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 • HISTORICO

Intercambio cultural en el histórico Kingston




Habíamos dejado atrás la revolucionaria Cuba para seguir camino por la tierra de Bob Marley, Jamaica.
Aterrizamos. Mochilas al hombro compramos moneda local y salimos del aeropuerto.
Un tal Phillip Whight (de profesión músico) que habíamos contactado meses atrás en Buenos Aires, nos había ofrecido su casa en la capital jamaiquina. Sin más opción o ayuda que un teléfono, un nombre y una dirección, nos subimos al económico colectivo N98 con destino al, en aquel momento impensado, ghetto de Kingston.
Durante el trayecto erróneo de dos líneas de colectivo y un justificado y carísimo taxi, el ambiente pesado se intensificaba al andar. Las miradas penetrantes nos preguntaban callando What are you doing here? ( ¿Qué estás haciendo aquí? ). Las tajantes etiquetas de white man (hombre blanco) nos hacían sentir la localía, y los gritos de ambulantes y las propagandas por radio aturdían nuestro débil bienestar. Pero aquella desesperada hora de 90 minutos terminaba en un pasaje olvidado en el tiempo, en la imborrable puerta de tablones de madera agujereada, despintada y sin cuidar: habíamos llegado a la casa de Phillip.
Atravesando la entrada, nos recibía un rasta blanco (un desconocido total al primer saludo. Se nos adelantaba diciendo: "Yeah man. Welcome. I am Ben", y dos perros con ladridos de bienvenida. Un pasillo largo de tierra nos conectaba con el patio-pulmón de la casa, donde esperaba la potencia de los hijos de nuestro anfitrión (Andrew, JR y Case), el orgulloso hedor jamaiquino característico y el inconfundible ritmo del reggae.
Los cálidos soles y las enérgicas lunas en el barrio histórico de Kingston transcurrieron a puro aprendizaje. Phillip, Ben y sus amigos nos mostraban la forma y vida de la cultura nacida en la tierra prometida de Zion, en la lejana Etiopía. Nos abrían la cabeza a un mundo de nuevas religiones, de tradiciones y rituales diferentes; a inmolar los días y las noches para abandonar el sistema Babylon y ejercer un culto ortodoxo hacia un nuevo dios .
Aquel intercambio cultural fue inenarrable. Mientras dejaba caer el agua en el siempre fiel mate, para compartir nuestra cultura argentina con un dulce amargo , los rastas que acompañaban las tardes de grabaciones para su nuevo CD nos agasajaban cocinando manjares vegetales, nos enseñaban la técnica que florece las dreadlocks y predicaban los párrafos de la biblia negra al unísono canto de las letras del dios del reggae, revelando así las indispensables ceremonias del rastafarismo.
Con risas y miedos, entre admiración y rechazos, de preocupaciones y alegrías, sin baños y sillas, desde cantos y sueños hacia un amor y un corazón, contra todo, sobre nada, por todo lo humano.
Enterrados los prejuicios, los miedos y las primeras impresiones, al paso de algunas horas ya nos sentíamos nuevamente en el andar.
Pero el reloj nos perseguía y la ruta jamaiquina nos esperaba, había que continuar por la carretera.
Nos despedimos con besos y abrazos prometiendo un regreso.
Nuevamente cargamos las mochilas en los hombros, subimos al apretado colectivo número 65 y un routaxi hacía el próximo pueblo: Port Antonio o como dice Manu Chao, hacia la próxima estación.
Matías Rebecca

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