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 • HISTORICO

De las zapatillas al calzado deportivo: una metamorfosis de lujo

Por Horacio de Dios Para La Nación




La palabra zapatilla atrasa. Pertenece al tiempo en que había porteros, pedicuros, dentistas, azafatas. Hoy hay que llamarlas calzado deportivo, tienen un status superior. Hacen juego con los encargados, podólogos, odontólogos, auxiliares de a bordo. Y, por supuesto, son más caras que las antiguas blancas de lona, compañeras de ruta de las alpargatas.

Para pisar en firme

En aquella época no dejaban entrar a los chicos en la escuela si iban en zapatillas.Se les exigían zapatos para no sacar patente de pobre o inadaptado.
Ahora, un zapato brasileño se consigue por 20 pesos y una zapatilla norteamericana (¡perdón, unas sneakers!) puede llegar a los 200 pesos, diez veces más. Dentro de poco no admitirán ir en zapatos a los escolares.
Es cierto que hay diferencias. Un zapato es sólo eso; en cambio, el calzado deportivo puede tener de todo. Hasta computadoras incorporadas y, a corto plazo, un pasacassette, por no mencionar a los CD o DVD, en las siglas de la tecnología.
Los adolescentes se anticiparon a los grandes al comprender la transfiguración de la zapatilla. De la misma manera que saben navegar por Internet mejor que nosotros. Por eso, aunque tengan varios pares a medio usar, siempre necesitan más y cuando uno viaja lo primero que le piden son las que aquí no se consiguen . Es un peaje familiar complicado porque hay que acertar no sólo con el tamaño en momentos en que están creciendo, sino con el modelo que nos indican por escrito para que no tengamos excusas al volver.
Es una tarea difícil porque afuera lanzan novedades cada cuatro meses y las anteriores se convierten en figuritas difíciles que hay que perseguir en lugares vintage , porque tampoco se dice más ropa usada .
No las venden en cualquier parte, sino en casas deportivas que parecen palacios. Están expuestas en la pared como cuadros y elegimos el número con medición láser. Hay un enorme surtido, pero suele faltar justo la que buscábamos y hay que ir a otro negocio que nunca está cerca.
Y no le digo nada si el pedido lo hizo la nena porque vienen los tacos altos incorporados, stilettos de espuma de goma o plataformas de vedette. Más de una mamá o una abuela, que son las víctimas ideales, perdieron su tiempo con los encargos, en vez de pasear o comprar para ellas. Sin embargo, las sneakers son una gran cosa. Especialmente cuando las usamos nosotros. Para un viajero son tan importantes como el pasaporte o la tarjeta de crédito. Las empleadas de oficina suelen ir al trabajo con una bolsita para llevar los zapatos mientras caminan con zapatillas.
De ahí tomé la idea de mi propia versión que no son las Red Shoes del ballet ni mucho menos las Air de Michael Jordan que calza 46. Así adopté las zapatillas negras.

Con la hilacha a la vista

Para evitar el papelón de caminar como si estuviera imitando a Bill Clinton en su carrera aeróbica, busqué modelos que no tuvieran ningún dibujo o marca que llamara la atención. Para que pareciera un zapato pasando inadvertido, le cambié los cordones con el fin de que no colgaran mostrando mi hilacha.
Las mías son de cuero, se pueden lustrar con pomada y resultan requetecómodas para fatigar (palabra de Borges) las calles hasta agotarse. También podemos decir patear (palabra de Jorge Asís). Son ideales para las ciudades peatonales y; al mismo tiempo, muy elegantes, como París, Chicago o San Francisco. Uno puede entrar en cualquier hotel de lujo, incluso de noche, sin el quemo de hacerlo en zapatillas, hecho sólo admitido en los príncipes del rock. En los restaurantes donde exigen saco y corbata jamás se dieron cuenta de mis zapatillas negras, que hacen juego hasta con el traje oscuro cuando voy al teatro.

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