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 • HISTORICO

En camello por el desierto




No voy a escribir sobre las medinas de Marruecos (sectores comerciales), las casbah (fortalezas) ni tampoco sobre áreas del reinado marroquí ni sus grandes palacios, monumentales mezquitas y fabulosos comercios callejeros donde se mezclan los idiomas, las vestimentas y ese vertiginoso andar en el prorrateo, que nunca pude aprender. Tampoco me extenderé en comentarios sobre el rodaje de la película Casablanca interpretada por el inolvidable Humphrey Bogart, porque a saber de guías marroquíes la película se hizo en Hollywood, pese a que en muchos de los cafés de la ciudad manifiestan que allí estuvo el actor.
Todo sucedió en Erg Chebbi (como se denomina el área marroquí del desierto del Sahara). Un lugar más allá de la cordillera del Atlas, donde el fuerte viento con el volar de la arena hacía que las dunas móviles fueran cambiando el monótono paisaje desértico. Algunos oasis cercanos lograban ese efecto de realidad sobre aquellas películas que tantas veces viéramos. A este aspecto debemos agregarle la motivación para realizar un viaje en caravana de camellos (dromedarios) que, como en un sueño, se nos hizo realidad.
Con este anhelo salimos del hotel de Erfoud, hacia el sudeste, transportados en rodados 4x4, cuyas huellas se entrecruzaban en la arena buscando el mejor rumbo para llegar a destino. Un destino a 50 kilómetros. Cada conductor seguía el camino más propicio para llegar a un determinado lugar. Allí encontramos a guías bereberes con sus respectivos camellos echados, esperando a los turistas. El fuerte viento y arena hizo desistir a muchos, pero igualmente más de 25 personas integramos la caravana. Sin riendas, pero con una barra fija para sostenernos, comenzamos a montar, aferrándonos firmemente cuando el animal se levantó sobre sus manos. Fue rápido y traumático, pero más aún cuando se alzó sobre sus patas con un impulso que tendía a llevarnos hacia adelante. Ya estaba la caravana en marcha. Dos viajeros desertaron a medio camino, ante el bamboleo que nos obligaba a sujetarnos con fuerza. Así es el andar, hunden sus vasos en la arena suelta en un paso poco uniforme, mientras el jinete desde muy alto lucha por el equilibrio, sin estribos y con las piernas muy abiertas por el ancho lomo. Fue una hora de marcha entre dunas y sin otro horizonte que la arena hasta que llegamos a una carpa bereber, lugar donde descansamos y brindamos.
El regreso al anochecer fue fantasmagórico. Las luces de los vehículos jugaban sobre las móviles arenas que ya se habían aquietado.
Ricardo Pedro Villarreal

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