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 • HISTORICO

El embaucador del tiempo

Nacido en Trieste hace 69 años, el reconocido escritor habla del valor de la crónica de viaje, género que lo ha llevado por todo el mundo




SANTIAGO ( El Mercurio / GDA ).- Un paso adelante, de Italia a Croacia. Un paso atrás, de Croacia a Italia.
A fines de la década del 40 aún olía a pólvora en Europa cuando Claudio Magris era un niño y su juego favorito, junto con sus amigos, era cruzar de Italia a Croacia, sin que nadie se diera cuenta. Porque la frontera estaba ahí, tan cercana que parecía hasta absurda.
Hijo de un empleado de seguros y una profesora de escuela primaria, Magris, de 69 años, nació, creció y hasta hoy vive en Trieste, un pequeño pueblo costero, ubicado en el extremo nororiental de Italia, en los Balcanes, punto donde desde hace siglos se cruzan un montón de culturas. Al caminar por Trieste, de niño Magris oía conversaciones en húngaro, polaco, checo, alemán e italiano y andaba entre iglesias, mezquitas y sinagogas.
Por eso, palabras como diversidad, fronteras e identidad son fundamentales para empezar a leer su obra. Sobre todo si se pretende entender su sesudo trabajo académico, como la tesis doctoral que a los 22 años lo convirtió en eminencia: El mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna .
Antes que cronista de viajes, Magris es un ensayista comparable en Italia sólo con Umberto Eco.
Y más, porque también es un novelista consagrado, autor de obras como El Danubio (1986, una mezcla de relato de viaje, ensayo y novela en torno del río) o Microcosmos (1997), que en 2004 ganó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, y dejó en el camino a Milan Kundera, Paul Auster y Philip Roth, y el año pasado lideraba las apuestas de los especialistas para ganar el Nobel.
Después de recorrer cientos de veces la ruta Trieste-Turín en su época universitaria, viajar comenzó a tener un carácter nuevo en 1982:
"Fue fundamental aquella vez en la que Roberto Cavallari, director del Corriere della Sera , me mandó a Viena, pero no para hacer un reportaje específico. Me dijo: Da vueltas, mira a tu alrededor y después escribe lo que quieras. Y entonces comenzó la experiencia del viaje que puede ser definida con aquellas palabras de Goethe que lo comparaba con una botella abierta puesta bajo el agua de un río que se deja llenar con lo que viene y, contemporáneamente, con su forma de botella, da forma a todo lo que viene. Justo lo que ocurre con el escribir."
El reciente libro El infinito viajar , editado en la Argentina por Anagrama ($ 83, precio estimado), es una recopilación de las crónicas de Magris para el Corriere della Sera , que se pasean por América latina, Estados Unidos, Irán, China, Vietnam, y ciudades como Londres, Zagreb, La Mancha o Praga.
-¿Cuál es el valor de la crónica de viaje?
-Crónica tiene que ver con cronos , con tiempo. La crónica ve, si es crónica, en aquella circunstancia, en aquel momento, en aquel instante. En esto hay naturalmente una inevitable superficialidad, cierta inevitable falta de completitud, porque es evidente que si voy a Santiago y hago la crónica de lo que veo o está sucediendo en una de sus calles, no puedo recoger todo lo que acompaña, abajo o atrás, los distintos estratos de la realidad chilena.
-Entonces, ¿cuál es la función de este género?
-Tomar lo que huye, algo que quizá poco después desaparecerá porque no es muy importante, que, por ende, puede ser olvidado, pero que de todos modos, al menos por un tiempo quizá breve, ha existido. Y que entonces, tal vez transformado y metabolizado, continúa siendo parte de ese paisaje, de aquella realidad, incluso cuando ésta haya cambiado. La crónica es como una fotografía instantánea. En ese sentido puede ser extremadamente preciosa.
-¿Puede un extranjero comprender un sitio?
-El extranjero tiene una cierta virginidad de mirada que, justamente por no estar hastiada, puede ver lo que hay de nuevo, incluso en lo que ocurre bajo los ojos de todos, capturar una epifanía. O bien, su mirada, justamente porque es ignorante, puede cumplir la función de hacer notar el absurdo, quizá lo inaceptable de tantas cosas que los demás, que las ven todos los días, terminan por no ver.
-¿No hay desventajas?
-La mirada del extranjero puede resultar superficial y errada, fuera de lugar; puede ser la mirada de sus prejuicios, puede ser la mirada de su no conocimiento la que no le permite descubrir pasiones fundamentales que parecen banales y que, en cambio, son profundas. Además, el extranjero siempre tiene una mirada irresponsable; la mirada de quien sabe que partirá, que no está entonces involucrado con lo que ocurrirá en ese lugar y que, por ende, puede formarse la convicción de no ser responsable, por ejemplo, de las injusticias de un país. Lo que es falso porque todos somos responsables de todas las injusticias que suceden en el mundo.
-Usted ha dicho que "vivir y escribir se confunden con viajar". ¿Cómo definiría su viaje ideal?
-Cuando parto no tengo nunca un modelo. En el fondo siempre espero el viaje ideal en el sentido de que espero un nuevo matiz, un nuevo modo de viajar. El viaje ideal, de todos modos, es aquel en el que existe la mejor proporción entre una cierta dirección (se va a una ciudad y no a otra, se toma una calle y no otra) y la casualidad, la digresión, la incertidumbre sobre cuál será la calle lateral que tomaremos y qué cosas (un rostro, un gato...) nos harán doblar por aquella calle.
-¿Cuáles son sus paisajes favoritos?
-En lo que concierne a los paisajes, como a los libros, soy felizmente polígamo. Pero en general tengo una predilección por los paisajes que en algún modo entreguen el sentido de lo indefinido, si no de lo infinito; que no se dejen agotar por la mirada y por el conocimiento. Concretamente, si he de nombrar mis paisajes más amados, mencionaría los de las islas del Quarnero, en el Adriático septentrional.
-¿Y paisajes urbanos?
-Me seducen sobre todo con su atormentador y efímero esplendor, con esa promesa de felicidad, con su enmascarado consumo de alegría, que entrega el sentido, no sé por qué, de la brevedad de la vida. Aún más en cuanto, tras este resplandor, se entrevén palacios quizás austeros, gloria que fue y melancolía de generaciones pasadas, glorias y derrotas.
-A fin de cuentas, ¿qué significa viajar para usted?
-Viajar es un modo de embaucar al tiempo, de estar un poco siempre en todas partes. Es como si viajando uno tuviera abiertas todas las posibilidades, como esos malabaristas que tiran tantos bastoncitos al aire y consiguen, con su habilidad, lanzarlos siempre y repetidamente todos al aire, aunque saben que antes o después terminarán por caerles sobre la cabeza.
Rodrigo Cea

A Tierra del Fuego, otra oportunidad

-¿A qué sitios volvería?
-Dudo entre dos lugares a los que volvería: los desiertos andinos del Salar de Atacama (Valle de la Luna, Valle de la Muerte, Cordillera de la Sal, laguna Chaxa), experiencia indescriptible, y la bahía de Halong, en Vietnam.
-¿Y a cuáles no regresaría?
-No digamos que no volvería, pero un lugar que me desilusionó, tal vez, fue Tierra del Fuego. Sobre todo por la diferencia entre el aterrizaje, que es una de las experiencias más intensas y más maravillosas, con páramos desolados y vientos, algo grandioso, y después, en cambio, el encuentro con una grandiosidad, un fin del mundo, en algún modo domesticado. Pero justamente por eso es un lugar al que debería regresar, porque estoy convencido de que todas las veces en las que un paisaje no nos habla o nos habla poco, la culpa es nuestra, de nosotros, que no sabemos verlo, escucharlo.

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