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 • HISTORICO

La odisea de cruzar la calle en Hanoi

Por Ana María K. de Haselmann




Nuestro lindísimo viaje a Vietnam empezó auspiciosamente. Después de varios días de los encantadores e incomprensibles firuletes de la escritura thai, volver a ver las letras a las que uno está acostumbrado nos causó una agradable sensación de familiaridad. Por supuesto tardamos muy poco en darnos cuenta de que esta primera impresión era equivocada y que aquí tampoco entendíamos nada.
En el aeropuerto de Hanoi nos recibió un joven muy simpático que sería nuestro guía y un chofer. El guía hablaba inglés del tipo al que hay que acostumbrarse, pero no tuvimos problemas en entenderle cuando nos contó que Vietnam es un país pobre, que lentamente el ingreso per cápita está aumentando y que, aunque los autos siguen siendo muy caros, muchos pueden comprarse una moto o motoneta, especialmente los modelos chinos que se venden por menos de US$ 1000. Pronto nos íbamos a dar cuenta de cuánta razón tenía.
La primera hora o dos, después de llegar al hotel, nos la pasamos en la ventana, viendo pasar motos.
La cantidad es apabullante, pero lo realmente divertido es ver lo que cargan. Vimos muchos que llevaban grandes macetones con cerezos en flor porque faltaba poco para el Año Nuevo chino, y los cerezos son algo así como nuestro árbol de Navidad. Otros con pilas de bultos, ¡un ataúd!, tres cerdos faenados, tres perros en una jaulita también con destino gastronómico. Una pareja con su bebe que tomaba tranquilamente la mamadera, e incontable cantidad de chicas bonitas de tacos altos.
Cuando salimos a la calle se terminó la diversión. No teníamos ni idea de cómo hacer para cruzar. Observando a los locales, vimos que el sistema es caminar lentamente y confiar en que los motociclistas te esquiven. Para hacerles justicia, hacen todo lo que pueden para no atropellarte, pero no deja de ser estresante.
Uno piensa que los problemas se terminan al llegar a la vereda, pero los motociclistas que no están usando sus motos en ese momento las han dejado estacionadas allí. Además hay pequeños puestos de comida que cocinan directamente en braseros, ponen pequeñas mesas y sillas para comodidad de sus clientes, y lavan los platos en palanganas. En definitiva, terminamos caminando por la calle, sorteando las motos.
Al día siguiente recorrimos la ciudad en taxi y en pedicabs, simpáticos vehículos que consisten en una bicicleta y una especie de canasto donde el pasajero va muy cómodo. El problema de sortear el tránsito quedó en manos de los choferes y nosotros disfrutamos mucho más.

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