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 • HISTORICO

Nuestros tesoros




Juan,
Al leer tu último post y tu descripción sobre la relación que tenemos con nuestros teléfonos, muchos recuerdos me invadieron.
Me acuerdo tener unos cinco años y verla a mi mamá con el viejo teléfono de Entel en la cocina, tratando de comunicarse con mis abuelos a Finlandia. Tenía que marcar cero para hablar con la operadora y realizar una llamada carísima y que se escuchaba pésimo. Todavía oigo la voz de mi madre, que escondía cierta tristeza y se esforzaba por transmitir en un par de minutos, y en forma completa, los relatos de su vida -nuestra vida- a la distancia.
Es un lindo momento para escuchar este tema mientras lees:
También me vi a mis quince años, sentada en mi escritorio por horas, escribiendo en puño y letra cartas de más de diez páginas a mis amigas que conocí cuando hice mi intercambio estudiantil. Hoy, ya casi me olvidé como es mi caligrafía.
Qué difícil era que el tiempo no diluyera esas relaciones. Qué complicado era encontrar en esas cartas las palabras para revivir una cotidianeidad del pasado.
Mi hermano me dijo alguna vez que cuánto más estás con alguien y mayor es el tiempo que compartís, más te extrañas. "Si te ves poco, vas perdiendo la necesidad del otro. Por eso con una pareja hay que compartir lo más posible para fortalecer el lazo", me decía.
Pero hay personas que no pueden estar, o que ya no están, y que uno no quiere dejar de extrañar ni olvidar, y es a través de los recuerdos, las fotos y los objetos, que podemos construir una forma distinta de comunicarnos con ellos, día a día.
Sabés, hace poco José me regaló una cajita de madera hermosa. Me contó que su papá, que ya no está, tenía muchas cajitas. "Vaya uno a saber por qué le gustaba tanto juntarlas.", dijo. "¿Qué vas a guardar ahí?", me preguntó. Sin pensarlo un segundo le contesté: "tesoros".
Al llegar a casa, desenvolví la caja de madera y la miré largo rato. Había un solo pensamiento que rondaba mi cabeza: ¿Qué son tesoros?
Seguro que no era mi dólar de la suerte, tampoco cadenitas de oro que no tengo, ni anillos que podría comprarme para no usar, o recuerdos de primeras citas adolescentes que nunca guardé. No.
Recorrí mi pequeño living con la cajita en mi mano y de pronto mi mirada se posó sobre las viejas fotos familiares que había estado rescatando digitalmente, antes de que se terminen de arruinar. Imágenes muy viejas de personas que nunca conocí –como primos de mamá o mi tatarabuela- y otras que apenas vi unas pocas veces en mi vida, como mis abuelos maternos o mi tía.
¿Cómo es posible extrañar a personas que uno apenas conoció? En la mirada de mi abuela – que se parece mucho a mi hermana sin fronteras, Sofi -, veo todos sus sueños, toda su dulzura. Veo sus manos y recuerdo cuando me enseñó a batir el merengue más perfecto. Yo tendría unos cuatro años y estaba maravillada. Ella había hecho magia. También imagino sus primeras salidas con mi abuelo, con sus dedos entrelazados en los de él, hablando sobre proyectos futuros. Nosotros, sin saberlo, ya formábamos parte de esas palabras.
En la expresión de mi abuelo veo a mi mamá, una mujer simple y sabia. No la considero sabia por las pilas de libros leídos, las tierras recorridas desde su primera infancia o las experiencias extraordinarias de vida que tuvo. No. Es sabia porque cuando era chica me abrazaba ante la primera lágrima o aflicción. Primero viene la contención y el amor, después las palabras. ¿Sería así mi abuelo?
Los imagino a todos en el ritual del sauna finlandés, o tratando de abrir la puerta los días de nevadas fuertes, también juntando frutos en el camino al colegio. Mami me leía libros sobre un conejo en finlandés – Pupu Tupuna- y Pupu juntaba frutillas por el camino. Así que en mi imaginación, todos los finlandeses lo hacen.
Qué bueno que mi familia inmortalizó a través de las fotos algunos momentos vividos. Es cierto que las experiencias hay que disfrutarlas ante todo, que no es necesario ni filmar ni retratar cada instante. Mucho más rico es estar en cuerpo y alma en el lugar, y sentir. Sin embargo, tener una que otra foto es maravilloso. Esas imágenes no sólo representan recuerdos para el protagonista, sino que pasan a ser una forma de diálogo con los descendientes; una manera de reconstruir y no olvidar.
Por eso hoy en mi cajita están las fotos. Esos son mis tesoros.
Cada vez que la abro, comienza mi diálogo con estos seres increíbles; a través de las imágenes recreo historias que seguro nunca sucedieron. Veo aventuras, veo días felices, me reconozco en lugares que nunca conocí.
No importa si al hacerlo deformo las historias o me invento fantasías alocadas.
A través de mi conversación les doy vida; la que tuvieron y varias existencias más.
En definitiva, tenemos varias vidas, ¿no? Todo depende de quién la cuente.
¡Beso!
Cari

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