas. Los Beastie Boys parecen vestirse en Austin.
Como en toda ciudad universitaria, el local de las fotocopias es una suerte de boutique y heladería que reúne a mucha gente. Kinko´s abre la 24 horas, sirve café (malo) gratis y tiene de todo lo que se desea respecto de papelería. Su concepto es una oficina fuera de la oficina y por eso no es raro que aspirantes a escritores que no tienen impresora lleven allí sus diskettes, o que rockeros en cierne impriman, en papel amarillo, volantes que anuncian un recital en la cercana calle Seis, donde los bares tropiezan los unos con los otros y donde, si uno quiere emborracharse rápido, puede ir a Touché, un local que se especializa en shorts (cortos) que valen un dólar y están rellenos de tequila, vodka o Jagermeister.
En la Seis los sábados no se puede andar por la calle de lo llena que está. Austin mantiene firme, aunque algo escondida, su música country (la más rockera de todas las músicas country), pero, junto con Seattle, es la escena más interesante para los movimientos emergentes.
La competencia en Austin no es broma y, en una semana cualquiera, uno puede ir a escuchar sin mayores traumas a Laurie Anderson, Pavement, Kiss, Joan Jett, El Flaco, Everything but the Girl, Pantera, Korn y los Black Crowes, más cientos de bandas más pequeñas. Y es que cuando más de la mitad de la población tiene tiempo de sobra, es lógico que lo que más sobre sean los panoramas.

Libros y películas

En una ciudad como Austin importan mucho los libros y las películas. Es el orgullo municipal. Austin es la ciudad de Estados Unidos que más gasta en libros, por lo que no hay autor importante (y poco importante) que no vaya a leer su nueva novela con la esperanza de vender y firmarla.
Si bien las librerías son alucinantemente grandes, con cafés en su interior y todo, la sorpresa la provoca una cadena alternativa, de mala muerte, que funciona en supermercados abandonados, llamada Half Price Books, donde todos los dependientes son másters en literatura que se ríen de uno en la caja si compra algo light.
En Half Price se encuentra todo a mitad de precio. Half Price divide sus repisas por temas, e incluso llega a ser obsesivo al respecto. Sicópatas en una hilera distinta de Crímenes verdaderos, mientras que Conspiraciones contra JFK está lejos de Política del siglo XX. Dónde si no en Austin las biografías de los autores se dividen en biografías de poetas, de dramaturgos, o de autoras lesbianas.
Austin también ostenta la mayor cantidad de pantallas de cine per cápita del mundo. Si bien en las afueras Stallone y Mel Gibson arrasan, en las salas cerca de la Universidad la oferta es tan selecta que Tarantino casi queda afuera.
El sensacional cine Dobie es un extraño multiplex de arte ubicado en un mall alternativo que, a su vez, está debajo de una torre de cristal de 20 pisos que es un inmenso dormitorio estudiantil De manera que el mall, con el cine, no es más que una especie de patio de comidas, mezcla de McDonald´s con comida tailandesa y árabe. Entre las tiendas hay videoclubes (repisas por cineastas), un correo, disquerías de emergencia y un salón para tatuarse o broncearse.
El Dobie comienza a las 11, tiene seis salas y sus funciones de medianoche son a lleno total. Están dando Microcosmos, un documental sobre insectos. La Sociedad de Cine de Austin administra una de las salas (cada una está decorada de manera distinta, con estéticas cinéfilas), donde exhiben films como Pacto siniestro, de Billy Wilder, con Barbara Stanwyck. La sala está llena de intelectuales de la tercera edad y cinéfilos de espinillas y, antes que parta, una actriz de la troupe de Linklater presenta la cinta y en la mitad toma a balazos de fogueo a un tipo que intenta interrumpirla.
A la salida de la función, un hombre de Austin conversa con un amigo de Chicago que está de visita. El amigo está impresionado con esta vida tan apacible.
Le pregunta cómo lo hace, cómo se las arregla. "Mirá -le responde-, a lo mejor vivo mal, pero por lo menos no tengo que trabajar." El amigo no le contesta.
Alberto Fuguet

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