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 • HISTORICO

Ir a los baños, una costumbre saludable

Los habitantes de la capital húngara como sus visitantes no se resisten al influjo de las termas que abundan en Budapest y juegan una partida de ajedrez




BUDAPEST.- El peón negro se mueve dos casilleros hacia adelante, mientras la reina blanca amenaza con un ataque profundo y brutal. Las torres negras yacen acostadas sobre el mármol claro mientras los alfiles blancos hacen estragos entre sus oponentes. Hay un claro vencedor en la contienda, pero nadie se rinde.
El hombre con gorro de baño rojo es un estratego. Enfrente, otro hombre piensa. Alrededor, cuatro de diferentes edades esperan con interés el final de la batalla que las blancas ganarán sin remedio. Todos están con el agua que les llega al torso. No hace frío a pesar de que la radio anunció 18 grados, agradable, pero no tanto si se está casi desnudo y mojado.
Los baños termales son una de las tantas herencias dejadas en Budapest por los turcos. En realidad, la antiquísima costumbre romana de los baños colectivos, denostada por el cristianismo de la época, que la consideraba una costumbre lindante con la perversión, es el antecedente lejano de esta tradición de la capital húngara. Para la población local, el baño es una cuestión familiar que se comparte. Los hombres juegan al ajedrez en el agua con desconocidos a los que sólo los une el placer del baño termal y el encanto del juego para no aburrirse. La vida transcurre como en una plaza pública muy concurrida.
La cantidad de baños de este tipo que existe en Budapest es difícil de comprobar, aunque quienes conocen muy bien la ciudad dicen que ronda el centenar. Algunos de los más famosos se encuentran en Buda: Császár, Lukács, Király, Rudas. El más grande de Pest está cerca del Museo de Bellas Artes: es el Széchenyi. Situado en medio del Parque Cívico (Városliget), es uno de los complejos termales más grandes de Europa, con aire antiguo, repleto de gente los fines de semana y no muy distinto en apariencia de una piscina colectiva de cualquier otra parte, salvo por la edad de los edificios que lo rodean.

Una pasión de regalo


El agua que mezcla las pieles suele ser el entorno para interminables partidas de ajedrez, otra de las pasiones nacionales. Es especialmente interesante en Budapest hurgar en los negocios del centro y en las ferias callejeras hasta encontrar ese tablero de madera simple, pintada, o aquel otro tallado con maestría, laqueado, o sencillamente hecho de marfil, mármol o de metal.
Muchos de ellos, y sus piezas, son objetos decorativos que también sirven para jugar al ajedrez. Tampoco es para desdeñar el acopio de algunos tableros en miniatura, cajitas que guardan las pequeñas piezas, y que por un precio francamente bajo harán quedar bien al viajero que las lleve como regalo a casa.
Virtudes de Margarita
BUDAPEST.- La isla Margarita, situada en medio del Danubio, era un rincón privilegiado de la nobleza romana que la usaba como un espacio exclusivo para pasarla bien. La costumbre se arraigó en las clases dirigentes y en los ricos de la ciudad, que buscaron allí un sitio sin ruidos ni demasiadas miradas extrañas. Con el tiempo, esa tranquilidad para pocos se quebró y hoy todo el mundo tienen acceso al lugar.
De dos kilómetros y medio de largo y unos centenares de metros de ancho, la isla Margarita está sembrada de árboles.
Sobre el pasto cuidado hay canteros con flores, y en el aire suena el rumor de las fuentes que lanzan chorros finos y gruesos, dando una sensación de lluvia que refresca los sentidos durante las horas de la tarde estival.
Una de las atracciones que convocan a millares de personas cada día es la gigantesca piscina Palatinus, con piletas de agua caliente y fría, y con un sistema artificial para producir olas. La capacidad de la piscina es para 20 mil personas.
Un teatro abierto ofrece en verano óperas, ballets, conciertos de distinto tipo de música y obras de teatro. Muy cerca hay también un cine al aire libre.

Tan, tan vieja

Las ruinas de un convento dominico construido en el siglo XIII se esparcen en los alrededores, no lejos de las de otro, en este caso franciscano, que a su vez no se distancia demasiado de una iglesia, en cuyo campanario está la campana más vieja de Hungría, que fue sepultada para ponerla a salvo de los turcos.
El Grand Hotel y el Thermal Hotel, dos de los mejores establecimientos de la ciudad, albergan a los pasajeros en el norte de la isla, no muy lejos del puente de Arpad, que une la isla con ambas márgenes del río, es decir, con Buda y Pest.
Tanto la piscina deportiva como el estadio de la juventud cierran la oferta que tiene el lugar para los visitantes vernáculos o foráneos. Sólo los primeros suelen saber que la isla lleva el nombre de Margarita, la hija del rey Bela IV, que fue santificada y tiene un monumento en ese pedazo de tierra que parte al Danubio en dos.
Leonardo Freidenberg

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