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 • HISTORICO

Dos años de clases, geishas y comida típica en Oriente

Invitado a tocar y enseñar, pasó una reveladora temporada en Osaka




En 1988, mientras vivía en Los Angeles, hice un viaje a Hawai para dar un concierto y una clase magistral. Allí me escuchó una profesora y pianista japonesa que, según dijo, quedó muy impresionada y me invitó a Japón.
Viajé al año siguiente y toqué en una de las universidades más importantes de Osaka. Después fui a hacer una gira a Taiwan, y cuando estaba allá, esta misma profesora me llamó para decirme que la televisión de Tokio estaba interesada en que yo diera un recital, y que también había una universidad que me invitaba a dar clase.
Regresé a Tokio, toqué el concierto en la televisión, di las clases magistrales en Senzoku Gakuen y, después de viajar nuevamente a Osaka para dar otras clases, regresé a Los Angeles.
Cuando llegué, una alumna japonesa me preguntó si no me habían contratado para ir a vivir a Japón. Le dije que no había hablado nada de eso y ella respondió que pronto me llamarían. Unos meses después llegó una carta de la Universidad de Osaka en la que me proponían un contrato por dos años para enseñar allá. Por supuesto que acepté, y para mí fue una de las experiencias más hermosas de la vida.

Mucho que aprender

De repente estaba en un país absolutamente distinto de Estados Unidos, la Argentina o cualquier nación europea, y tuve que acostumbrarme a una nueva cultura, con otras costumbres, tradiciones, comidas, formas de pensar. Allí me hice muy amigo de dos personas: de aquella profesora, que se llama Kikuko Yamaura, y de un médico, Eichi Uchida. Con ellos conocí los mejores restaurantes de comida tradicional japonesa y también el mundo de las geishas. Estuve en restaurantes atendidos exclusivamente por ellas; lugares donde sólo pueden asistir japoneses, y las geishas sirven, dan tragos, conversan, se preocupan por saber de tu vida y qué pensás. Las geishas son mujeres que deben tener una gran cultura. Las preparan para que entretengan al hombre con conversaciones de política, cultura, música y gastronomía. Son mujeres de lujo, hermosas, y sus vidas están dedicadas al trabajo.
Esa es una de las cosas que aprendí de Japón, respecto de la disciplina y su dedicación para cultivar algo que quieren hacer en la vida. La geisha, por ejemplo, se dedica a cuidarse, a cultivar su belleza, y hace todo lo que está a su alcance para darle al hombre lo mejor de sí. Los actores tal vez se dedican exclusivamente a la representación de un solo personaje toda la vida porque piensan que es la única forma de asimilarlo completamente.
Y por supuesto alcanzan el objetivo planteado. Así, en el mundo de la música, los pianistas y profesores se dedican exclusivamente a lo que quieren hacer y le ponen un orgullo y una aplicación ejemplares.
Cuando llegué a Japón, sentí que la vida se me abría; que se me expandía la mente, el corazón y el alma. Me abrí totalmente a ese mundo, y hasta contemplé la posibilidad de quedarme. Pero me di cuenta de que el idioma es una gran traba, y que estudiarlo me habría tomado demasiados años.
Por eso decidí volver a Los Angeles, con la promesa de regresar cada dos años y mantener los lazos unidos.
El autor es músico. Acaba de editar su último disco, Eduardo Delgado. Piano, con obras de Chopin, Schumann y Mendelssohn.
Por Eduardo Delgado
Para LA NACION

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