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 • HISTORICO

Europa por la ventanilla, en cuatro actos

De Lisboa a París, a bordo del Lusitania, el Alvia, el Talgo y el TGV; en mucho más tiempo de lo que se tardaría en avión, pero con las ventajas de los pases multiuso a menor costo, las estaciones ubicadas siempre en plena ciudad y ausencia de algunos de los males típicos de los aeropuertos




LISBOA y MADRID.- Los primeros minutos en el camarote son especiales. Hay que disfrutarlos. En silencio, se explora el ambiente en el que se pasará buena parte de las inminentes nueve horas de viaje nocturno entre Lisboa y Madrid. Se acomoda la mochila en el compartimiento adecuado, se analiza el confort de la cama, se controlan las amenidades, se ubica algún objeto personal como para apropiarse un poco del espacio, se busca el enchufe para la notebook, se admira esa optimización de cada centímetro cuadrado propia de un camarote... Pero, sobre todo, se empieza a saborear la momentánea suspensión de responsabilidades que implica estar nueve horas a bordo de un medio de transporte de pasajeros. Eso sí que es estar ocupado.
En este caso, el refugio es el Tren Hotel Lusitania, en cuyo coche restaurante se puede comer poco después de la partida de la estación de Santa Apolonia, en el bohemio barrio lisboeta de Alfama, para luego acostarse en el camarote y abrir los ojos poco antes de entrar en Madrid, a 500 kilómetros, como si nada hubiera ocurrido.
En el restaurante hay comida a la carta por unos 10 euros por persona, pero también está el bar, que hasta las 2 vende sándwiches por 2 o 3 euros, gaseosas por 1,60 y café por 0,95. Una corta caminata, los pasillos de los trenes tienden a ser monótonos, y a dormir, para lo que el movimiento del comboio ayuda, contra algunos pronósticos.
A las 6.50, el mundo exterior es otro: por la ventanilla se ve el sol y un cartel que dice Leganés, municipio diez kilómetros al sur de Madrid, de nombre familiar para los argentinos desde que el empresario Daniel Grinbank compró su equipo de fútbol, y al poco tiempo lo dejó. Algo de eso recuerdan las cuatro señoras argentinas que viajan en el camarote contiguo, con tanto humor como equipaje. "Sólo vamos de Portugal a España. Eso de recorrer Europa en tren ya lo hicimos de jóvenes", aclara una, entre las risas de todas.
Falta casi nada para llegar a la capital española, así que es tiempo de aprovechar el desayuno incluido en el pasaje, con fruta o con huevos, facturas, tostada, mermelada, manteca, yogur, jugo de naranja, y té o café. Justo lo necesario para volver al camarote, preparar el equipaje y desembarcar en la estación de Chamartín, en Madrid Norte , desde donde se accede directamente a la red de metro de la ciudad. Una de las ventajas siempre mencionadas por los defensores del tren contra el avión: uno se baja en plena ciudad y, en general, combina con el subte por poco dinero, a diferencia de los micros caros o los taxis imposibles que hay que tomar desde muchos aeropuertos.

Madrid-Barcelona

Después de la escala de 24 horas en el movido barrio madrileño de Malasaña, basta llegar en metro a la estación Atocha Renfe 15 minutos antes de la salida (11.45) del Alvia hacia Barcelona (16.13). Otro punto a favor del tren: nada de dos horas de anticipación; simplemente se llega, se pasa el equipaje por una máquina de rayos X y se busca el vagón minutos antes de arrancar. En el caso de la clase preferencial, la bienvenida es con aire acondicionado, asientos supercómodos y hasta una copa de cava o de jerez.
Esta vez, sí, da para apreciar el paisaje. Así Guadalajara, Zaragoza y Lleida van pasando por la ventanilla, espectáculo bastante más entretenido que la película de acción clase B programada en las pantallas. Mientras, el tren avanza en un silencio casi total. Tanto que un pasajero español, adormecido, llega a quejarse por el rítmico sonido del tipeo en una notebook detrás suyo... Trenes ruidosos eran los de antes.
En el último tramo antes de Barcelona llama la atención la cantidad de grúas, maquinarias, obreros con casco, vallados... Es la obra de extensión del AVE, el tren de alta velocidad que unirá Madrid con Montpellier, en el sur de Francia. El plan era hasta hace poco que la nueva línea llegara a la frontera francesa en 2009, pero el secretario de Estado de Infraestructuras, Víctor Morlán, acaba de anunciar un retraso hasta 2012. Mala noticia para los catalanes, que desde el comienzo de las obras notaban que los franceses, de su lado, no avanzaban tan rápido como ellos y que ahora tendrían la excusa perfecta para demorarse aún más.

Barcelona-Montpellier

Cambio de tren y apenas media hora de espera para salir de Barcelona hacia Montpellier, modelo de ciudad en el sur francés, otro tramo de cinco horas. Y efectivamente, al cruzar la frontera hacia Francia nada queda de los intensos trabajos en las vías visibles del lado catalán. Entre Perpignan y Beziers, todo es verde campiña, a la izquierda, y Mediterráneo, a la derecha.
Si en el trayecto Madrid-Barcelona abundaban los viajeros de negocios y solitarios, en el de Barcelona-Montpellier se ven más mochileros, grupos de amigas, familias y hasta mieleros, todos cargando importante equipaje y aprovechando las horas para leer la Lonely Planet Europa.
La mujer que habla constantemente por celular hace dudar de que la posibilidad de comunicarse de manera tan fluida sea una ventaja de este medio. Da ganas de bajarse en Narbonne, para no enterarse de más detalles de su vida personal y para conocer una ciudad que, por la ventanilla, promete. Pero hay que seguir, viajando y escuchando a la señora.
El premio es Montpellier: una de las ciudades más lindas de Francia, que además cuenta con una de las más amplias zonas peatonales del país. Tan bien planificada que se puede caminar desde la estación de trenes hasta la mayoría de los hoteles de cierta importancia sin cruzarse con un solo auto, pero sí con mucha gente paseando, comiendo y hasta bailando tango en una milonga a cielo abierto en la Plaza de la Comedia.

Montpellier-París

Tres días después, no será fácil dejar Montpellier. Pero si el destino es París, se puede hacer el esfuerzo, que ni siquiera es demasiado cuando se viaja en la primera clase del TGV, el tren de alta velocidad francés.
El vagón de dos pisos es elegante y sobrio, decorado en colorado y negro, con una luz suave y grandes ventanas para soñar con la posibilidad de bajar en cada pueblo. Sería injusto hablar de asientos o butacas, porque en realidad son sillones con grandes mesas en las que se puede comer y usar una computadora, para la que hay enchufes, al mismo tiempo. Casi dan ganas de que el TGV demore más de las tres horas y media en que recorre los 600 kilómetros hasta la gare de Lyon parisiense.
Pasan Nimes, Valence y otras estaciones en las que más pasajeros se suman a la sigilosa marcha del tren. En el bar del primer piso se puede matar el hambre y el tiempo con un sándwich de pollo, ensalada de frutas y una gaseosa por nueve euros. Hasta que los suburbios empiecen a desfilar por las ventanas y el TGV nos deposite en pleno centro de París, como si nada.

Datos útiles

Pases

  • Para recorrer tres, cuatro o cinco países europeos (de 22 participantes, que estén unidos por un tren o ferry directo), lo conveniente no es comprar los pasajes separados, sino un pase del tipo Eurail Select Pass. Para tres países, en primera, válido para cinco días dentro de los dos meses, cuesta 315 euros, y 268 por persona en caso de dos adultos que viajan juntos. Recordar que este tipo de boleto no se vende en Europa, por lo que hay que compralo en el país de origen a través de los agentes generales de Rail Europe.

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