Javier: el clon de Germán Palacios

Por Redacción OHLALÁ!

19 de junio de 2013, 19:11

Javier: el clon de Germán Palacios

Por esa época estaba trabajando en una radio barrial. Me había recibido hacía poco y el mercado laboral estaba muy complicado. Encontré una veta en la producción radial y me aventuré a intentarlo. Trabajaba ad honorem en un programa que se llamaba Parrillada radial completa . Todo giraba en torno a los cortes de carnes. Convocábamos a famosos para que salieran al aire y la conductora, Elsa -que era una persona bastante particular- les hacía analogías entre tamaños y porciones.

Todos los sábados a las 7 de la tarde llegaba a la radio palermitana para hacer la pre producción de ese delirio, éramos dos en ese rol y cada tanto nos divertíamos: a veces Elsa se ponía un poco brava y nos tenía corriendo de un lado al otro. Parrillada iba de 22 a 23. A las 21 había otro programa que conducía ÉL.

La primera vez que lo vi me morí. Ojos verdes, morocho, barba. De lejos, lo observé y con la otra productora nos miramos con complicidad.

-¿Vos viste eso?

-Sí, lo tengo visto hace tiempo… es increíble.

-¿Sabés a quién es igual?

-¿A quién?

-A Germán Palacios.

-Tenés razón, es el clon.

Todos los sábados llegaba apurada a la radio, subía la escalera para ir al estudio y él estaba al aire. Además de ser hermoso, tenía una voz muy de locutor. Hacía un programa semi informativo con una rubia sin gracia, con la que -a mi parecer- tenía una historia.

No fueron muchos meses (habrán sido tres) los que trabajé en ese programa. Elsa, que además de un programa vulgar, tenía una obsesión con los "pedazos" de cada invitado (un día llevamos a Guido Suller y ella centró todo el bloque en la salchicha de Viena), no estaba muy en sus cabales. Un día se creó un mail fantasma ofreciéndonos un trabajo como productoras en otro lugar a mi compañera y a mí. Era todo raro, nos citaba en un bar, y después nos psicopateaba diciéndonos que nunca podíamos ir (cabe destacar que siempre la reunión era a la misma hora que Parrillada).

La cosa es que decidí abrirme y se vino el último programa en el que iba a participar. Llegué medio tarde cuando Javier se estaba yendo. Cruzamos las miradas, me quería matar: no lo iba a ver nunca más. Era como cuando vas en el subte, en el bondi o en el tren y ves a un tipo que te mata, que te encanta, que te mira y llega tu parada... Te bajás con la fantasía de qué hubiese pasado con ese ser. Algo así sentí con Javier.

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Lo vi irse. Me senté en el box de producción. Viví ese momento con tanta resignación y frustración como pude. Creía, como todavía sigo creyendo, en las novelas, en los imposibles/posibles y en todas esas blasfemias espantosas que son material ideal para el autoengaño. Tenía 21 años.

En medio del aire, Elsa me hizo señas: quería agua. El bar estaba en el piso de abajo. Me levanté tentada, ya nada me importaba. Cuando salí del box, lo ví, estaba sentado en una mesita a unos metros mirando para mi lado. Tomé aire. Empecé a caminar, tenía que pasar a su lado para bajar. Mis ojos se clavaron en los suyos. "Es un papelón, mirá para otro lado", pensé. Pero era magnético, cada paso se hacía más lento, estaba como hipnotizada. Hasta que… la vergüenza obró como consciencia y busqué otro objetivo de acoso. Dejé de mirarlo bajo el influjo del autocontrol. No quería separar la mirada, pero debía hacerlo.

Cuando pasé a su lado me saludó, le contesté la cortesía y seguí hasta la escalera.

(Alguien me tocó la espalda).

-Disculpame...

-¿Yo?

(Estaba toda colorada, no podía pensar, me estaba hablando a mí).

-¿Cómo te llamás?

-Olivia, ¿vos?

-Javier.

(Muda, no podía decir palabra).

-¿Me das tu teléfono?.

-¿Mi teléfono?

-Sí, te quiero invitar a salir.

(Nube, mezcla, mareo, rojo tomate).

-Eh... bueno...

(Sacó su teléfono).

-154... 34...

-¿SÍ?

(No me podía acordar mi número, estaba tan nerviosa que se me había hecho un blanco, no sabía cómo seguía).

-Perdón, se me hizo una nube. ¡No me lo acuerdo!

(El bochorno recorría mis venas)

Finalmente me salieron los números que faltaban. Le di mi teléfono, nos saludamos con un beso en el cachete y bajé a por el agua. Cuando subí, ya no estaba. La sonrisa me acompañó todo el programa, todo el día, todo la semana. Mi compañera no lo podía creer: mi cuento de hadas se había hecho realidad.

***

Al martes siguiente, el teléfono sonó.

Sigue el jueves.