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 • HISTORICO

Estambul rastros de un imperio

Es el constante misterio de una ciudad cambiante, indescifrable, que oscila entre el lujo, lo recoleto de sus lugares sagrados y el alboroto de sus calles




ESTAMBUL, Turquía.- El chirrido agudo del antiguo tranvía rojo y blanco repleto de hombres fue el último sonido urbano que escuchó el viajero aquella tarde. En la avenida Istiklal, su anfitrión turco lo tomó de un brazo para conducirlo por una callejuela estrecha y antes de que pudiese orientar el rumbo ya estaba parado en la entrada de un local lleno de humo. Nadie se fijó en que junto a Kadir entraba un extranjero, o al menos ninguno de los parroquianos levantó la vista. Todos siguieron en sus cosas.
Se sentaron sobre taburetes enanos frente a una mesa baja: la madera estaba impregnada por el olor a tabaco fuerte de los cigarros, las pipas de agua y de madera, y los cigarrillos con marquillas desconocidas para el visitante. El propio camarero apuraba un cigarrillo mientras asentía con la cabeza al pedido por señas de dos cafés.
La bebida era negra como la noche y pesada, servida de una jarra metálica dorada con un pico angosto. Humeaba la taza diminuta, mientras el café se enfriaba adrede hasta que bajara la borra. Kadir estiró las piernas. "Por fin una tarde sin mujeres", dijo.
Raro sentimiento el de aquel hombre que decía estar cansado de las cuatro féminas que habitaban su hogar, sus tres hijas y una esposa, y que habían servido la comida la noche anterior sin emitir casi palabra, salvo cuando el hombre les preguntaba algo, lo que no ocurría con demasiada frecuencia.
La cena a base de carnes especiadas siguió con dulces, té, pastelería y frutas secas, como es costumbre en el país, y las mujeres continuaron en silencio mirándose de vez en cuando y bajando la vista con rapidez al percatarse de que el invitado las había visto sonreír.
El orden en aquella casa era absoluto, como en casi todos los hogares de Turquía, más allá de clases sociales, oficios y profesiones.
En el bar, la barrera de humo era tal que el exterior estaba tapado por un gris volátil. Los pasos de las personas que pasaban por la vereda, sin embargo, se podían oír, al igual que los gritos de unos muchachos que se hablaban de una vereda a la otra, es decir, a tres metros de distancia. La tez oscura de todos contrastaba con el rubio que atendía el mostrador.
-¿Es extranjero? -preguntó el viajero.
Kadir se rió.
-No, claro que no, ése es un hijo de cien generaciones de turcos, sólo que por este país han pasado muchos ejércitos -respondió con la naturalidad de quien habla de su propio pasado.

Las alfombras de Mehmet

Es que los turcos tienen tres o cuatro cultos que no abandonan: la familia, la religión, los ritos sociales y la tradición, todos ellos entrelazados entre sí.
Como aparecido de la nada, un tercer hombre se sentó a la mesa. Era Mehmet, hermano de Kadir, vendedor de alfombras en un local del bazar egipcio.
-¿Conoce ya el Gran Bazar? -interrogó el recién llegado.
Ante la negativa, Mehmet comenzó a relatar sus días en el local.
"Debe usted ver la galería y lo que hay dentro. Escuchar a los hombres regatear sin pausa. Aunque usted no entienda el turco se dará cuenta de que están regateando, porque se dan la mano como si apenas llegaran y siguen hablando entre sonrisas o caras serias, de acuerdo cómo vaya la negociación. Debe usted ver los techos cóncavos y los adornos en las vidrieras."
Paró un momento de hablar en su inglés elemental y Kadir aprovechó el descuido para decir lo suyo.
"Debe usted verlo a Mehmet sentado en su silla con respaldo bordado en oro, y esas alfombras colgando a sus espaldas. El fuma a solas en su pipa de madera amarilla pintada con dibujos tradicionales, mientras sonríe cada vez que alguien se detiene ante la vidriera, pero cuando entra a hurgar en la montaña de alfombras que se apila en el centro del lugar, finge que no le interesa la presencia del cliente y se dedica a bajar el cierre de una bolsa de paño bordado que no vendería a nadie sólo porque se la regaló su vecino el día de su cumpleaños", dijo el hermano menor, que aun en ese bar mantenía el respeto reverencial por los mayores que cada quien tiene en Turquía.
En el local, mientras tanto, todos fumaban sin parar, salvo cuando les tocaba mantener el ritmo de su conversación. Todos menos uno, que sentado en el fondo con la espalda apoyada en la pared, recitaba poemas épicos para un auditorio de tres hombres que lo escuchaban con atención infinita.

Entre tabaco y aceitunas

La música típica sonaba sin altibajos, cadenciosa, y los olores a tabaco y aceitunas frescas se esparcían por el local, echados de un lado para otro por el viento que producían los tres ventiladores de techo de cuatro aspas oscuras.
En realidad, el bar al que entraban tres tardes por semana los hermanos Kadir y Mehmet no era un reflejo de la Estambul moderna.
Más bien se trataba de un rincón del pasado que se escondía entre cuatro paredes de todo aquello que la occidentalización trajo consigo, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial.
Ya no se escucha en las calles, desde el interior de las casas de música, el sonido inconfundible de las bandas militares de los jenízaros. Ahora son instrumentos de última generación los que truenan, aunque en muchos casos lo hagan para repetir las notas de viejas sinfonías campesinas que eran, sin duda, familiares al oído del propio Mustafá Kemal Atatürk.
Ello ocurre en cualquier época del año, salvo en los períodos electorales, cuando Estambul se convierte en una gigantesca feria comercial de consignas, afiches, carteles colgantes y actos públicos en los parques, en las plazas, y que terminan en las discusiones de café.
El viajero recordó la voz de un hombre que intentaba explicarle en varios idiomas el significado de toda aquella parafernalia de seguidores de candidatos que parecía haber llovido de un día para el otro. A cambio de la información, pedía unos dólares, pero ante la negativa blindada del extranjero optó por dar las explicaciones de todas maneras.

Muy sociables

Es que los turcos se relacionan con el viajero varón en un gesto que parece compulsivo. Tienen un sentido de la sociabilidad envidiable y eso lo demuestran en la vida cotidiana, incluso entre ellos mismos. "No te compres una casa, cómprate un vecino", reza un antiguo refrán local. He allí la razón del empeño de Mehmet en mantener entre sus manos aquella bolsa de paño que le regaló el hombre que vive pared de por medio.
Gentío permanente, olores penetrantes, marquesinas multicolores que no llegan a opacar los grises brumosos de ciertas mañanas, sobre todo en las cercanías del estrecho que ingresa en el Mar Negro sin pedir permiso. Los ruidos de la ciudad más grande de Turquía, la que no es capital del país por esas cosas de las administraciones humanas, se desvive por vender los perfumes franceses falsos, y los electrodomésticos, y las alfombras y telares, y los dátiles, y el paso lento hacia la Mezquita Azul que recorren los jóvenes apenas salen de la Universidad.
En el bar, donde el viajero simula con Mehmet y Kadir que los tres están recorriendo el mundo, no está el olor a pescado del puerto, ni los colores azules del Mar Negro, ni las mujeres bellísimas que el visitante intuye detrás de un velo invisible que no les tapa el rostro, pero les cubre los sentidos, que existen, sí, pero no se muestran.
Estambul no es como Bagdad, donde las alfombras vuelan según los cuentos de casi mil noches, sino como la cálida sensación de poder recluirse entre los hombres y humos de lugares como un simple bar pegado al bullicio urbano, donde los sentidos se protegen de todo aquello que no sea antiguo.
Leonardo Freidenberg

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