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 • HISTORICO

Elegancia y distinción en una tierra con sello imperial

Inspiradora de los grandes músicos, Viena apuesta a la cultura




VIENA, Austria.- Mientras el avión prepara su rutina sobre el aeropuerto internacional Schwechat, abajo se repiten cientos y cientos de hectáreas tapizadas por los verdes bosques que rodean la capital austríaca. Se cuenta de Viena que durante el siglo XVIII, algunos avisos domésticos pedían criado que sepa tocar violín y descifrar sonatas difíciles . Será por eso que en esta elegante ciudad, los violines suenan a diario con la misma calidad que los violonchelos lo hacen en la histórica y pintoresca Salzburgo.
Aquí, en el corazón de la Europa central, Austria muestra a sus visitantes un país donde el orden y la prolijidad forman parte del estilo de vida de todos sus habitantes. Aquí se encuentran los bosques que inspiraron los valses a Strauss; a Beethoven para su Sinfonía Pastoral , y al divino Mozart para desarrollar su maravilloso talento.
Amantes de la naturaleza, tienen 84 km cuadrados dedicados a los espacios verdes de la ciudad, donde 5000 jardineros cuidan 600 parques. Es un país singular. En Viena, la gente viaja en los rápidos tranvías rojos y blancos o en la red de subterráneos, mientras que los taxis Mercedez-Benz compiten con las moto-taxis, y ambos servicios comparten la calle con señoras y señores que vestidos con sus mejores ropas, salen de paseo o van a trabajar en monopatín o en bicicleta. Los fiakers , en cambio, preferidos por los turistas, son los carruajes tirados por caballos forzudos, destinados a pasear por los extensos parques de los palacios.

De café en café

Viena, además de singular es elegante y palaciega. En la capital austríaca, los cafés antiguos y confortables como El Central y el Landtmann -que era visitado a la mañana por Sigmund Freud- son el lugar predilecto de la gente para charlar, jugar a las cartas o leer sin cargo diarios y revistas.
Los austríacos hablan de música con la misma pasión que en otros países se habla de fútbol. Viena ha sido la cuna de la dinastía real de los Habsburgo y hoy vive de la música, que atrae a millones de turistas. Este es el país en el que nació Wolfang Amadeus Mozart; en el que vivió la emperatriz Isabel (Sisí) y donde Walt Disney encontró la inspiración en el castillo Hochosterwitz, para que Blancanieves viviera en uno similar.
El vino ligero y burbujeante es, junto con la cerveza, el compañero ideal de su gastronomía, y los Niños Cantores de Viena -que recorrieron el mundo con su repertorio- forman parte igual que el río Danubio de un país cuyo pueblo disfruta paseando por los espléndidos parques de los palacios imperiales. La cultura y la educación llenan de gente los 105 museos y las salas teatrales. En las calles, jóvenes vestidos con trajes de paje venden las localidades para presenciar conciertos en butacas que pueden costar desde dos dólares hasta mucho más de doscientos.
Está claro que la vida musical de Viena no se limita a los grandes maestros, y que la vida nocturna transcurre también en modernas disco, o en casinos o en tabernas donde la cerveza se sirve por metro: el barman, llena la cantidad de vasos que entran en esa medida marcada sobre la barra y el gasto resulta más económico. Austria es un país singular y respetuoso. Nadie toca bocina bajo ninguna circunstancia; el que llega tarde a un espectáculo no puede entrar hasta el intervalo, los teléfonos celulares se usan poco y los llamados trabajos de riesgo son los que mejor se pagan: un bombero, policía o recolector de basura pueden ganar 3000 dólares por mes.
Un millón setecientos mil turistas por año visitan el más espléndido de los palacios vieneses: el Schönbrunn, que es una réplica austríaca de Versalles. Fue la antigua residencia de verano de la familia imperial y sus bosques se utilizaron como coto de caza. En este palacio murió el único hijo de Napoleón; en uno de sus parques se encuentra el zoológico más antiguo del mundo, además de un intrincado laberinto de setos de tres kilómetros. En su sala de teatro dirigieron sus propios conciertos Joseph Haydn y Wolfgang Amadeus Mozart, mientras que Maximiliano I es considerado el gran mecenas de las artes y el que creó en 1498 el coro de los Niños Cantores de Viena.
Si la vida palaciega le interesa, también podrá recorrer, por ejemplo, el fantástico Belvedere o el enorme conjunto de edificios que pertenecen al palacio Hofburg, donde se encuentra el tesoro imperial, y la famosa Escuela de Equitación, que ya vende las entradas para el show de 80 minutos de 2002.
No hay que partir de Viena sin disfrutar de algunas de las cosas que hacen más agradable la vida: tómese un café vienés con masas de la casa en el antiguo Landtmann y regálese un viaje en el Heurigen Express, un trencito miniatura que lo llevará a pasear por las colinas, donde se encuentran los mejores viñedos de la ciudad. Esa tarde, ciérrela en alguna de las tabernas típicas, con patio de glorietas y disfrute de una picada con vinos caseros y música del Tirol. Aunque, volviendo a cuestiones más serias, no hay que irse sin escuchar algún concierto, visitar la casa-museo del padre del psicoanálisis y conocer la famosa Opera de la capital.
Por Carlos Manuel Couto
Para LA NACION

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