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 • HISTORICO

Con los pies descalzos en un paraíso lejano

En este país del sudeste asiático, rodeado de mar y arenas blancas, descansar bajo una palmera es cosa de todos los días




KUALA LUMPUR.- Las playas de los sueños más ambiciosos están en Malasia, país rico en costas, formado por una península angosta que avanza solitaria entre el Mar de China y el estrecho de Malacca, un tramo de Borneo con los Estados de Sabah y Sarawak, más cientos de islas desperdigadas por el azul profundo del mar.
Privilegiado espacio del planeta, sus playas tienen todo los atributos que debe poseer un lugar de vacaciones para ser inolvidable y dejar en la memoria un recuerdo de placer capaz de durar la vida entera.
Como pintadas se ligan entre sí las arenas blanquecinas y suaves como harina, bañadas por aguas de color a veces turquesa; otras, esmeralda, en un marco de elevadas palmeras cocoteras y casuarinas. En estos sitios que han inspirado maravillosos relatos de la literatura universal y crónicas de naturalistas, aún es factible encontrar extensos tramos desiertos en solitarios parajes, sin construcción alguna, que invitan al relax y a pensar en la buena vida que debe haberse dado Tarzán en una jungla similar.
Si bien saben a sal como sus parientes caribeñas o hawaianas, y regalan amaneceres y ocasos dignos de festejar con abrazo amoroso, un brindis o un agradecimiento a los dioses que diseñaron la Tierra, tienen un aspecto más exuberante y una particular energía.

Los bosques más antiguos

Las playas de Malasia son las fronteras naturales de los bosques lluviosos tropicales más antiguos del planeta (dicen que tienen 130 millones de años). Plenos de biodiversidad, aparecen cual postal, habitados por animales de leyenda como el rinoceronte, el inteligente orangután, los tapires y el tigre, 600 especies de aves entre las que se encuentra el cálao, pájaro parecido al tucán, pero con un apéndice córneo en el pico, miles de insectos, e incontables variedades de plantas de formas, tamaños, perfume y tonalidades perturbadoras.
Una de las tantas rarezas es su majestad, la rafflesia. Con pulposos pétalos rosados salpicados de pintas blancas, mide 90 centímetros de diámetro, pesa nueve kilos y es fácil verla desplazada por el suelo en Sabah, la tierra debajo del viento, como decían antaño los marinos, en los parques del Kinabalu, una montaña de 4101 metros de altura, llena de misterio (las leyendas cuentan que crece medio centímetro por año). Las playas del sudeste asiático han dejado de ser inaccesibles gracias a los tours que incluyen pasajes y diez días de estada por menos de 2000 dólares. Pisar o recostarse sobre sus tibias arenas, dejar que el sol acaricie la piel, la calma fluya y de vez en cuando dar una vuelta por el corazón de la foresta tropical es una borrachera de belleza. ¿Adónde ir primero? La oferta apabulla: 4800 kilómetros de costa e islas incontables. Es difícil elegir uno, dos o tres sitios determinados ya que cada lugar, aunque tenga en común la vegetación copiosa, tiene particularidades que le dan un toque de identidad imperdible.
Unas se destacan por ser ideales para hacer buceo o para practicar deportes náuticos, y otras para esquiar sobre el agua o jugar al golf. Son el prólogo admirable de excursiones para visitar las cavernas y las cascadas que abundan en el interior de sus bosques convertidos en parques nacionales; ríos internos serpenteantes entre islotes sobre los que crecen plantaciones de nuez moscada y pimienta, y las pintorescas loghouses, casas típicas habitadas por descendientes de los primitivos grupos étnicos del país y hasta un centro de recuperación de orangutanes, como el de Sepilok, y otro de tortugas marinas gigantes en peligro de extinción, en Terengganu.
Las playas más salvajes, idílicas y menos explotadas están en la costa del Mar de la China. A este equipo de notables pertenecen, por ejemplo, las Turtle Island. Un conjunto de cuatro islas al norte de Sabah, en el Borneo malayo, es el hogar de las tortugas verdes Hawksbill, ejemplares que pueden verse durante todo el año.
Reducto ideal para enamorados, por ahora sólo es posible alojarse en Selingaan, donde hay una docena de chalets o bungalows para albergar visitantes. Sobre esta parte de la península están, además, las solitarias playas de los Estados de Johor, Pahan y Terengganu, plenas de serenidad, jardines submarinos, corales y peces multicolores. Besar, Tinggi, Sibu, Aur, Hujong, Tioman, Balok y Chendor resultan para alquilar balcones.
Aparte de los sitios ideales para solitarios hay que visitar Langkawi, uno de los destinos turísticos clásicos.
Esta isla, que está frente a la frontera con Tailandia, es mágica no sólo por la riqueza de los mitos que se tejen acerca de los ogros y los pájaros gigantes que alguna vez la habitaron, sino por el ir y venir de su gente, por la vegetación que brota a borbotones y por el collar de 99 islas que la circunda, en las que ni siquiera faltan playas de arena negra. ¿Sus nombres?. Pulau Dayangla o Isla de la joven embarazada, Pulau Bera Basah o Isla del arroz húmedo y Pulau Singa Besar.
Desde las costas de Langkawi es factible trasladarse en canoa hasta una isla circundada por mangles de largas raíces que forman marañas debajo del agua.
A las playas de este islote no se accede directamente. Aparecen después de caminar durante diez o quince minutos por un pasillo de madera angosto, montado sobre troncos en la base del mar. Alrededor de bahías y largas costas deambulan ciervos e iguanas, y es posible atravesar un puente colgante que se hamaca sobre la foresta permitiendo ver las copas de los árboles de 20 o 30 metros de altura, madejas de hojas y una hondonada que paraliza la respiración, mientras la aparentemente delicada estructura de sogas y maderas se mece por la brisa.
Langkawi es una muestra apenas de los continuos encantos de las arenas malayas, paraíso al que, por dar un dato concreto, se acopla Pinang, la perla del Oriente (unida a la península por un puente de 13,5 kilómetros).
Con sus playas de aguas transparentes tiene sorpresas a granel para disfrutar durante la estada: una granja de mariposas por la que aletean unos 5000 ejemplares, un parque ornitológico de película y en su capital, George Town, un botánico de 30 hectáreas poblado por especies vegetales autóctonas y monos que marchan entre la gente con parsimonia. Para elegir hay de sobra. En Malasia, las playas primitivas y majestuosas son tan omnipresentes como las orquídeas y las legendarias carnívoras que seducen a los insectos que las rozan para atraparlos en sus tubos regordetes.
En este lugar de la Tierra, las maravillas naturales abundan en una eterna primavera.
María Teresa Morresi

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