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 • HISTORICO

Con linterna y casco, visita a la Caverna de las Brujas

Estalagmitas, estalactitas y pasadizos rocosos que se recorren gateando




MALARGÜE.- La Caverna de las Brujas es el motivo por el que mucha gente viene a Malargüe. Algunos exclusivamente hacen la visita a la caverna y se vuelven a San Rafael, sin siquiera conocer un poco más de la ciudad y sus paisajes.
La famosa caverna propone un paseo fuera de lo habitual, reservado para quienes no le tienen miedo a la oscuridad ni a los lugares cerrados, y sobre todo están dispuestos a pasar por pequeños espacios casi gateando y caminar entre grandes piedras con más cuidado que en un campo minado. De alguna manera es como el viaje al centro de la Tierra con el que alguna vez se soñó leyendo las aventuras de Julio Verne.
Para entrar hay que reservar turno por anticipado en la Dirección de Turismo, donde hay una lista, o recurrir a una agencia de viajes que tiene cupos preasignados, porque sólo pueden ingresar alrededor de 160 personas por día, en grupos de no más de 10 y siempre con un guía. Por año son 10.000 las personas que la visitan.
Después de recorrer las curvas de la cuesta del Chihuido, a 65 km al sur de la ciudad se llega a una gran planicie ventosa, desde donde se ve, a lo alto, la entrada a la caverna.
Ni bien se atraviesa el agujero en la roca, con rejas y todo, como una puerta de los Picapiedras, el clima cambia por completo.
Adentro no hay ni verano ni invierno, ni día ni noche. La temperatura se mantiene constante en alrededor de 9°C y la oscuridad es absoluta. La visita se hace con un casco con luz, como el de los mineros, que proveen en la entrada.
La sensación de encierro es inevitable. Y no se ve nada, ni siquiera con las linternas encendidas.
"Siéntense en estas rocas que les voy a contar una historia", propone la guía, Marisa Berdú, que se mueve en la caverna como si fuera su casa. Esta invitación es principalmente para relajarse, habituarse al lugar y lograr que las pupilas se dilaten.
Así, con sólo el ruido de gotas de agua que se filtran y en plena oscuridad (Marisa apaga las linternas) nos enteramos de que el nombre de la caverna viene de una antigua leyenda.

Mujeres y lechuzas

Una de las tribus que dominaba la región tenía cautivas como esclavas a dos mujeres blancas. Ellas lograron escapar y se refugiaron en la caverna, de donde sólo salían de noche en busca de comida. Se creó cierta mística en torno de estas mujeres y cuando los nativos decidieron entrar a investigarlas volaron dos grandes lechuzas y pensaron que se habían convertido en aves. Por eso la bautizaron Caverna de las Brujas.
Cuando el cuento llega a su fin, uno descubre que ve perfectamente en la oscuridad y que el ambiente es más amigable. Es el momento de empezar la visita, que dura alrededor de dos horas.
Después de la primera sala, amplia y con una estalagmita gigante (que llaman de la Virgen) comienza la aventura.
El resto del tiempo en el interior será gateando, subiendo piedras, escaleras y avanzando lentamente para ver en primer plano estalactitas de diferentes tamaños colgando de los techos como agujas de hielo, cortinados de piedra que parecen de seda, estalagmitas que brotan a cada paso, velos y corales blancos y amarillos.
La caverna se formó a partir del constante aporte de agua de filtración, que penetró por fisuras en las rocas. El desarrollo de los espeleotemas se produjo entre 70.000 y 30.000 años atrás.
Siempre despacio, sin sacarse el casco para no golpearse la cabeza. Es recomendable ir con pantalón largo para no rasparse, zapatillas de trekking y un polar.
Hay más de 3000 metros de galerías, a través de diferentes niveles de roca calcáreas, pero muchas áreas están reservadas para investigación y los visitantes no tienen acceso. Aunque se ven en el camino los accesos a otras galerías.
El tiempo se pasa volando y uno se acostumbra a ese ambiente húmedo y fresco. Se atraviesan cuatro salas y para salir se desanda el mismo camino, que a esa altura ya resulta familiar.
Obviamente no se llega hasta el centro de la Tierra, pero vale la pena un viaje interior.

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