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 • HISTORICO

Capri marca a todos la hora de la felicidad

Asombrosa topografía y bellos paisajes




CAPRI.- En Capri dicen que cuando llegue el día del Juicio Final, los habitantes de la isla a los que les toque ir al paraíso no notarán la diferencia. Debe ser cierto. Uno ve a hombres y mujeres vestidos de colores, con la alegría dibujada en los rostros; parejas de jóvenes y, lo que es aún más hermoso, parejas maduras que caminan tomadas de la mano, como si vivieran su experiencia romántica en otra dimensión de la realidad.
La escenografía es de rocas y mar -un mar de purísimo azul-, de bosques y jardines y terrazas con flores, casas de muros blancos o colores pastel, con persianas verdes, hoteles de categoría, sofisticadas boutiques, restaurantes y cafés all«aperto donde se ve a los turistas saboreando un capuchino o deliciosos helados.
He llegado desde Nápoles en una confortable embarcación. El pasaje hasta el puerto de Marina Grande me costó unos 8 dólares y el viaje duró una hora. En el puerto tomé un taxi hasta el centro de la ciudad (no sabía que existía funicular) y me cobró alrededor de 10 por un trayecto de menos de cinco minutos. Todo en Capri es más caro que en la península. Pero lo vale.
El taxi no puede ingresar en el centro y desciendo a pocos metros de la Piazza Municipio. Después de dejar la valija en el hotel Gatto Bianco salgo a caminar sin rumbo fijo por calles angostas, algunas con arcos y paredes blancas, de fisonomía típicamente mediterránea. Llego así a la Piazza Cesare Battisti y en la casa que lleva el número 2 veo una inscripción que dice que allí, entre marzo de 1909 y febrero de 1911, vivió Máximo Gorki, que en 1910 albergó en esa vivienda a Vladimir Lenin, fundador del Estado soviético.
Entro después por Via Matermania y descubro otra placa, en el frente de una villa, que informa que allí vivió, en 1938, Marguerite Yourcenar. Toda Capri está poblada por la memoria de escritores, artistas y otras personalidades que eligieron la isla como residencia o para disfrutar de una temporada feliz.
Al día siguiente viene a buscarme Aldo Simeone, empleado de la Azienda de Turismo, y realizo con él una excursión inolvidable. Vamos primero a la Certosa de San Giacomo, del siglo XIV, que expresa la más representativa arquitectura medieval de la isla. Funciona allí un liceo clásico y desde su parque se divisan los llamados Escollos de las Sirenas, por donde pasó Ulises, atado al mástil de su barco para no sucumbir al canto seductor de esos monstruos marinos con apariencia de mujer. Las sirenas, ahora, circulan por las calles de Capri entre modernos Ulises que no temen caer en la tentación.
Pero volvamos al edificio monástico, a su bello claustro y a la sala donde se exponen grandes cuadros del pintor simbolista alemán Diefenbach. En un recinto lindero se entregan los premios de un concurso organizado por la Fundación Malaparte (el escritor Curzio Malaparte fue, durante años, uno de los habitantes de la isla). La última en obtener dicho premio fue la chilena Isabel Allende.
Cerca de la Certosa están los Jardines de Augusto, con una fascinante vista sobre los tan fotografiados farallones (tres enormes fragmentos de roca que emergen del agua) y un camino tallado en la piedra, en zigzag, que llaman Via Krupp pues fue construido por el famoso magnate del acero y fabricante de cañones. Curiosamente, en el Parque Krupp hay una escultura de Giacomo Manzú que representa a Lenin. "Homenaje al comunismo en el reino del capitalismo", comenta Aldo. Una profusa vegetación crece sobre las altas rocas y los pájaros cantan ininterrumpidamente. Voy luego en dirección del llamado Arco Natural, un arco cavado por la erosión en una roca gigantesca que cae a pico, desde 200 metros, sobre el mar. Antes paso por la Gruta de Matromania, donde se encuentra un altar de piedra. Se cree que en él se practicaba el culto pagano de la Gran Madre (tal vez Mitra). Desde aquí se ve, cerca de la playa, la casa que hizo construir Curzio Malaparte con la forma de una hoz y un martillo. Al lado está la Grotta Bianca, una de las más grandes cavernas de Capri.
Pasamos, también, por Punta Tragara, en una bahía natural que servía de reparo a las naves de Tiberio. En un hotel proyectado como villa por Le Corbusier, se alojaron Churchill y Eisenhower. También en este sitio vivieron Pablo Neruda y Matilde Urrutia (la película Il Postino ubica el episodio en una isla próxima a Sicilia, pero el exilio transcurrió aquí).
Otra excursión es a Villa Jovis, en lo alto de un promontorio a 335 metros sobre el nivel del mar. Allí están las ruinas del palacio desde donde Tiberio gobernó el Imperio Romano durante diez años, entre el 27 y el 37 d.C. Los restos fueron puestos a la luz veinte siglos más tarde por el arqueólogo Amadeo Maiuri, el mismo que dirigió las excavaciones de Pompeya.
Regreso al centro de Capri bajando peldaños de piedra, junto a casas rodeadas de pinos y cipreses, y con verjas cuajadas de jazmines y rosas. En una veo un letrero que dice Casa de amor y de música. El poeta inglés John Keats escribió que la belleza es efímera, pero la naturaleza, aquí, parece desmentirlo. De vuelta por Via Sopramonte, paso junto al hotel Quisisana y entro por un sendero que sombrea una bóveda vegetal hasta los Jardines de Augusto.
Vuelvo a asomarme al barandal de Augusto y contemplo, más allá de acantilados y crestas rocosas, los farallones. Es la hora del crepúsculo y el mar que ciñe la costa va cambiando de tonalidades. La realidad compite con la fantasía. Capri ha entrado definitivamente en mi corazón. Pienso que cualquiera puede tener aquí una gozosa vislumbre del Paraíso; un estado de dicha que parece flotar sobre estos bellísimos paisajes. Aquí se respira la magia, la belleza. Todos los relojes de Capri marcan la hora de la felicidad.

Una historia de colmillos grandes

Muchos creen que el nombre de la isla deriva de las cabras encontradas por los primeros pobladores. En aquel entonces, solían vagar por la isla, cerca del mar, los rebaños de cabras. Los monjes de la Certosa (Cartuja) de San Giacomo preparaban en el siglo XVII un célebre dulce de ricotta hecho con leche de cabra, lo que fortalecería dicha creencia, pero no es así.
Insula Capreae no viene de cabra sino de jabalí, animal salvaje al que los griegos llamaban kapros y de los que se han hallado muchos esqueletos en sucesivas excavaciones.
Por Antonio Requeni
Para La Nación

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