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 • HISTORICO

Colinas, sultanes y misticismo




ESTAMBUL.- La ciudad construida sobre dos continentes: Europa y Asia. Rodeada por el Mar Negro, el Cáucaso y el Mediterráneo. Penetrada por el Cuerno de Oro y por el azul del Bósforo. Estambul, la vieja Bizancio de los griegos, símbolo de civilización durante siglos, la legendaria Constantinopla del Imperio Romano de Oriente, la capital de los sultanes otomanos...
Construida sobre siete colinas que se elevan contra el mar de Mármara. El ritmo frenético de las calles y puentes, donde flotan nubes de smog. El color de los bazares, el brillo intacto de los palacios, el perfume de los jardines de rosas y tulipanes, las casas otomanas de madera (yalis), los altos alminares de las mezquitas, los reflejos de las cúpulas, las iglesias de Galatat (el antiguo barrio de los comerciantes genoveses expulsados de Constantinopla), su misticismo indeleble... Aquí se funden los rostros de un país definido por la diversidad: campesinos anatolianos criadores de corderos, kurdos seducidos por las promesas de la gran ciudad, artesanos armenios, rusos adinerados en la calle del oro y, por supuesto, turistas...
Alrededor de la mezquita azul los aguateros vestidos de rojo inclinan recipientes metálicos sobre vasos de cristal. En una esquina cualquiera, gente que espera para pesarse, cacerolas humeantes con choclos, hombres jugando al ajedrez, puesteros vendedores de tortas, de pistachos, de sombreros, de anteojos de sol, de lucum (dulce en trozos cúbicos a base de miel, rosas o frutas y fécula de maíz)... Bandejas de baclabá (masitas hojaldradas con frutas secas y almíbar) en una calle del mercado, marionetas de cuero de camello, fumadores de narguile (pipa de agua) en una terraza, vidrieras con músicos y danzas del vientre, talladores de cristal, carne asándose en la plaza (kebab), pescados sobre parrillas en las embarcaciones amarradas al borde del Cuerno de Oro, pescadores que regresan con la caída del sol, lustrabotas alrededor de las mezquitas... (La lista es tan extensa como heterogénea.)

Lo mejor, perderse

Para disfrutar de Estambul, lo mejor es perderse, dejarse llevar por la seducción de las calles, los jardines, las puertas abiertas... olvidarse de las páginas escritas para turistas apurados, esquivar las multitudes ávidas de fotografías y de postales, pasar a través de los escenarios instalados para extranjeros de paso, abrir los ojos, sumergirse en la vida cotidiana que persiste más allá de todos los telones, dejarse penetrar por el misticismo, darse tiempo para la emoción y para el diálogo...
El censo de 1990 arrojó la cifra de 10.000.000 de habitantes en la ciudad de Estambul, nueve millones más que en 1960, y casi cuatro veces superior que en Ankara, la actual capital. Este fuerte aumento de la densidad ha transformado radicalmente el ritmo de la ciudad. La multitud está en todas partes. Unos 400.000 campesinos de Anatolia llegan cada año a Estambul con la intención de escapar de la pobreza. Muchos se instalan con sus corderos en los edificios de la periferia y corren tras la esperanza remota de hacer fortuna.
Turquía, encrucijada de culturas cuyas marcas revelan su amplio pasado. En los años veinte, la revolución de Mustafá Kemal -el joven oficial lector de Montesquieu, de Rousseau y de Voltaire, que llevó a los pueblos de Anatolia la inquietud que cambiaría definitivamente el destino del país, el Atatürk, el padre de los turcos, el primer presidente, que trajo la caída de los sultanes, los apellidos, la lucha por la dignidad de la mujer y la separación de la religión y del Estado- toca fuertemente el plano del lenguaje.
En 1928, el alfabeto árabe es reemplazado por el alfabeto latino, al tiempo que es implantada una gran cantidad de palabras de origen latino. Pero el árabe sigue siendo la lengua de la religión: la plegaria se dice en árabe, los textos sagrados están escritos en árabe y los paneles circulares que decoran Santa Sofía son letras árabes, lo que nos remite al valor fundamental de la escritura como arte en una cultura donde el islam -o, más exactamente, la lectura dominante del Corán (Sólo Dios es musavir. Musavir: creador/pintor)-prohíbe la representación de la figura humana. Prohibición que fue puesta en boca del profeta, a fines del siglo VIII, es decir, ciento cincuenta años después de su muerte.
Pero la cuestión de la representación de seres animados es particularmente compleja en el arte otomano. Las miniaturas otomanas que representan a los sultanes o las escenas de batallas o de fiestas subvierten el interdicto, subvertido ya, a mediados del siglo VIII, por un príncipe musulmán que hizo decorar los muros de su palacio con figuras de mujeres desnudas; había sido subvertido también por un soberano abasida que hizo pintar bailarinas contra las paredes de su residencia, y por Mehmet II, que cubrió los muros de Topkapi con imágenes que desafiaban fuertemente la moral de su época. Hoy, con el tiempo y el fanatismo, los frescos han desaparecido y es en los manuscritos donde se conserva la memoria de ese arte prohibido.
En los últimos años, el islam ha redefinido su espacio de poder en la sociedad turca. El ritmo de occidentalización impulsado por la revolución de Atatürk se detiene y vuelven las viejas tradiciones con una fuerza nueva.
Si pudiera volver, tal vez, el tan amado Mustafá Kemal, sepulto en Ankara, en la alta tumba rodeada de rejas mirando al infinito, con leones hititas de piedra, bajo el pesado cenotafio de porfiria roda y el techo de mosaicos de oro... se sorprendería.
Carolina Lerena

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