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 • HISTORICO

En carroza, hacia el pasado

Un museo con cientos de carruajes transporta a los visitantes al Belem de la antigua Lisboa




El barrio de Belem es uno de los más pintorescos de la ciudad de Lisboa y uno de los más visitados por su cantidad de atracciones: los museos de la Marina, de Arqueología y de Arte Antiguo, el Monumento de los Descubrimientos, la Torre de Belem.
Entre los numerosos sitios de interés, está el Museo de las Carrozas, a poco más de doscientos metros del Monasterio de los Jerónimos y muy cerca de las orillas del río Tajo. Funciona en el edificio donde originariamente estaba el picadero del palacio de Belem y la Escuela Real de Equitación.
En 1726, el rey Juan V le compró al conde de Aveiras el antiguo palacio de Belem y la escuela de equitación que allí se encontraba. De acuerdo con los deseos del príncipe Juan, que después subiría al trono como Juan VI, se demolió la escuela para reemplazarla por una nueva construcción, encargada al arquitecto italiano Giacomo Azzolini. Diseñó un edificio muy sobrio, de dos pisos. El vasto espacio de la planta baja, donde hoy se exponen las carrozas, está rodeado por las galerías y las tribunas del piso alto.
El techo fue decorado con pinturas de motivos ecuestres por los pintores Francisco de Setúbal, Joaquim Lopes, Francisco de Oliveira y el francés Nicolas Delerive. En uno de los óvalos hay una alegoría de Portugal: un caballero, emblema del país, está rodeado por cuatro mujeres que representan a cuatro continentes. Las damas se hallan escoltadas por animales que permiten identificar a qué continente simbolizan (el caballo, Europa; el camello, Asia; el cocodrilo, Africa, y el guacamayo, América).

Orígenes reales

La creación del Museo es relativamente reciente. En 1904, la reina Amelia de Orleans y Braganza, hija de los condes de París y esposa de Carlos I de Portugal, impulsó la iniciativa. La Escuela Ecuestre del palacio estaba en desuso y se la empleaba como un mero depósito de los viejos, y otrora espléndidos, vehículos (bastante deteriorados por efecto del tiempo) en que se desplazaban los monarcas.
A la soberana se le ocurrió, entonces, que se le podría dar al complejo edilicio una finalidad educativa. La magnífica colección de carrozas de la Corona merecía ser expuesta como recuerdo de un pasado brillante y, para ello, debía devolvérsele el antiguo decoro a las piezas y al edificio. El arquitecto Rosendo Carvalheira se puso a trabajar en la conversión de la Escuela en Museo. Los pintores José Malhoa y Conceiao e Silva restauraron las pinturas.
Un año después, Amelia inauguró el lugar debidamente acondicionado. En ese entonces sólo se exhibían veintinueve coches.
El Museo estuvo tan sólo un lustro bajo la protección de la soberana. En 1910, Portugal se convirtió en República, pero eso no afectó en nada la existencia de la flamante institución que, en verdad, evocaba más bien el fasto de la monarquía. Por el contrario, se agregaron más piezas a la colección, procedentes de otros establos y depósitos de las posesiones reales.

Maravillosos cofres dorados

Cuando se ingresa en el vastísimo espacio donde se ven las carrozas, se tiene la impresión de haber retrocedido en el tiempo. Los vehículos parecen lujosas y bellísimas esculturas. El dorado de los adornos, las formas barrocas, que se repiten vertiginosamente hasta el fondo de ese inmenso salón, evocan los cuentos infantiles de reyes, hadas y coronaciones.
Las puertas pintadas, las maderas preciosas, el terciopelo y las sedas con que están revestidos los interiores, invitan a una inspección minuciosa de esos tesoros. Por su antigüedad, una de las joyas del conjunto es el coche de viaje del rey Felipe II, construido en España entre fines del siglo XVI y comienzos del XVII.
Hacia el final del recorrido, llaman la atención tres deslumbrantes carrozas, de tamaño monumental, que pertenecieron a la embajada del marqués de Fontes frente a la corte del papa Clemente XI. Fueron hechas en Roma, en 1716. En realidad, las tres piezas ilustran el tipo de carrozas romanas de aparato, empleadas en los grandes desfiles y ceremonias. Las series de angelotes, de figuras mitológicas, de alegorías que decoran los carruajes, ya se trate de pinturas o de esculturas, crean alrededor de las riquísimas cajas en las que eran transportados los soberanos y los aristócratas, una aureola de poderosa irrealidad.
Por cierto, la abundancia de los dorados, de los materiales preciosos y de las nobles alegorías tenía por finalidad, precisamente, exaltar el carácter superior de esos personajes casi divinos que recorrían las calles encerrados en cofres maravillosos, sustraídos a los mortales inconvenientes del pueblo.
Hugo Beccacece

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