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 • HISTORICO

La gran vidriera de Europa

La urbe italiana es una meta perfecta para las víctimas confesas del buen vestir y los adeptos a las compras




ROMA (The Sunday Times).- Si su guardarropa de viaje comprende una selección de remeras y cómodos joggings, probablemente Milán no sea para usted.
Al llegar al aeropuerto Linate me recibió un enorme cartel del emporio Armani, más grande que la colección de calzados de Imelda Marcos; el personal de la aduana que escudriñó mi pasaporte y equipaje estaba mejor vestido y peinado que la mayoría de las estrellas de Hollywood, y enseguida supe que me encontraba en la vidriera de la moda. Milán es la ciudad mejor vestida de Europa, quizá del mundo, y si quiere estar a tono tenga los zapatos bien lustrados.
Dejando de lado esas primeras impresiones llamativas, Milán es una ciudad industrial, situada en el norte frío y húmedo de Italia. Fue brutalmente bombardeada por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, y con su mezcla de edificios viejos y nuevos se la compara a menudo con Manchester por su perceptible fealdad, precipitaciones y desenfrenada obsesión por el fútbol.
Pero todo esto no es tan importante porque, en mi opinión, Milán es el destino perfecto para las víctimas confesas de la moda y los adictos a las compras con más crédito que sentido; una ciudad adulta para mayores que gustan del buen vestir y comer y viven de las apariencias.
Por sus tiendas, restaurantes y bares nocturnos se asemeja a Manhattan, a diferencia de que Milán es más pequeña, con menos gente, muchos menos vehículos y una red de subterráneos sencilla que no infunde temor cada vez que la usamos.
Pero, después de todo, esto es Italia, donde encontrará además magníficos edificios y arte.

Día 1


Siendo de esa clase de personas a las que les gusta husmear por las puertas donde se elaboran las delicias italianas, durante mi primera visita, después de dejar el equipaje en el hotel Star Rosa, fui al Gastronomic Peck, tres pisos de paraíso en la Tierra. La planta baja abarca quesos, carnes, verduras, mariscos y atractivos productos; en la planta alta se ofrece pastelería, té y café.
El subsuelo es una bodega, y aquí encontrará un bar apacible con buenos vinos y una selección de carne fría o quesos. Elegí lo último, seis variedades de queso rociados con aceite de oliva extravirgen y acompañados con una pera en almíbar.
De allí crucé la calle y me dirigí a la Bottega del Maiale, otro Peck, para beber un espresso; antes de retirarme, reservé una mesa en el restaurante del subsuelo para una comida de seis platos para esa misma tarde. Hacía sólo dos horas que estaba en Milán y ya había comenzado a perder el control.
Los primeros días son sólo para ambientarse, y qué mejor que comenzar con la cúpula del Duomo. Hay un ascensor, pero preferí subir a pie; me llevó seis minutos y perdí la cuenta después de contar 125 escalones.
El Duomo emerge solitario en una maravillosa plaza, donde una veintena de milaneses se agolpa para utilizar sus teléfonos celulares; es la cuarta iglesia más grande del mundo; una estructura gótica colosal.
Por cierto es tan grande, que cuando se completan las lentas y costosas tareas de limpieza es hora de comenzar nuevamente.
Frente a la plaza del Duomo se alza otra maravilla, la Galleria Vittorio Emanuele II, famosa galería comercial que data del siglo XIX , toda recubierta en vidrio. Aquí se encuentra uno de los tantos locales de Prada repletos de impacientes orientales, aunque en la mayoría de los locales se puedan conseguir las mismas prendas de lana y cuero que se encuentran en las famosas arcadas londinenses.
Decidí que el acarreo de bolsas esperaría hasta el día siguiente. Por el momento, me contentaría con un vodka Martini en el Camparino Bar Zucca, que da a la plaza, un lugar estratégico para observar el corte de los pantalones italianos y la destreza de los peluqueros milaneses.

Día 2


La via Dante, desde el lado oeste de la plaza del Duomo, conduce hasta el castillo Sforzesco, una enorme fortaleza del siglo XV, construida en su mayor parte con pequeños ladrillos terracota, atrapados en una red de enredadera.
El museo, de entrada gratuita, contiene obras de Miguel Angel, Tiziano, Mantegna y Van Dyck, y de todos ellos encontrará más obras en otros museos esparcidos por la ciudad.
En un recorrido por Milán es obligatorio también una visita a la Pinacoteca de Brera para contemplar una de las grandes obras del arte universal, el Cristo Muerto, de Andrea Mantegna.
De allí me dirigí a La Triennale di Milano, una exposición permanente de diseño contemporáneo que se realiza desde 1945. Milán es la capital europea del diseño y el museo exhibe de todo: desde triciclos antiguos hasta las primeras computadoras.
Por recomendación de un amigo, que elevó el arte de las compras a alturas inalcanzables, caminé hasta la estación de subte Cadorna y viajé dos estaciones hasta Moscova. El precio del boleto es único y cuesta 1500 liras (alrededor de 50 centavos de dólar) en las máquinas automáticas, si tiene un billete de 1000 liras y una moneda de 500 liras. De lo contrario, tendrá que buscar un puesto de diarios y revistas. Compre una revista y un boleto turista de uno o dos días, que le costarán 5000 y 9000 liras, respectivamente.
Mi destino era Corso Como, en el norte del centro de la ciudad, que cada vez, y a mayor velocidad, adquiere más categoría. Se encuentra en lo que en una época fue una fábrica y tiene desde ropa hasta muebles, cristalería, artesanías y candelabros del tamaño de una mesa pequeña esculpidos en formas neoclásicas.
Preferí ir a la planta alta, donde hay una espléndida librería y una disquería muy selectiva. En otro sector me encontré con una muestra de fotografías en blanco y negro, en su mayoría de París en la década del 50, de Willy Ronis.
La mayoría de los milaneses está demasiado ocupada como para almorzar cómodamente, y prefiere recargar sus pilas con una variedad de panini -enormes roscas de pan relleno-, fríos o tostados. Lo más apropiado para las primeras horas de la tarde era San Babila, donde los panini tienen nombres como Armani, La Perla, Moschino, Versace. Hace diez años, la imitación de moda era un modelo de Rolex. La imitación de hoy es Prada, y mientras comía hice un buen negocio con un grupo de vendedores ambulantes por un par de mochilas de imitación.
Estaba en el límite de un barrio llamado Quadrilatera d´Oro, conocido también como la zona de peligro. Todos los grandes nombres están aquí, y en minutos se verá buscando todas las razones por las que realmente necesita un sobretodo Gucci largo por 1700 dólares.
Con mi flamante camisa Dolce & Gabbana y zapatos de gamuza Martini, cené esa noche en el Grand Italia, demasiado nombre para un restaurante pequeño, familiar y económico, ubicado en una calle tranquila. Detrás de los cristales empañados, las mesas, con una botella de aceite de oliva extravirgen cada una, estaban apretadas unas con otras, y la fila que había para comer significaba que muchos de nosotros tendrían que compartir.
Las especialidades son pizzas y rodajas de pan focaccia cargado con todo tipo de aderezos, que favorecen el colesterol. Pedí los especiales con pasta de salmón y una ensalada suculenta recubierta con parmesano.
Los bares con piano de la via Madonnina son una manera divertida y onerosa de pasar una tarde: luces tenues y tintineo de marfiles. O podrá conseguir a alguien que le lea el Tarot entre las decenas de personas que tiran las cartas, que hacen su negocio en Fiora Chiari y sus alrededores. A mí me lo leyeron en italiano, y hasta el momento todo marcha bien.

Día 3

La nueva temporada en el teatro de La Scala comenzaba diez días después de mi partida; por lo tanto, tuve que conformarme con el museo del teatro, donde las muestras incluyen trajes, escenas y cuatro palcos reales. Hay más curiosidades más allá de la via Manzoni, en el museo Poldi Pezzoli. Es una especie de mini Victorian and Albert Museum, que combina tapices y joyas, armaduras y armas con pinturas de Rafael y Bellini. Adyacente al museo se encuentra el más renombrado restaurante de la ciudad, el Don Lisander.
Otro nombre para los milaneses es Ambrosianos, derivado del obispo del siglo IV de Milán, San Ambrosio. Entre sus numerosos logros se destaca el rediseño de la ciudad, con cuatro nuevas iglesias que definen su estructura. Tres de las iglesias permanecen en pie, donde se incluye la dedicada a él, la basílica de San Ambrosio. Les creo a los libros que dicen que es uno de los exponentes más finos de la arquitectura románica. Aun le puede dar sus respetos a San Ambrosio: su cuerpo es uno de los tres conservados detrás de un vidrio en la cripta.
Después del Duomo, el otro gran tesoro de Milán es La última cena, de Leonardo da Vinci, pintada en una pared del comedor del convento de Santa María delle Grazie. Me apenó ver trabajar a un artista en la dolorosa tarea de restaurar, aunque quedé intrigado por el acertijo presentado por Da Vinci: Cristo tenía un hermano casi mellizo, representado a su izquierda.
Si se molesta en revolver entre cientos de artículos, Milán tiene decenas de fábricas que venden prendas con fallas o de la temporada anterior y locales de segunda mano. Algunos, como Il Salvagente, no dan a la calle. La mayoría de las cosas en los dos pisos es basura, pero para las víctimas de las etiquetas les aseguro que me topé con algunas prendas Comme des Garcons y DKNY. La oficina de turismo tiene una lista en la guía de la ciudad. Milán no es un lugar sencillo para los visitantes; no tiene bulevares ni bonitos cafés como París. Uno aprende a moverse por recomendaciones, porque los mejores lugares están a menudo ocultos y no se anuncian demasiado.
Un ejemplo de esto es La Brisa, a mitad de camino por un pasaje oscuro y sucio. Parecía otro bar tranquilo de las afueras, pero cuando pregunté acerca de una comida me llevaron amablemente a un salón que da a un jardín en la parte posterior. La especialidad de la ciudad es el risotto. Sin embargo, es casi siempre para dos; entonces, en lugar de eso seguí el consejo y pedí conejo envuelto en panceta y aceitunas negras. Un cierre con estilo para un paseo elegante.
Jonathan Futrell (Traducción de Andrea Arko)

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