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 • HISTORICO

Pompeya, inalterable

La milenaria ciudad muestra al viajero múltiples huellas del paraíso de riquezas que la adornaba




Jean-Pierre Adam, el especialista en arquitectura antigua, cita en uno de sus estudios, una frase del príncipe Maximiliano de Austria, resumen admirable de la impresión que deja la visita a Pompeya, la ciudad de época romana sepultada por la lava del Vesubio, laboriosamente rescatada de las cenizas por la tarea de los arqueólogos e historiadores: "Las ruinas de Pompeya son a la vez encantadoras y atroces, los frescos que decoran las paredes se parecen a cadáveres maquillados".
Casi todos los viajeros que llegan a Nápoles visitan Pompeya. Uno de los aspectos que más asombra de la ciudad es el estado de conservación de algunas de las casas. Por momentos, se tiene la ilusión, como la tuvo Madame de Sta‘l, la escritora del siglo XVIII, de que los dueños van a salir a recibirnos.
La riqueza de la milenaria ciudad permitió que los patricios llevaran una vida placentera, bañados en el sol maravilloso del sur de Italia. Aun en las viviendas más modestas, el turista advierte el fasto en que vivían sus habitantes.
Por ejemplo, en la casa de Pinarius Cerialis, una de las más pequeñas de Pompeya, hay espléndidos frescos que ilustran los episodios de Ifigenia en Táurida. La estructura de las casas es más o menos la misma. Atravesado el umbral, se recorrían las fauces, un pequeño corredor con dos piezas laterales, que conducía al atrium, especie de patio, alrededor del cual se distribuían los espacios domésticos y se desarrollaban las actividades diarias.
En el atrium se destacaba un piletón, o estanque; el impluvium, que recibía el agua de la lluvia, caída desde el compluvium, una abertura en el techo. El impluvium tenía un carácter decorativo, pero no sólo era una fuente agradable a la vista y que proporcionaba frescor en las cálidas jornadas del verano meridional, también cumplía una finalidad práctica, debajo de él había una cisterna que permitía almacenar líquido para los períodos de sequía.
En épocas más antiguas, el agua provenía de pozos públicos. Pero con el emperador Augusto, Pompeya ya tenía un acueducto que permitió a los grandes propietarios mejorar las instalaciones de sus casas.

El culto a los antepasados

Cerca del impluvium y en el eje de la entrada, se encontraba un elemento de culto, una mesita de mármol, el cartibulum, muy decorada. En realidad, aunque casi se habían olvidado sus orígenes, el cartibulum descendía de la mensa de la primitiva casa romana, en la que se hacían colaciones ceremoniales.
Otra de las huellas del culto a los dioses y a los antepasados era el lugar reservado a los lares, un altar doméstico dispuesto en un nicho de una pared, en el que se conservaba la efigie, pintada o esculpida, del genio familiar, acompañado por las divinidades lares, protectoras del hogar.
En las mansiones de los grandes señores pompeyanos, el atrium adquiría más importancia: una serie de columnas rodeaba el estanque y sostenía el techo. El conjunto podía tener dimensiones casi monumentales, como en las casas denominadas Obellius Firmus y Bodas de Plata.
Alrededor del atrium se repartían las habitaciones con puertas, es decir, los dormitorios o cubícula, y las abiertas, las alae (alas), y el tablinum. Este era algo así como el escritorio o la sala de recepción del dueño de casa, que, a veces, se cerraba con una cortina y hasta con un tabique. No se sabe muy bien a qué se destinaban las alae, pero se supone que eran los últimos vestigios del lecho matrimonial de tiempos remotos.
Además había dos salones importantes, el oecus, en el que se servían las grandes comidas, y el triclinium, el comedor habitual en el que los comensales consumían los manjares echados sobre lechos. En la culina, se preparaban los platos: era un espacio relativamente pequeño. Cerca de la cocina, estaba la letrina.
La proximidad de las dos dependencias se debía a que ambas necesitaban agua y, por lo tanto, los planos de la casa habían sido diseñados para que esa vecindad ahorrara espacio y facilitara los movimientos de los habitantes.
En las residencias más pequeñas, la letrina no era sino una silla perforada debajo de la cual circulaba una corriente de agua. En cuanto a los baños destinados a la higiene de los propietarios, eran un lujo que no poseían todos los hogares. Cuando los había, tenían un vestuario, un frigidarium (baño frío), un tepidarium (baño tibio), y un caldarium (baño caliente). A veces, en las propiedades más lujosas, hasta existía un natatorio al aire libre, como en la llamada casa de las Bodas de Plata.

Un sitio encantador

Uno de los lugares más encantadores de las viviendas pompeyanas era el peristilo, que se abría a los jardines en los que el buen clima napolitano hacía crecer una vegetación rica y colorida. En las paredes que rodeaban esa naturaleza sabiamente domesticada, los pompeyanos representaban en frescos animales, héroes mitológicos, y también la misma flora que cultivaban entre esos muros privados.
Marte aparece, por ejemplo, en una pintura de la Casa de Venus, como un joven efebo, en el marco de un jardín en el que los pájaros atraviesan el aire imaginario o se posan sobre flores. En los frescos y en la realidad petrificada de sus calles, Pompeya se presenta como un paraíso del pasado, trágica e imprevistamente castigado por la naturaleza y, ahora, recorrida por viajeros curiosos y maravillados.
Hugo Beccacece

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