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 • HISTORICO

Néstor Marconi en Suiza

María Sonia Cristoff




Desde 1968 cuando empezó a trabajar con Juan Carlos Copes, Néstor Marconi viaja sin tregua y lo hace como una de esas personas decididamente entregadas a una sola pasión: todo lo que está más allá de su bandoneón es como un contorno borroso. "Viajo tanto y por tantas ciudades distintas que muchas veces tengo un recuerdo muy claro de algo, pero me faltan el dónde y el cuándo. No sé donde ubicarlo ni en la gira de qué año. Me traslado de teatro en teatro, de hotel en hotel, y las ciudades muchas veces son como una escenografía de fondo a la que nunca accedo".
Suiza fue uno de los pocos lugares que logró interponerse entre él y su bandoneón, durante una gira con la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, en 1996. "Fue algo inolvidable. Después de un primer concierto en Viena, estuvimos casi dos meses tocando en ciudades suizas con la dirección de García Navarro, un director de orquesta español admirable que estaba trabajando tan cerca de un bandoneón por primera vez en su vida; fue una experiencia muy enriquecedora para todos".

Por los caminos de Leman

La gira tomó el rumbo Sur, en dirección al lago Leman, paisaje que supo atraer a Rousseau, Byron y, después, a T. S. Eliot y Georges Simenon. Primero fue Lausana, una ciudad en la que el ballet y la música han tenido desde siempre vida propia y activa. "Ahí tocamos en un centro llamado Palais de Beaulieu, un lugar inmenso, con muchas salas de conferencias, cine y un teatro con capacidad para casi dos mil personas.
"Y en ese lugar me pasó algo muy particular: después del concierto tuve oportunidad de conversar con gente del público que me conocía y me dijeron que cualquiera de ellos puede darse cuenta de que soy yo el que sube al escenario por la forma en que cargo el bandoneón sobre uno de mis hombros, una forma de subir en la que se ve mucho antes el instrumento que mi cara. Me causó bastante estupor la observación, porque siempre es raro que alguien descubra en uno esos gestos íntimos y propios, pero mucho más raro es cuando eso ocurre en un teatro suizo."
Finalmente fue a Ginebra, donde insisten en llamar lago de Ginebra al lago Leman. "Nuestro escenario ginebrino fue el Victoria Hall, un edificio de fines del siglo pasado que tiene una de las salas de concierto más impresionantes de toda Suiza, con un órgano remarcable. Cuando podía, me escapaba a almorzar a alguno de los restaurantes de la Place du Cirque, que queda ahí cerca, un lugar de lo más pintoresco.
"Las cenas eran todo otro tema: ahí sí que no lográbamos llegar a tiempo. Sólo cuando nosotros podíamos pensar en ir a comer, los restaurantes hacía una hora que estaban cerrados. Un destiempo que en el fondo agradezco, porque nos daba excusa para otros planes mucho más atractivos: nos reuníamos en la suite que yo ocupaba como solista y hacíamos un picnic con lo que habíamos logrado rescatar en los supermercados, a lo que sumábamos una infaltable dosis de vino francés, o italiano. Beneficios de las diferencias culturales."

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