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 • HISTORICO

Muy rápido entre los rápidos




Por más que se haya hecho decenas de veces, participar en una salida de rafting siempre es atrapante. Es que cuando uno le encuentra el gusto, es difícil decir que no al convite: invariablemente, siempre hay algo nuevo, distinto, que produce que la adrenalina fluya y que el paseo se disfrute como si fuera la primera vez. El nuevo reto llegó estando en Potrerillos, muy cerca de la capital mendocina, y proponía surcar las aguas del río que da nombre a la provincia, un lugar muy respetado por los amantes de este deporte, ya que el año último fue sede del campeonato mundial de la especialidad. La aclaración sirve para dar una idea de las características técnicas que propone el lugar.
Claro que lo que uno nunca imagina cuando se sube a uno de los gomones es que terminará debajo de cinco metros de agua y luchando contra la fuerte corriente y las olas para alcanzar la orilla. Sucedió que luego de un comienzo muy tranquilo el bote empezó a ganar velocidad y la navegación se fue tornando rápida y movida. De hecho, los primeros rápidos no ofrecieron mayores dificultades. Bien encarados, sufrimos fuertes sacudones e interminables salpicaduras, y el grupo estaba en plena efervescencia emocional. Pero como si hubiera sido pensado a propósito, a medida que descendíamos más por el río, más complejidad cobraban los rápidos.
Llegando al conocido como 31 , José, el guía de Argentina Rafting, aclara: "Viene uno de los más difíciles. Prepárense". Mientras comienza a gritar las órdenes, el gomón va cobrando velocidad y se endereza para encarar el salto. De repente algo falla: la embarcación tuerce su proa y entra ligeramente cruzada al rápido. Luego, en una veloz secuencia, se levanta, se pone de costado, hunde la parte delantera, golpea contra una ola y enseguida todos los que estábamos del lado derecho somos violentamente despedidos fuera de la nave, como si hubiéramos sido impulsados por un enorme resorte colocado sobre los asientos. Somos tres de los ocho ocupantes los que, de repente, nos encontramos sumergidos bajo unos cuatro metros de agua. Y es un instante apenas, pero entre la sorpresa, la confusión, el impacto y, por qué no, el susto, esos dos, tres, cuatro, cinco segundos parecen una eternidad. De eso también se encarga el río, que cada vez que uno está por alcanzar la superficie se encarga, remolino u ola mediante, de devolvernos para abajo y demorar la flotación.
Una vez superado el impacto y ya a flote, lo primero que uno intenta localizar es el bote. Está ahí, a escasos metros. Pero el revoltijo y la turbulencia son tan grandes que alcanzar alguno de los remos que los demás ocupantes nos ofrecen o asirse del cabo que rodea la embarcación se tornan una misión casi imposible.
Después de varios intentos frustrados y para evitar perder más fuerzas luchando contra la corriente, decidimos dirigirnos hacia la orilla. El trayecto parece corto, y de hecho lo es, pero la corriente es tan fuerte y obliga a hacer tanta fuerza que lleva un buen tiempo poder alcanzarla.
Pero no todo termina ahí, porque el bote siguió río abajo y hay que hacer un buen trecho por tierra para alcanzarlo, para lo cual hay que subir una especie de acantilado de piedra cubierta de musgo que torna cada paso peligroso. A esas alturas, uno no sabe si es más peligrosa la orilla o el río.
Cuando finalmente logramos alcanzar el bote, el guía, con una sonrisa, pregunta si estamos bien. Después de decirle que sí, que apenas estábamos empapados y con algunos golpes leves (seguramente contra alguna piedra o contra alguno de los compañeros que también cayeron al agua), pregunta: "¿Quieren seguir o prefieren ir a pie?" La respuesta no se hace esperar: nos subimos a bordo, agarramos los remos y empezamos a remar. Todavía quedaba un buen trecho hasta llegar a la base y bastante adrenalina por fluir.
Publicado por Diego Cúneo / 4 de abril de 2010 / 05.30 AM

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