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 • HISTORICO

La Piaf entre viejos muros

La invasión de extraños no impide que aún se respire el aire de pueblo




PARIS.- Las 5 de la tarde. Los turistas caminan por los bordes de la Place du Tertre ( tertre : pequeña elevación de tierra). Unos se resignan a posar para los dibujantes, otros esquivan con dificultad la insistencia de los lápices. Una canción de Piaf en un piano. Tal vez porque esa música alcance a evocar la ciudad que sin embargo no llegó a conocer. El humo, el ruido en los cafés, los comerciantes de sombreros y de gaseosas. Toda esta multitud que se renueva cada día, llegada para creer, al menos por unas horas, que éste es el Montmartre de ayer, repite itinerarios de pintores y poetas buscando lo que estos restos fascinantes llegan a evocar de la bohemia perdida. Las telas extendidas sobre los caballetes de la plaza reflejan ese tiempo.
Es cierto que el turismo masivo ha desfigurado lo que fue el antiguo centro de la comuna. Los miles de visitantes subidos en ómnibus y arrojados para mirar con rapidez la plaza, la basílica y comprar algún souvenir. Pero las mañanas siguen siendo tranquilas como antes. Las viejas casas con jardines detrás de las rejas, la poca gente... Tal vez entonces sea todavía posible imaginar el ritmo de vida pueblerino que sedujo a tantos artistas. Aunque el vaivén del mercado inmobiliario haya transformado esa atmósfera.
El legendario Moulin de la Galette está entre rejas y el molino Radet es un restaurante para turistas.
En lo alto de la colina, donde siglos después se construyó la iglesia de San Pedro, hubo en la antigüedad galorromana un santuario dedicado a Mercurio, divinidad de los viajeros, mítico mensajero de los dioses.
La historia de Montmartre se hunde en la memoria. Aquí ocurrieron acontecimientos fascinantes, o se dijo que ocurrieron; eso tal vez ya importe poco porque esas imágenes, de alguna manera, le pertenecen para siempre.

La ejecución de San Dionisio

Según una historia narrada desde el siglo VIII, San Dionisio (Denis), primer obispo de París, el archidiácono Eleuterio y el arcipreste Rústico, después de ser torturados en la Cité, fueron decapitados aquí, en el monte de los Mártires, en el 273.
San Dionisio y sus compañeros habían sido enviados por el papa Clemente en una misión evangelizadora de Galia.
Habían sido detenidos en Lutetia y condenado a muerte porque se resistían a renegar del Dios cuya palabra predicaban. Los soldados los llevaban a la cima del monte para que la condena fuera cumplida, pero, cansados de subir la cuesta, los ejecutaron a mitad de camino. El relato afirma que uno de los verdugos recogió la cabeza de Dionisio y se la entregó en las propias manos del santo, que la tomó y la lavó en una fuente. Después, caminó hacia el Norte, hasta la actual comuna de Saint Denis, y nunca volvió. Durante siglos, muchos dijeron haber visto su sombra, algún mosaico del Sacré-Coeur refleja su imagen: como si flotara, el santo bajando las cuestas del monte con la cabeza chorreando sangre apretada entre sus manos.
Junto al parque del chateau des Brouillards (castillo de las Nieblas) donde hoy se reúnen en las tardes soleadas los jugadores de bochas, se eleva la estatua de San Dionisio. Según recuerda la tradición, es aquí donde el santo lavó su cabeza ya separada del cuerpo. Dicen que San Dionisio murió después de haber caminado seis kilómetros, y que una viuda encontró su cuerpo y lo enterró.
Durante años, el trigo floreció sobre su tumba. Hasta que en el 475, Santa Genoveva elevó allí la basílica que lleva el nombre del mártir. La basílica fue un lugar de milagros. Ciegos y paralíticos llegaban desde lejos para ser curados, y los poseídos esperaban allí para ser exorcizados. En la Edad Media y hasta el Renacimiento, los cuerpos de los reyes fueron sepultados en ese lugar.
Durante siglos, los monjes llegaban desde Saint Denis para ascender cada siete años por el camino que hoy es la calle del Mont-Cenis, los días tibios de principios de mayo, a pie o montados en burros, para recordar el martirio del santo.

El castillo de las Nieblas

El chateau des Brouillards era una de las dos folies (casa lujosa de reposo) de Montmartre, el resto eran casitas, jardines, viñedos, molinos y campo.
Antes de que el chateau des Brouillards fuera construido, había allí un establo donde la gente de la ciudad llegaba para beber la leche fresca. Después hubo bailes campestres con orquestas y verdes sombras espesas de bosquecitos y glorietas, hasta que, en 1772, un abogado del Parlamento de París elevó esta construcción, que contrasta con las casas bajas de Montmartre.
La vasta propiedad se extendía entonces hasta la granja de Debray. Según la leyenda, habría sido el marqués Lefranc de Pompignan el que seducido por los altos jardines ordenó su construcción, y es probable que todos prefieran creer que fue él y no aquel borroso abogado del Parlamento el que lo habitó por primera vez.
El castillo, blanco y con techos negros de pizarra, era envuelto en ese entonces por una niebla espesa. Una fuente de agua tibia pasaba muy cerca y con el aire frío se producía una nube que rodeaba la folie . A mediados del siglo pasado, Gérard de Nerval habitó el chateau des Brouillards. (También pasó algunas temporadas en la folie Sandrin -el otro caserón del Montmartre de esos días-, mientras funcionó allí un psiquiátrico.) Lo habitaron el escultor Wasley y el pintor Pirola. A fines del siglo pasado, Renoir vivió en una de las casas situadas frente al castillo.
La folie , con bordes de balaustradas y de verjas, perdió con los años su inmenso jardín y la amplia nube sobre la que parecía flotar desapareció para siempre. Pero todavía muchos se detienen sobre el caminito del costado, aun en las noches heladas de invierno, tal vez para soñar que los personajes de Dorgelés salen por fin del misterioso castillo de las Nieblas.

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por Redacción OHLALÁ!
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