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 • HISTORICO

Comprar un terrenito, la ilusión que perdura

La tendencia de alejarse de la City, en busca de paz




El fin del verano es tiempo propicio para fantasear con nuestros sueños. ¿Quién no pensó en prolongar el placer de respirar aire puro haciéndose una casita junto al mar, entre las sierras o la llanura, sin fronteras en el catálogo de tentaciones de nuestro país?
Uno coquetea con la idea, aunque del dicho al hecho puede haber un largo trecho porque las cosas tienen su precio y nuestro bolsillo, su límite. Pero imaginar no cuesta nada y por ahí es más fácil de lo que imaginábamos: tener un lugar para los fines de semana largos, tomarse vacaciones en cualquier momento o mudarse definitivamente. Vale la pena explorarlo porque el ejercicio nos va a divertir y enseñarnos mucho.

Odisea inmobiliaria

De entrada, a poco andar, pasamos de ser turistas a sentirnos residentes. Comenzamos a mirar y comportarnos de otra manera por la notable diferencia que hay entre un inquilino al que las cosas le resbalan porque se va y un propietario al que nada le resulta ajeno porque se queda. Nada de tirar basura por cualquier lado o contaminar ese paraíso recuperado.
¿Cuál es el primer paso? Siempre preguntar, que es el mejor camino para aprender. Primero a los vecinos: ¿Conoce un terrenito lindo y no muy caro? No sé por qué al pedir algo usamos diminutivos: un cafecito o un favorcito, como al hablar con un chico.
Luego crecemos, animándonos a entrar en una inmobiliaria para conocer precisiones sobre un eventual terreno. Siempre, ubicación con buena vista, accesos pavimentados o de tierra confiables, arboleda de sombra, servicios de agua potable, electricidad, teléfono por línea o satélite, televisión y seguridad. Y, fundamental, si tiene todos los papeles en regla aunque se cotice más caro. Por último y bien importante, ponernos de acuerdo en el precio.
Paralelamente emprendemos un safari inmobiliario bajo el implacable sol del verano, porque a nadie se le ocurre hacerlo con lluvia o frío invernal.
Nos acompañan los vendedores, que parecen saltamontes entre alambrados y matas con más paciencia que un remisero para esperarnos mientras damos vueltas y vueltas. La mayoría de los interesados no pasa de allí, de mirar e irse igual que en una tienda con las manos vacías. Son más los recorridos y menos las ventas que se concretan, aunque hay un argumento que todos comparten: invertir en tierra y ladrillos siempre tiene futuro.
En ese momento, todavía encandilados por la ilusión de vivir una luna de miel constante con la naturaleza, entramos a ocuparnos de algo que es más trascendente. ¿Para qué queremos hacerlo? Es cierto que nos quejamos siempre de la vida en las ciudades y somos capaces de viajar horas por día para tener el respiro de pasar la noche o los fines de semana en un club de campo. Pero hay diferencias entre enojarse con el esposo o la esposa y otra, divorciarse.
Sócrates aconsejaba: "Conócete a ti mismo", y se tomó la cicuta. No es tan sencillo saber lo que realmente queremos más allá de lo que decimos. Y aceptarlo puede ser el mejor resultado de esta experiencia. Este hecho, bien retratado en la jerga adolescente: nos da vuelta.
Entonces recibimos el mejor regalo que es sacudir las estanterías de lo establecido y darnos un buen champú por el lado de adentro interrogándonos en serio. ¿Deseamos sólo un segundo hogar ocasional o aspiramos a algo más duradero? Y la familia, ¿qué opina? ¿La mujer y los chicos están de acuerdo? Supongo que los que emigran están en un proceso parecido, pero éste es menos traumático porque podemos cambiar de vida sin cambiar de país.
Por Horacio de Dios
Para LA NACION
horaciodedios@fibertel.com.ar

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