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 • HISTORICO

¡Bingo!, en medio del desierto

Más de 30 millones de turistas se juegan, cada año, por la máxima diversión




LAS VEGAS.- En la remota aridez del Estado de Nevada se nutre de vida el máximo oasis de la ilusión. Abierto las 24 horas, los siete días de la semana, recibe anualmente a más de 30 millones de turistas que sólo quieren divertirse.
Y Las Vegas se toma muy en serio la tarea de entretenerlos: tiene 150.000 máquinas tragamonedas, 4800 juegos de mesa en vivo, 120.000 habitaciones, 500 capillas y 11 de los 12 hoteles más grandes del mundo.
La ciudad existe por un pacto tácito con los visitantes, que mantienen ocupado el 90% por ciento de la capacidad hotelera y dejan su huella en un impacto económico de 28 mil millones de dólares por año, a cambio de un par de días de espectáculo asegurado.
Ya desde el moderno aeropuerto McCarran se pone en práctica una de las reglas del juego: la única salida es a través del casino. Así, en todos los espacios públicos, desde los hoteles hasta los supermercados, las filas de slots (tragamonedas) escoltan al visitante hasta la puerta, siempre por el camino más largo. Y de paso, lo excitan, lo tientan. Por su apuesta mínima -algunas desde cinco centavos-, por sus luces centelleantes y porque unas máquinas más adelante, después de un grito triunfal, se escucha cómo una cascada de monedas aterriza en los bolsillos de algún jugador afortunado.
En una visita a Las Vegas el tiempo se escapa de las manos, igual que los billetes. Uno de los shows principales es visitar los megaresorts temáticos, uno más espectacular que el otro, a lo largo de Las Vegas Boulevard o the Strip (la Franja), como se la conoce popularmente. La avenida se extiende por siete kilómetros, pero recorrerla puede tomar un día entero. A medida que se avanza, uno comprende por qué la llaman Capital del Entretenimiento del Mundo o Reino de la Fantasía. Es posible ver la Estatua de la Libertad y cruzar el puente de Brooklyn, e inmediatamente subir a la Torre Eiffel o ingresar en una pirámide egipcia. Todo está ahí, a metros de distancia.
No es necesario viajar, ni soportar el calor de El Cairo, la petulancia de los parisienses o el tránsito de Nueva York. Ni siquiera se paga entrada. La única actividad -sugerida, pero con insistencia- es el juego.

Increíble, pero real

Para facilitar el ingreso en los hoteles-casino, hay escaleras mecánicas en medio de la calle, puentes, cintas transportadoras en las veredas y hasta trenes que los conectan. Eso sí, una vez adentro, el visitante cayó en las redes de la imaginación más delirante y debe estar preparado para saborear las personalidades de cada resort. "La idea es transportarse en el tiempo -explica Paul Beirnes, director de marketing del hotel Dessert Passage-, hacer un viaje auténtico por los países árabes, de Marruecos a la India. Para poder reproducir esta sensación, los arquitectos, diseñadores, historiadores y hasta productores de cine que participaron en la construcción fueron varias veces a esos países en busca de información e inspiración."
Basta con traspasar las misteriosas puertas de la ciudad para entrar en ese universo exótico. Adentro hay encantadores de serpientes, odaliscas, el sonido de los souks (mercados) de Marruecos y delicados aromas a especias y aceites esenciales que conviven con más de cien negocios de marcas top, finos restaurantes y, por supuesto, tragamonedas.
Luxor es un megaresort temático que reproduce, a escala real, la tumba del rey Tutankamón. El interior de la pirámide es tan grande que en medio del atrio podrían entrar, uno arriba del otro, nueve Boeing 747. Por sus rincones se pasean Cleopatra y Julio César, y desde la cima de la pirámide se emite un show de luces visible, para los aviones, desde Los Angeles.

Miles de millones

Las cifras gastadas en la construcción de semejantes palacios están rodeadas de ceros.
Se habla de 300 millones o mil millones de dólares como si fuera un vuelto. Y siempre hay alguien, en algún lado, con un proyecto en danza: más excéntrico, más lujoso y mucho más caro que el anterior.
Los residentes de Las Vegas hablan de the next big thing o la próxima gran obra. Así, la construcción es la tercera industria más importante, después del turismo y el juego.
Uno de los últimos megaemprendimientos fue el hotel Bellagio, en cuya construcción se gastaron 1600 millones, más 300 en la colección de arte. Su tema es el esplendor europeo. Para mostrarlo, hay un Lago di Como, una villa toscana, olivos, cipreses, 8600 empleados y opulencia hasta en los zócalos. Lo único que no es imitación son las obras de arte, entre ellas, de Miró, Picasso, Matisse y Van Gogh.
El Estado de Nevada presenta el índice de crecimiento más alto de Estados Unidos.
El impacto económico del turismo y el juego es tan favorable que permite que el gobierno de ese Estado no cobre tax (impuestos). El retorno del juego es de nueve millones de dólares anuales, que son canalizados hacia la educación pública.
En la actualidad, la población de Las Vegas es de 800.000 personas, pero este número aumenta periódicamente. Porque de cada 10.000 personas que van a divertirse, alrededor de 250 se quedan.
Abas no fue a jugar, huyó de Irán porque no conseguía trabajo. En Las Vegas maneja uno de los mil cabs (taxis) que circulan por la ciudad y lo que gana le alcanza para enviar dinero a su familia.
Entre hotel y hotel, aun en medide que Las Vegas abre las 24 horas no es chiste.
A la salida del Bellagio hay una fuente con aguas danzantes, que suben, bajan y se menean con la voz de Plácido Domingo. Unos metros más adelante se puede ver, desde la vereda, un enfrentamiento -escala real- entre dos buques pirata, con gritos, luchas cuerpo a cuerpo, incendios y el hundimiento de uno de los barcos en ochenta mil litros de agua. Como en el cine, pero en vivo y en directo.
La música de fondo de unos días en Las Vegas es monótona, incansable y, de a ratos, ensordecedora. Como un mantra con sonido metálico, una mezcla de videojuegos que se volvieron locos y miles de máquinas tragando y -sólo a veces- escupiendo monedas.

Cielos falsos y luces tenues

El espectáculo empieza en los halls inmensos de cualquier casino de hotel, que tienen el tamaño de un hangar, están tapizados por gruesas alfombras, cielos falsos y luces tenues. Aunque afuera haga 25ºC y el sol encienda el desierto, en los hoteles siempre es de tarde, con ráfagas de aire acondicionado al mejor estilo siberiano.
Hay escaleras, espejos que duplican cada ambiente hasta el infinito, arañas gigantes, kilómetros de mármoles y lingotes del lujo más sofisticado.
Mientras uno esté jugando, las bebidas son free (gratis). Porque en los casinos, la diferencia se hace con el juego.
Todo el tiempo se acercan a las mesas y a los slots, chicas con poca ropa y varios tragos en una bandeja. Uno toma lo que desea -cerveza, gin, whisky-, le deja un par de dólares de gratuity (propina) y sigue apostando. No hay que moverse del lugar, a ver si todavía se pierde esa racha que lo había hecho ganar. Del primero al último, los casinos sí que saben cuidar al cliente.
Salir de un hotel-casino no es tan fácil como entrar. Igual que en un sueño -de a ratos como en una pesadilla-, para llegar a la calle no basta con seguir un simple cartel de exit.
Posiblemente haya que estar atento a más de quince carteles, dar vueltas por salones con mesas de ruleta, baccarat y maquinitas, y atravesar cada centímetro cuadrado del casino, como en una calesita interminable.
Una vez al sol y con la caricia de una brisa de verdad, uno respira y agradece por haber vuelto a la realidad. Al menos por un rato, hasta caminar unas cuadras o tomarse una limousine, y meterse en otro sueño que nos lleve a... ¿Venecia? Entonces, habrá canales, gondolieri, canvases, el Palacio Ducal, negocios que venden cristal de Murano, máscaras de carnaval y otros objetos que sólo se pueden encontrar en esa ciudad italiana. "Igual que en Venecia, pero más limpio", le susurró Mike, un turista de Idaho, a su mujer.
Más del 80 por ciento de los visitantes es norteamericano, y dentro del porcentaje de extranjeros los japoneses llevan la delantera. Tal vez por eso, desde el año último, Japan Airlines hace cuatro vuelos por semana, Tokio-Las Vegas non stop. "Los japoneses son los que más juegan -asegura David, un croupier experimentado-. Son perseverantes y apuestan fuerte. Hace unos meses vi cómo uno de ellos ganó un millón de dólares", cuenta David, y agrega que le hubiera gustado ser el dealer de esa mesa para disfrutar de la generosa propina.
Siempre -o casi- uno tiene el deseo de meter una moneda más, de jugar otra mano de black-jack o de apostar los últimos 20 dólares en la ruleta. "Porque esta vez se me va a dar", dijo un texano con botas y sombrero oscuro. "Porque tal vez Lady Luck, la Señora Suerte, me tocará con su varita azarosa", fantaseó Joan, mientras se acomodaba su melena rubia.
Hay miles de excusas, pero al segundo o tercer día es sano rescatar una frase hecha que circula en la trastienda: "Si la gente ganara, Las Vegas no existiría".

Datos útiles

Aéreo: hasta el 30 de este mes, el pasaje de Buenos Aires a Los Angeles -ida y vuelta- por Varig cuesta 1000 dólares con impuestos. Desde allí hay conexiones a Las Vegas por 180 dólares (ida y vuelta).
Traslados: desde el Aeropuerto Internacional McCarran, el 13º con más tráfico de Estados Unidos, un taxi a los hoteles de Las Vegas Boulevard sale alrededor de 10 dólares, y 15 a Fremont Street, en el downtown. Para moverse en la ciudad hay taxis y limousines. Sentirse un rey y bajar de una limo en un hotel espectacular no es tan caro. Por 40 dólares la hora es posible contratarla en alguna de las doce compañías que existen en la ciudad.
Alojamiento: los precios de los megaresorts no son tan exorbitantes, como los números de las construcciones. Hay dobles en el MGM, el más grande con 5034 habitaciones o en el Luxor desde 80 dólares hasta 300. También hay moteles por 25 dólares la doble y albergues de la juventud por 12 la cama en habitaciones compartidas.
Gastronomía: la modalidad de all you can eat o tenedor libre es la opción más difundida a la hora de comer. En general, los restaurantes que ofrecen este servicio de buffet están dentro de los resorts y el precio es alrededor de 10 dólares por persona.
Propinas: la tercera parte de la población de Las Vegas trabaja en las industrias turística y del juego, y completa su salario con las tips, que son apreciadas y muy agradecidas. Tanto el taxista como la empleada del hotel o el valet parking esperarán dos o tres dólares por sus servicios.
Reglas: la edad mínima para jugar y tomar es 21 años. Los casinos abren las 24 horas.
Shows: los espectáculos nocturnos, conciertos, teatro, shows de magia, circo o musicales cuestan entre 20 y 100 dólares. Las entradas para los mejores se agotan rápidamente, así que conviene reservar con anticipación.
Desde el aire: una vista de la ciudad desde la altura la muestra brillante y luminosa en medio del desierto. Hay vuelos nocturnos en helicóptero desde 65 dólares por persona.
Una opción más económica y no menos excitante es subir al último piso del megaresort The Stratosphere, una torre de 265 metros de altura (la estructura más alta al oeste del Mississippi), con una montaña rusa en la cima (5 dólares).
Más información: el Centro de Visitantes de Las Vegas está en el Centro de Convenciones, en Paradise Road 3150; 702-892-0711. En Internet: http://www.lasvegas24hours.com
Por Carolina Reymúndez
Para LA NACION

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