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 • HISTORICO

Santiago, una metrópoli sin límites

En un agitado ambiente urbano, la capital trasandina ofrece a los huéspedes numerosas iglesias, museos y monumentos, pródigos en enriquecedoras historias dignas de admiración




SANTIAGO, Chile.- Los atardeceres contemplando la cordillera desde los parques de Ñuñoa, los bares escondidos de Providencia, la panorámica de la ciudad desde la cima del San Cristóbal y el sonido del río Mapocho bajo la copa de algún árbol.
Santiago, la hermosa Santiago, quemada tres veces en la lucha contra los mapuches, castigada durante años por gobiernos de facto y severamente averiada en varias oportunidades a causa de movimientos telúricos, se muestra en estos días como una ciudad íntegra, nutrida de movimiento, ofreciendo en su vidriera los pomposos restaurantes y escondiendo entre sus aires bohemios algunas picadas (recovecos) que invitan a hurgar en sus secretos.
Desde su fundación, en 1541 y a cargo de Pedro de Valdivia, el centro cívico y comercial más importante de la zona se estableció en torno de la actual plaza de Armas. Hoy, a 456 años de su bautismo, el histórico parque se muestra rebasado de árboles que rodean la estatua de su fundador, representando el núcleo más denso de la capital trasandina.
Situada en el telúrico corazón de la región metropolitana, la ciudad se extiende a través de un inmenso tejido urbano continuo, dividido en 31 comunas autónomas que se acomodan rodeando a la principal, conocida con el nombre de Santiago Centro, donde residen la sede del gobierno y los principales organismos administrativos, económicos y culturales de la nación.

Santiago Centro

Metrópoli por excelencia; contagiada de ritmo acelerado, saturada de bocinazos en las esquinas, repleta de gente y de miradas fugaces. Un ambiente típicamente moderno, en donde los inalcanzables edificios espejados intentan competir en altura con los cerros que irrumpen casi irreverentes en pleno centro de la ciudad.
Perfecto cuadro urbano que enmarca la Avda. Vicuña Mackena cargada con el taco (tránsito) de siempre, las micros amarillas esperando la luz verde en las rotondas de la Américo Vespucio, las impacientes estaciones del metro y el andar apurado de los hombres de corbata.
En pleno bullicio céntrico, a un costado de la plaza de Armas, una mujer con el rostro oculto detrás de un pañuelo se adentra serena en la antigua catedral. Se arrodilla sobre los largos bancos de madera y, entre las anchas paredes que se yerguen con frescos del siglo XVIII, murmura algunas oraciones frente a la imagen de la Virgen. Allí mismo, en el Museo de la Catedral, los infatigables turistas se detienen a contemplar las pinturas barrocas de la época de la Colonia y los viejos manuscritos del libertador O´Higgins.
A muy pocas cuadras, sobre la Avda. Mac Iver, deslumbra la basílica de la Merced. Cruzada la inmensa puerta de madera labrada, un silencio sepulcral envuelve las tres naves paralelas y bajo la tenue luz que se filtra por los vitraux algunos cuadros de marcado estilo renacentista se roban todas las miradas perplejas. De las obras de arte, sin duda la más emotiva es la imagen de la Virgen de las Mercedes, traída desde España en 1548.
El secreto para una buena recorrida por Santiago es dejarse perder entre la gente y las peatonales repletas de book shops y confiterías. Un cierto sentido común urbano, actúa guiando el itinerario que siempre comienza en teatros, museos o basílicas y termina inexorablemente frente a un típico pastel de choclo o a una paella santiaguina.
A pocas cuadras de la basílica, la agitada ciudad se toma un respiro entre los pinos del Parque Forestal que bordean el caudaloso río Mapocho. Allí mismo, es casi obligatoria una recorrida por el Palacio de Bellas Artes que alberga el museo de pintura más antiguo de América del Sur. Construido a principios de siglo e impregnado de clásico estilo francés, expone bajo su inmensa cúpula de vidrio una colección de pinturas que abarca desde la época colonial hasta principios del siglo XX.
Después de haber recorrido Santiago por abajo, la posibilidad de contemplarlo desde la altura se ofrece irresistible para terminar de comprender su anatomía.
A un costado de la Avda. O´Higgins se levanta, en pleno centro, el histórico cerro Santa Lucía que, vía ascensor panorámico, invita a detenerse en la emotiva terraza Caupolicán, y a gozar de sus miradores y monumentos.
Antes de la llegada de los españoles, los mapuches que habitaban la zona bautizaron al cerro con el nombre de Huelén, que quiere decir maldito o con desgracia.
Así se lo llamó durante años hasta que, paradójicamente, en 1541 los colonizadores fundaron al pie del peñón la ciudad de Santiago Nueva Extremadura.
El otro gran cerro de Santiago es el San Cristóbal, ubicado en el Parque Metropolitano, en la Comuna de Providencia.
Jorge A. Benedetti

Las comunas de alrededor

El Gran Santiago se ilumina con las galerías de arte de la Comuna de Bellavista, con sus pubs de luces tenues y con sus paseos coloniales.
Allí mismo, la calle Antonio López de Bello, típico paseo del barrio, deja ver en sus pintorescas edificaciones los balcones engalanados con cascadas de flores, teatros impregnados de estilo clásico y sofisticados restaurantes de comida internacional.
A los pies del cerro San Cristóbal puede visitarse la casa donde vivió Pablo Neruda junto a su esposa, Matilde Urrutia. El sereno ambiente que se advierte en La Chascona mantiene vivo el espíritu del poeta entre los cuadros de sus amigos Diego Rivera y Siqueiros, y sus adornos que siempre recuerdan al mar.
Pegada a Bellavista, la Comuna de Providencia representa uno de los más antiguos barrios altos de Santiago. Un paseo por la Avda. 11 de Septiembre, con su seguidilla de tiendas y boutiques, muestra la zona como uno de los sectores comerciales más importantes de la ciudad.
Los sábados, el pasaje Las Palmas es literalmente ocupado por jóvenes que ofrecen sus obras de teatro callejero, por sólo unas monedas en el sombrero.
En tanto, Las Condes muestra su exuberancia en los shoppings de la Avda. Kennedy y en sus impecables estradas arboladas repletas de confiterías y pomposos restaurantes.
Hacia el sur de Santiago, la Comuna de Ñuñoa ostenta en una enorme calma sus largos parques llenos de pequeños colegiales en reñidos partidos de fútbol, sus puestos de artesanías de mimbre en las rotondas y sus chalets de clásico estilo europeo.
La plaza de Ñuñoa, uno de los más atractivos lugares de reunión para la juventud, se mantiene siempre viva en el movimiento de la gente. Los estudiantes universitarios repasando sus apuntes bajo alguna palmera, los artesanos que deambulan sin destino y las reuniones improvisadas en los bares de la Avda. Irarrázabal, le otorgan a la zona una suerte de seducción cotidiana, que vale la pena descubrir.
Por las noches, la plaza suele ser el centro de encuentro de los corazones más bohemios de Santiago.

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