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 • HISTORICO

La osadía se afina con precaución

Una travesía en vehículos 4x4 que marcó sus huellas en el Camino del Zeballos, al noroeste de Santa Cruz




LOS ANTIGUOS.- Los ríos cordilleranos, por regla general, traen en primavera el agua de los deshielos. Algunos chorrillos que no pasan de ser apenas hilos de agua en el verano patagónico, en los meses posteriores al invierno arremeten con fuerza contra alcantarillas, entubamientos y puentes. Desafían descaradamente las obras viales con las que el hombre, precariamente, les hace frente.
Pero antes de la primavera, el invierno mismo se encarga del sabotaje vial en las provincias del Sur. Montañas de nieve se depositan silenciosamente durante meses, como sabiendo que ningún vehículo intentará cortarlas en los caminos más remotos.
Con ese panorama, de septiembre a noviembre, tímidamente, comienzan a aparecer huellas de vehículos en los sectores más apartados.
Uno de esos caminos montañeros en Santa Cruz -la ruta 41 o Camino del Zeballos- es apenas recorrido en pleno verano a pesar que consiste en un espectacular atajo entre dos zonas de turismo, es decir, entre Los Antiguos, sobre el lago Buenos Aires, y los lagos Posadas y Pueyrredón.
En octubre último, como parte del relevamiento para el itinerario del Isuzu Challenge 2000 -evento internacional que este año eligió la Patagonia como escenario- fue necesario, una vez más, el recorrido de la ruta 41.
Antes de partir desde Los Antiguos, en el extremo norte del camino, consultamos con autoridades de Vialidad Provincial de la localidad de Perito Moreno. Allí se nos indicó que la ruta estaba cerrada debido a un chorrillo que cortaba el camino a unos 20 km de Los Antiguos y que no se repararía hasta que disminuyera el caudal de agua. Decidimos arriesgarnos.
Efectivamente, encontramos el camino cruzado por un foso de unos dos metros de ancho y otro tanto de profundidad. Sin embargo no se demoró más de diez minutos el vadeo por el costado una vez que acomodamos unas piedras por donde apoyarían las ruedas de las 4x4.
El día era fantástico, con un sol agradable y una sensación de triunfo cada vez que se encontraba una dificultad y se lograba superarla. Pues no sólo había un corte en la ruta, sino que eran varios los arroyos que habían arrastrado todo a su paso dejando sólo los tubos de chapa que no pudieron contener el agua y llevádose la tierra y pedregullo que conforma el camino.
Un poco de paleo y otro poco de técnica -si se cuenta con doble tracción- permiten superar la situación, aun ante los ojos sorprendidos de la gente de campo que fue testigo de la maniobra.
Cuando ya faltaba poco para alcanzar la meta del Paso Roballos y mientras circulábamos por una cornisa a la vista de un ancho mallín congelado, súbitamente, tras una curva, un amontonamiento de nieve cerraba el paso.
Nadie parecía dispuesto a resignarse a volver cuando casi habíamos alcanzado el extremo sur del camino. Tras las primeras miradas desconcertadas, cada uno exploró la zona a pie para ensayar su propuesta de solución.
Desde toparse contra la nieve durante varias horas formando un canal por donde cruzar (una técnica posible si se sabe que más adelante el camino está expedito) hasta escalar la colina con los vehículos a fuerza de malacate. El gran interrogante consistía en qué habría todavía que enfrentar más adelante si invertíamos varias horas en cruzar esa montaña de nieve.
Evidentemente nadie había circulado por allí desde antes del invierno y Vialidad no tenía idea de ese hielo, ya que su preocupación radicaba en el primer chorrillo desbocado.
La decisión se tomó. Debimos desandar todo el camino (grietas incluidas) y hacer un rodeo cruzando Los Antiguos, Perito Moreno, Bajo Caracoles e Hipólito Yrigoyen. Varios cientos de kilómetros de más, inevitables teniendo en cuenta la ausencia de información actualizada y confiable en los parajes remotos de la Patagonia.
Al día siguiente atacamos el camino desde el Sur para relevarlo hasta el lugar de la rendición. Tampoco fue posible llegar debido a otros voladeros de nieve (estábamos a unos 1000 metros sobre el nivel del mar). El GPS indicaba unos diez kilómetros de distancia entre ambas detenciones.
Las determinaciones tomadas el día anterior fueron las correctas y confirmaron, una vez más, que en las expediciones todo terreno el equilibrio racional entre osadía y precaución llevan a buen puerto. La experiencia afina las dosis óptimas de cada una.

Imágenes satelitales y gauchos patagónicos

Uno de los inconvenientes que inevitablemente se encuentran al explorar en busca de rutas de aventura en vehículos 4x4 es, insólitamente, la información local.
No importa cuántas imágenes satelitales o receptores de GPS se lleven; la ayuda de la gente de campo es imprescindible para armar un circuito o descubrir caminos novedosos. Pero ocurre que es muy distinta la idea sobre las capacidades del vehículo que tiene su conductor de la que se imagina un paisano, así como la motivación para buscar caminos rotos y abandonados.
Cuesta hacerse entender ante la requisitoria sobre huellas olvidadas y caminos casi borrados de la faz de la Tierra. "Por ahí no se puede pasar, está roto", "Ese camino lo usaba mi abuelo y ya no existe más", "Se va a quedar encajado", son sentencias que hay que rebatir suavemente hasta encontrar la punta del ovillo que queremos desenredar. Y comprender que esa bien intencionada gente tiene otro concepto de qué es un vehículo y para qué sirve un camino.
En cuanto a la ayuda, se experimentan también situaciones extrañas. En una de las pasadas sobre una grieta del camino se necesitaba un ancla -un árbol, por ejemplo- para fijar el malacate y cruzar fácilmente la primera camioneta. Solamente arbustos flanqueaban el camino.
Providencialmente, apareció de la nada una pickup en sentido contrario que, obviamente, no iba a poder cruzar. Inmediatamente se le pidió al conductor, un estanciero de la zona, que nos permitiese usar su vehículo como anclaje. Estupefacto, tuve que traducirles a mis compañeros de inspección extranjeros que ese hombre se negaba, echando por tierra todas mis alabanzas al gaucho patagónico.
Sin embargo, lo paradójico fue que él mismo se ofreció a ir caminando a su campo (a una hora de marcha) y traer un tractor, medida completamente exagerada y que denotaba otra comprensión de la situación. Mientras hablábamos, el malacate ya estaba tenso y atado a la base de una planta de calafate. A los pocos minutos los vehículos estaban nuevamente en velocidad de crucero.
Sergio Zagier

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