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 • HISTORICO

La vida vibra a fondo en Los Roques

En el archipiélago venezolano está uno de los más importantes parques nacionales del mundo; allí, los corales son reyes y dominan a un pueblo de novecientas almas con pasiones desmedidas y buenas intenciones a flor de piel




LOS ROQUES, Venezuela.- "Mujeres como tú me gustan todas." Carlos Millán suelta la frase casi con descuido. La deja caer desde lo más alto de sus labios tan anchos, y hay alguien en la tierra recibiendo el piropo. El hombre fabrica conquistas como si fueran botellas. Y le basta con abrir su boca de plátano oscuro para partir el corazón de las damas del pueblo.
Hace tiempo que Carlos no viene a la isla Gran Roque (la más grande del archipiélago venezolano Los Roques). Desde que partió a comandar el yate de su jefe -el dueño de la cadena Caracol- su figura alta y morena devino en una sombra de leyenda: Carlos, el Hijo del Progreso. El que consiguió la green card y es casi un glorioso ciudadano norteamericano; el del teléfono celular latiendo su ojo rojo en la cintura; el que adoptó los rasgos del glamour y se arropó con algunos oros. El de la implacable mirada de almendra.
Y hoy, el mejor alumno vino de visita. Los diez días de vacaciones acaso le sobren para recorrer la mansedumbre de un pueblo chico -apenas novecientas personas- y llevarse algunas pasiones de recuerdo. Ay sí, hay varias mujeres esperando darle el gusto. Como si fueran los rayos de una rueda, todas apuntan hacia él con un giro de pestañas.
Porque es viernes a la noche y no hay tiempo que perder. Esta vez, el motivo de fiesta es un cumpleaños: María José decidió festejarlo en la calle. Sobre el hilo de tierra y arena, dos altavoces inmensos bombean merengue, salsa, tecno-merengue y tecno-pop, y decenas de cuerpos se menean descalzos como en los mejores boliches.
Hasta que llega el temblor. Se anuncia lento como los huracanes, como los susurros de tormenta mala: primero se oyen tambores lejanos, luego la intensidad del golpe se endurece, y finalmente, el aire se llena con el sacudón frenético de bombos y parches dispuestos a arrasarlo todo. Para bailar tambor hay que ser venezolano: no existe forma de aprender lo que se carga en los genes; no hay manera de entender un frenesí alocado que zamarrea brazos, piernas, hombros, caderas, manos, huesos y sangre al mismo tiempo. Que electrifica la punta de los nervios con una gracia impecable, con un movimiento bello de tan imperfecto.

Aguas en conserva

Así, como el tambor, es el pueblo Gran Roque: artesanal y rústico; un puñado de casas enhebradas por hilos de calle angosta. Como está prohibido remodelar las construcciones, el único cambio nace de la pintura. Los colores del pueblo son los de un arco iris, y es posible encontrar puertas fucsias, violetas y verdes; e incluso tanques de agua color turquesa.
El mismo instinto de conservación se traslada al mundo submarino. El archipiélago Los Roques -conformado por unos trescientos islotes e islas- es conocido por tener bajo el agua un parque nacional con casi todas las especies de coral del Caribe, y más de trescientos tipos de peces.
El Estado venezolano sabe de su tesoro y lo cuida con celo insobornable. Tanto es así que los espacios destinados al buceo sólo pueden ser abordados cada cuatro días, y las excursiones no pueden superar la docena de personas que, a su vez, están controladas por coordinadores. Ellos, los que dirigen, son una suerte de embriones de Hulk con cara amable y violencia latente. Si un turista osara rozar un coral con su pata de rana -nunca falta un inconsciente que se para a descansar encima de uno-, podría arrancar las frases más oscuras de los labios de ese guía que solía ser simpático.
"¡Aléjate del coral, ya!", puede ser la sugerencia más blanda. Y es que, en rigor de verdad, el acceso de furia está justificado: los corales son vidas débiles, tan frágiles como papel de arroz. Basta con acariciar la superficie de uno para matarlo, y para que vuelva a crecer son necesarios cientos de años.
Pero como las rosas con sus espinas, los corales guardan su defensa bajo la axila plana de una superficie traicionera. Si algún turista osara estirar su manecita para tocar la piel dura de la bella, se encontraría con los dientes afilados de una bestia. Los corales, indefensos como se ven, son navajas de filo oculto y malevo, y provocan heridas que pueden tardar mucho en cerrar. En estos casos, la distancia es sinónimo de salud, y conviene practicar el snorkeling sin pretensiones de invadir terrenos que no son los propios.

Bajo la superficie

Claro que ésta no es la única alternativa de esparcimiento. También hay pesca deportiva -el Estado prohibió la industrial y la de redes- y buceo. Incluso el que no conozca las pautas básicas puede tomar cursos introductorios.
Uno de los mejores lugares, para el aprendizaje y para la práctica, es la isla Francisqui del Medio. Allí, una barrera de coral natural impide las olas y el agua es un jarabe inalterable.
Bajo la superficie, la vida se balancea a paso lento. El paisaje submarino contonea sus curvas y parece desperezarse eternamente. Las algas blanden sus cuerpos de hilos verdes y los peces avanzan a paso de siesta, escarbando los rincones en busca de una migaja de alimento.
Muchos se trasladan en cardúmenes con la gracia de los grupos bailanteros: se mueven todos para el mismo lado, rotan la cabecita de lenteja al mismo tiempo, mueven la colita con exactitud cronométrica.
"Entren a ver nuestra pecera con corales, vengan, vengan. Ay, no saben que bonita es, mírenla que guapa." María Eugenia muestra su tesoro con el pecho perlado de orgullo.
Los ojos le brillan saturados de gozo, y tiene el pelo corto y las redondeces de una matrona feliz. Lo cierto es que en la pecera hay dos o tres corales muertos, y algunos peces resignados rebotando contra el vidrio. Pero poco importa: María abre su casa en dos, fresca como un durazno, y ventila sus rincones sin pensarlo demasiado.

Infierno grande

En Los Roques es posible entrar en cualquier posada y pedir un vaso de agua o un baño o un rato de charla.
Y a nadie le llamará la atención: los vecinos son un regazo gordo de buenas intenciones.
Todo este pueblo abierto suele desplegar su cuerpo en la plaza principal. Allí, el tiempo gotea tranquilo y provinciano, y las calles son un manojo de pies descalzos y perros. No hay raza pura en el pago, y todos se dedican a morder los talones con sus besos afilados, con el pelo estopado en sal y sus ojos de tiernos bastardillos.
"Sí, sí, muy bonito, pero tú sabes. Pueblo chico, infierno grande; sí, sí, bonito, pero no tan bonito." María se le queja de la vida y la resume en un par de reproches. La frase le chorrea de la lengua desganada, y rompe en el piso como un quejido. Que no hay intimidad, dice María bajo un derrumbe de estrellas. Que en una aldea diminuta, es difícil mantenerse oculto, embarazarse sin que se enteren los pelícanos o enamorarse a escondidas. "En algún momento quiero irme, sabes. Como Carlos. ¿Lo conoces a Carlos? Ese de camisa blanca, el del teléfono celular. ¿Lo conoces?" La mirada se le empaña de deseo.
Josefina Licitra

Recomendaciones

Cómo llegar

  • El archipiélago Los Roques está en el mar Caribe, a 176 kilómetros al norte de Caracas. Para llegar, lo usual es contratar un paquete desde Porlamar, que es el eje económico de la isla Margarita (que a su vez funciona como la puerta de entrada del turismo venezolano). Cualquier agencia de viajes ofrece paquetes como éste: desayuno, almuerzo, cena y desayuno, y catamarán hasta una isla, más boleto de avión desde Porlamar: $365. El boleto de avión desde Caracas está entre $35 y 75. La diferencia tiene que ver con el horario: los vuelos de la tarde son más baratos. El vuelo desde Porlamar cuesta entre $65 y 90. La empresa Aeroty es la única que ofrece los boletos fuera de un paquete. A estos precios hay que sumar 12 pesos de entreda al Parque Naiconal Los Roques.

Qué comer

  • Son comunes los almuerzos y cenas tipo buffet, basados en opciones de pescado, carne o pollo con acompañamientos. La comida típica es el pescado: los pejerreyes, las langostas, los carites y las barracudas se sirven en todas partes. La comida suele estar incluida en los paquetes, pero quien desee salirse de ellos podrá cenar a partir de los $10. En La Pecera, frente a la plaza principal, se sirven unos pescados deliciosos. El promedio por persona es de $ 20.

Datos de interés

Excursiones

  • Una vez en Margarita, una de las principales empresas que organiza excursiones es Hover Tours: (5895) 63-0949/61-9884/(016) 95-3086. Fax: (5895)61-2502/64-4468 .
  • Los taxis también ofrecen recorridos. Un paseo de 9 horas, más almuerzo, bebidas, paseos en bote e ingreso a museos, cuesta US$ 100 (para cinco pasajeros). Los taxis se contactan en las salidas de los hoteles y son confiables.
  • Los cruceros a la isla Coche, todo incluido, parten de US$ 55 e incluyen desayuno y almuerzo, animación, música y actividades acuáticas y playeras. La empresa Moondancer tiene este servicio. Informes por el (5895)62-6923/9777

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