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 • HISTORICO

Granada estalla como un naranjo en flor

Esta ciudad andaluza está de moda entre los turistas, que se enamoran de su pasado árabe y descubren el brillo de la pasión gitana




GRANADA.- Los lugareños dicen que desde hace tres o cuatro años la ciudad está de moda, que estalló como un naranjo en flor. Españoles y extranjeros invaden las calles del mismo modo que los coloridos geranios, las ventanas.
Con nombre de fruta y apellido andaluz, esta ciudad fue la tierra soñada de los árabes que la hicieron crecer, de los Reyes Católicos que la reconquistaron y la evangelizaron, y de los gitanos que, más tarde, le imprimieron a fuego su embrujo por medio del flamenco.
Tres estilos opuestos que conviven en la actualidad, cada uno a su manera, en construcciones, comidas, música, tradiciones y, sobre todo, en la mirada afectuosa de su gente. La armonía de este conjunto y la magnificencia de la Alhambra -una ciudad fortaleza árabe, en lo alto de una colina- hacen que Granada sea hoy la tierra soñada de alrededor de dos millones de turistas, que se empapan, cada año, con el espíritu granaíno .
El calor de la primavera ya se hace sentir y en el aire se advierte la necesidad de sacar las sillas y las mesas a veredas y plazas, y andar de taberna en taberna comiendo unas tapas al sol, con la compañía de una copita de vino.
Salir a pasear por esta ciudad es encontrarse con gente amable y hospitalaria que, con alegría y buena predisposición, se desvive por contar su historia y reivindicar sus tradiciones.
Los afiches de las corridas de toros ya están en las paredes para anunciar el comienzo de la temporada y estimular a los aficionados que se acercan, los domingos, a la Plaza de Toros. Un furor que en Andalucía convoca multitudes.
Cada dos pasos uno se encuentra con la historia y en cada esquina hay una iglesia. Basta con levantar la vista y ver que siempre hay una cruz en lo alto que brilla, seguramente, desde hace muchos años.
La primavera también despierta la pasión andaluza por el flamenco y en Granada, que fue donde se entonaron los primeros cantes, no hay escenario que no se convierta en tablao ni guitarra que quede olvidada en un armario.
El flamenco hace vibrar con ese taconeo fuerte sobre la madera y el incansable batir de palmas. Los bailaores de pura sangre les ponen color y calor a las noches.

Desde Oriente

Hablar de Andalucía implica traer a escena a los árabes, que fueron los protagonistas, en gran parte, de la península ibérica, durante ocho siglos. Desde 711 el mundo islámico penetró por el Sur y se ramificó trasladando la vida musulmana a Occidente. Así, primero floreció Córdoba, con emires y califas de la dinastía omeya, hasta que los avances castellanos hicieron tambalear el poder árabe. Pero todavía faltaba un capítulo más: en Granada, en el siglo XIII nacía la dinastía nazarí, la que construyó la Alhambra y el Generalife, en lo alto de la ciudad, mezquitas, baños públicos y fuentes.
Esta dinastía fue el último resplandor de una civilización que dejó sus marcas a través de 800 años de andanzas. De esos tiempos islámicos también sobrevive el antiguo barrio Albaicín, de calles muy angostas, construcciones altas que no dejan pasar ni un rayo de sol, y subidas que aceleran la respiración.
Para recorrerlo hay que olvidarse del mapa; las cuadras tienen otra lógica. Lo mejor es dejarse llevar por el aroma de la comida árabe, que se escapa de algunos negocios, y caminar como por un laberinto, pero sin tener la premura de buscar la salida. Andar entre rejas artesanales que adornan puertas y ventanas, y tomar subidas, bajadas y curvas antojadizas. Y si está por caer la noche -cerca de las 21-, hay que darse una vuelta por el mirador de San Nicolás para contemplar a los pies la ciudad y enfrente, el poderío de la Alhambra, custodiada por la Sierra Nevada, mientras el sol se pierde en el horizonte.
Los tiempos árabes llegaron a su fin cuando los Reyes Católicos -Isabel y Fernando, tan estudiados en la escuela y tan importantes para el Descubrimiento de América- conquistaron la ciudad. Según se dice por aquí el 2 de enero de 1492 fue como una bisagra: los granadinos se acostaron en una ciudad medieval y musulmana y se levantaron en una cristiana y moderna.

Sultanes por reyes

A partir de ese momento la historia fue otra. Las mezquitas se reemplazaron por iglesias, las túnicas por misarios, y los sultanes y emires por reyes y reinas. Isabel se asentó en la ciudad, la modificó a su gusto e instaló su corte. Y otra vez Granada fue el centro de un gran reino. Por esos años se construyó la catedral, que se levantó donde estaba la mezquita mayor. En el Museo de la Capilla Real, se puede ver la corona que usó la reina Isabel. Los 500 años que tiene aún no opacaron su encanto.
A la salida de las iglesias, las gitanas miran fuerte a los ojos, se adueñan de las manos ajenas, y mostrándose espontáneas, sueltan a cada persona que pasa cerca: Guapa, déjame adivinarte tu suerte; la puedo ver en tus ojos y en tus manos; déjame . Después, palabras generosas y la historia conocida: piden más pesetas que lo esperado, pero se conforman con unas monedas.
Así, estos tres mundos se fusionan en la cotidianidad de esta coqueta ciudad española, para impregnarla de un aroma y un sabor inconfundibles.

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