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 • HISTORICO

Tour por Río de Janeiro, con la camiseta puesta

El Cristo Redentor, el Pan de Azúcar y las playas están invadidas por los hinchas que combinan visitas a los clásicos con caipirinha, sol y mar con la fiebre futbolera




RÍO DE JANEIRO.- En el aeropuerto de Río, justo después de la Aduana, me recibió una enorme bandera argentina. Tres compatriotas que habían llegado el día anterior esperaban al resto de sus compañeros de Mundial. En total es un grupo de catorce amigos de Pinamar, Villa Gesell y General Madariaga que alquilaron una casa en Cabo Frío, una playa a 150 km de Río, y aseguran que no se van sin la Copa.
No tienen entradas, pero no les importa demasiado. La Copa también se vive con intensidad afuera del Maracaná, donde hoy debutará la Argentina contra Bosnia y Herzegovina, a las 19. El Mundial se siente caminando por las calles, en las playas, los paseos turísticos y en los bares de esta ciudad que está más maravillosa que nunca.
No hay nada que no esté saturado del ambiente mundialista, incluso la comida. El Mundial es fuente de inspiración también para el arte culinario: 99 bares y restaurantes sirven platos temáticos como parte del circuito Rio Show de Bola, aunque, claro, dedicados a la torcida brasileña.
A la hora que sea y en el lugar que sea, los jugadores y la pelota son protagonistas. De repente se para el tránsito. Se escuchan gritos, festejos. Todos los que estamos en el colectivo, principalmente locales que van al trabajo, nos abalanzamos sobre las ventanillas. Es la selección de Holanda que está llegando al hotel Caesar Park de Ipanema, donde se alojan. Cientos de fans los esperan. Están muy bien escoltados por la policía, demasiado presente en todos lados.
Desde el bondinho del cerro Pan de Azúcar, las increíbles vistas panorámicas de la ciudad y la bahía de Guanabara no parecen ser suficiente atractivo. Los turistas con el tele de la cámara de fotos espían el entrenamiento de la selección inglesa en el campo deportivo del Forte de Urca, justo al pie del morro. En los pocos minutos que duran los ascensos a este morro en el teleférico veo pasajeros con camisetas de México, Colombia, Chile, Alemania, Holanda, Croacia..., que no hablan otra cosa más que de fútbol y recién se conocen.
Los argentinos, ausentes con aviso de los paseos costosos: el ticket cuesta 300 pesos. Lo mismo que en el Cristo del Corcovado hay turistas con gorro, bandera y vincha, menos de la Argentina.
Ahora el Cristo luce en perfecto estado. En enero un rayo le rompió uno de los dedos de una mano. Y estuvo varios meses quebrado hasta que pudieron conseguir la piedra jabón para arreglarlo. Llegaron a tiempo. Durante los partidos que juega Brasil se ilumina de verdeamarelo. Pero también lo vi, imponente vestido de celeste y blanco, como símbolo de fraternidad por el día del fair play.

En celeste y blanco

Los hinchas argentinos, buen porcentaje de los 500.000 visitantes que espera la ciudad durante el Mundial, eligen las playas.
Es fácil reconocer a los compatriotas a lo lejos y sin que hablen. Mañana, tarde y noche están uniformados con la camiseta de la Selección que no se la sacan ni para meterse al mar. Los latinoamericanos son mayoría. Junto con los argentinos se destacan mexicanos, colombianos y chilenos que se mueven en grupos, casi como en viaje de egresados. Aunque parece que el resto de los americanos llega con presupuestos más holgados que los argentinos, que incluso hasta se animan a vender lo que sea por Copacabana para juntar unos reales y estirar la estada.
Carlos Alvaredo fue a La Salada y compró camisetas de la Argentina para revender en Río. Por ahora vendió dos y espera con eso quedarse un poco más de tiempo.
Lucas Peralta camina y saluda a sus nuevos amigos cariocas por Copacabana: "Ya nos hicimos muchos amigos; incluso en la favela Vidigal, donde paramos, es muy seguro. Estamos muy bien y nos salió muy barato, 500 reales todo el mes", cuenta. Junto con su hermano Federico y dos amigos vienen desde Mendoza. Para recorrer los 4000 km en auto tardaron 10 días y esperan quedarse todo el mes. "No tenemos entradas, pero igual vamos a ir al Maracaná a ver si podemos entrar", dice confiado.
Johann Grass se vino con tres amigos a instalarse en la casa de su tía Carolina que vive en Niteroi, una ciudad a dos horas de Río, y también trajo algunas camisetas para vender. "Intenté comprar entradas por Internet, pero fue imposible. Mi amigo Mariano tuvo suerte y consiguió para los dos primeros partidos, después de estar horas sentado frente a la compu. Yo voy a venir al Fan Fest de Copacabana", relata este paranaense que compró los pasajes hace un mes y dejó su verdulería para venir a alentar a la selección.
La pasión futbolera también llega a las mujeres, como Sol y sus tres amigas, que llegaron para ver el partido de hoy y disfrutar una semana en Río: "En el verano, en un asado empezamos medio en chiste con la idea, y aquí estamos".
La tarde con clima de fiesta, sol y temperaturas de verano de pronto se convulsiona. Una manifestación avanza cortando el tránsito de la avenida Atlántica, la costanera de Copacabana, protestando en contra del Mundial. Cuando ven camisetas argentinas increíblemente los manifestantes, todos brasileños por supuesto, empiezan a gritar ¡Argentina, Argentina! con tanto entusiasmo como los hinchas propios. Tania sale de la protesta, se acerca y me explica: "No estamos contentos con la Copa. Se gastó mucho dinero. Tendrías que ver cómo están los hospitales públicos, los enfermos están peor que las ratas. El prefecto de Río dijo que si sale campeón la Argentina se pega un tiro, por eso queremos que ganen ustedes". En este caso la marcha se pierde en la tarde, en calma, muy bien custodiada por la policía.
Sigo camino por Nuestra Señora de Copacabana. No puedo irme sin comprar un suvenir mundialista. Feluco, la mascota, está por todos lados. Elijo un toallón playero con el famoso muñeco para disfrutar bajo el cálido sol de invierno de Río.

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