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 • HISTORICO

Dos realidades, el mismo río




Sentí un poco de envidia, bueno, bastante, no puedo negarlo. La arena suave y clara, el agua del mar apenas fresca y la playa preciosa, en pleno Montevideo.
Era una tarde de principios de mes y la playa de Pocitos, a 15 minutos del centro, estaba concurrida. No era el mejor día, había llovido, pero igual, muchos con la lona y el mate descansaban sobre la arena. Otros jugaban al voleibol y los menos friolentos se animaban al baño.
La pregunta fue inevitable: ¿por qué ellos sí y nosotros no? La respuesta, obvia. El recuerdo del cartel de nuestra Costanera Sur Prohibido bañarse, agua contaminada de un plumazo me hizo definitivamente dejar de soñar con imposibles. Sin ánimos de nostálgicos, pensar que hace décadas la gente se bañaba de este lado del río, cuando estaba limpio. ¡Qué lindo sería salir de trabajar y cruzarse a la playa un par de horas!
Muchos dirán que no es mar, como lo llaman los uruguayos, pero el mismísimo Río de la Plata en la orilla de enfrente es definitivamente otro.
El agua es limpia, no transparente y caliente como en el Caribe, por supuesto, pero bastante semejante a las playas de nuestra costa atlántica.
A simple vista nadie dudaría de que es un mar hecho y derecho, con olas y todo, suaves, eso sí, y hasta gusto salado. En Montevideo aseguran que cuando sopla viento del Este el agua se vuelve tan salada que habría despistado por completo a Juan Díaz de Solís, allá por 1516 cuando lo bautizó mar Dulce. Y lo más importante: está en plena ciudad y hasta se animan a llamar a la playa de Pocitos como Pequeña Copacabana... Le queda un poco grande, pero playa al fin.
Para el Este siguen 22 kilómetros de playas urbanas, entre las que se incluyen las de Malvín y del barrio residencial de Carrasco.
Desde la Web de la Intendencia de Montevideo aseguran que todas las playas son aptas para baños, cuentan con servicio de guardavidas y vigilancia de Prefectura Naval.
Además, la capital, la única en América del Sur con playa, logró la Certificación ISO 14001, por el desempeño ambiental en la gestión de cinco de sus balnearios.
Caminé de punta a punta por la orilla del mar con un tibio sol que se perdía entre las nubes, y realmente tuve la sensación de estar lejísimo de la transitada avenida 18 de Julio y mucho más lejos aún de Buenos Aires. Un placer.
Otra vez volví a sentir un poco de envidia cuando visité el teatro Solís, restaurado y ampliado. Mientras, en nuestro Teatro Colón, todavía cerrado, corren contrarreloj para la reapertura, el 25 de mayo, después de varias postergaciones y permanentes conflictos con los empleados.
El Solís, que se inauguró en 1856, está en su mejor momento. También estuvo años cerrado por un incendio, pero finalmente se restauró: se le amplió el escenario a más del doble y lo acondicionaron con aislación acústica y antiincendio.
La sala principal, de estilo italiano, está impecable, con esa hermosa araña de media tonelada y el platón pintado al óleo, y con trabajos de dorado a la hoja. Tiene una variada cartelera con ópera, ballet y obras infantiles, y hasta transmiten en directo óperas del Metropolitan Opera de Nueva York una vez por mes.
Dos realidades, el mismo río.

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