
Créditos: Ohlalá
Mi reino por un caballo, proponía Ricardo III en momentos de crisis. Yo no sabía qué canje ofrecer por un cibercafé durante mi viaje por Europa cuando estaba al borde de un ataque de nervios.
Porque si bien es cierto que la inmensa mayoría de los hoteles tiene computadoras, son pocos los dispuestos a prestarlas al pasajero. Tampoco disponen, pago mediante, servicios de Internet. En los frecuentados por gente de negocios están los business centers, pero el costo puede llegar a 20 euros la hora, con un mínimo de casi un euro por minuto si sólo queremos abrir el e-mail. Y no se le ocurra pedir una impresión; le saldría más barato un incunable.
Me explicaban que en el teléfono del cuarto tenía una entrada para conectar mi laptop. El inconveniente es que dejé de llevarla conmigo por varias razones. Primero, por el fastidio de llevar tres kilos al hombro (las muy livianas son más caras). Segundo, por los controles en los aeropuertos, donde se pierde mucho tiempo en la revisión de seguridad. Tercero, porque son más fáciles de robar que un stereo de auto. Y por último, pero no menos importante, por comodidad ya que con un cibercafé uno tiene un escritorio al paso. Si lo encuentra...
En Estados Unidos, por ejemplo, hay menos facilidades que hace cinco años. Es razonable. Las familias tienen varias computadoras en la casa y no necesitan ninguna en la calle. Y al bajar la oferta, los escasos cibercafés en Miami, Los Angeles o Nueva York no bajan de 4 o 5 dólares la hora.
Una sugerencia práctica es presentarse, con el pasaporte, en una biblioteca pública y pedir ayuda. Generalmente se obtiene un permiso de una hora gratis, como en las dependencias de la Quinta Avenida y la calle 42, y hay que esperar un turno.
¡Siga a ese mochilero!
Al recordar esta experiencia, le encontré la vuelta en París. No en Champs Elysées, sino en el Barrio Latino, siguiendo a los mochileros. Para ellos, como buenos viajeros, no hay mejor compañero de ruta que el e-mail. Y preguntándoles llegué a ubicar un par de lugares donde podía escribir mis columnas para LA NACION a un precio razonable: cinco euros la hora y un poco menos si sacaba un abono para varios días.
Estaba abierto de 10 de la mañana a 10 de la noche y, como suele ocurrir en Europa, había una empleada que hablaba español porque era argentina. No servían café, pero al lado, frente al Sena, había un bar encantador. En el norte de España volví con mi problema a fojas cero. Al llegar a San Sebastián, el conserje de un hotel de cuatro estrellas al lado de la playa me contestó que no tenía Internet ni la más pálida idea de dónde había uno.
Sólo en la parte antigua, que siempre es la más divertida (equivalente a San Telmo), descubrí algo parecido a los locutorios nuestros, salvo que costaba 4 euros la hora y no un peso con cincuenta como aquí.
En Oviedo, otra ciudad deliciosa, había varias máquinas en el subsuelo de una sidrería y en Coruña había uno muy barato, pero no apto para no fumadores: la nube de humo era inaguantable. Chateaban a lo loco y prendían un cigarrillo con el que se terminaba. Y estaba a metros del mar en un tugurio propio de película de misterio habitado por murciélagos. Estaba contento porque lo que al principio me había resultado tan difícil se había hecho fácil.
Había que preguntarles a los jóvenes. Así ubiqué al mejor de mi viaje. Cerca de Puerta de Sol en Madrid, a la vuelta de un bar simpatiquísimo (Faborit, en el 21 de la calle de Alcalá), un multiservicio tenía PC para diseño, transcripción de CD o DVD y pantallas planas. Pagué dos euros la hora, con aire acondicionado en un día de 35°C, y estaba prohibido fumar. ¡Eureka!, dijo mi segundo yo de Bill Gates.
horaciodedios@fibertel.com.ar
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