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 • HISTORICO

Tucson gasta los bolsillos

Para los amigos de las compras de segunda mano, esta ciudad ofrece tentadoras curiosidades; hay ropa hippie, sombreros de vaquero, chalecos de mariachi y todo lo que se desee




TUCSON, Estados Unidos (World´s Fare).- Un híbrido perfecto de vaquero, indio y latino, la ciudad de Tucson representa el verdadero sudoeste norteamericano. En el barrio histórico, las paredes de adobe, el cielo azul intenso, los árboles de pimientos y las puertas color lavanda evocan no sólo el legendario Oeste, sino también a México, que está al otro lado de la montaña, a donde se puede llegar después de una larga cabalgata por pasos libres y extensas pampas.
Vine sola a Tucson para recorrer sus tiendas de segunda mano y el centro histórico de la ciudad. Había reservado una habitación en la Arizona Inn.

Con el encanto del ayer

Cuando se construyó esta posada en la década del 30, estaba en medio del desierto. Ahora, aunque conserva el encanto del adobe histórico, fue remozada y mejorada para satisfacer las necesidades de la vida moderna, como conexiones para una notebook. En otoño es la época más económica porque bajan los precios y porque quizá sea la mejor. En diciembre, las habitaciones dobles parten de los 120 dólares, suben a 139 para las fiestas y a 196 en invierno.
Las 88 habitaciones que posee están distribuidas en un laberinto de patios y jardines, y los espacios comunes son encantadores. La biblioteca y el comedor tienen techos altos con vigas a la vista, libros y un guitarrista todas las noches. Estas habitaciones dan a patios cubiertos con jardines que se extienden hasta fundirse con la vista de las montañas. Hay varias canchas de tenis.
Las habitaciones están muy bien ubicadas, con antigüedades y claraboyas. Lo único que se oye es el canto de los pájaros y el siseo del rastrillo de los jardineros que mantienen cada rincón impecable. La zona de la piscina está recluida en un ángulo de la propiedad, rodeada de gruesas paredes de adobe pintadas en rosa e índigo. En el bar de la pileta se habían servido capuchinos dobles.
Una de las camareras en el mostrador del soleado bufet del desayuno -repleto de frambuesas frescas, muffins, huevos con salsa y salchichas- nos dio unos cuantos consejos sobre cómo conocer la ciudad histórica. La gran ventaja de la posada es su ubicación, en pleno centro, junto a la Universidad de Arizona, en una vibrante escena local.
Durante toda mi estada en Tucson, la gente se detenía a conversar, me daba charla y era muy amable. Indudablemente, es una ciudad donde una mujer puede viajar sola con toda comodidad.

Tentaciones permanentes

Cerca de la Universidad, a varias cuadras de los locales comerciales de la Cuarta Avenida, los cafés y los bistrós combinan la susceptibilidad del new age con una auténtico sabor latino, dando origen a algunas de las mejores tiendas de segunda mano que haya conocido. La Creative Spirit Gallery, al 628, era el último grito en indumentaria hippie, tenía un retablo hindú que, a 20 dólares, era una tentación.
La mayoría de las fachadas de los negocios tenían un colorido maravilloso; una peluquería, apropiadamente decorada, se llamaba The Coyote Wore Sideburns (El coyote usa patillas). Desert Vintage, al 636, tenía un chaleco cruzado de piel de camello con ribetes en leopardo, conjuntos, polleras y blusas por 20 dólares, y un saco de la Confederación auténtico colgado junto a un chaleco de mariachi con una hilera de incrustaciones de plata en cada manga.
La tarde del día siguiente salí en busca de un sombrero de vaquero, fui hasta Arizona Hatters. Una mujer joven le estaba comprando a otra un sombrero de vaquero porque decía "siempre me usa el mío". Cuando la vendedora le preguntó si lo prefería de paja o de fieltro, ella le contestó: "Las vaqueras usan el de fieltro todo el año."
De regreso al centro de la ciudad, frente al encantador Museo de Arte de Tucson, en el antiguo Edificio de los Artesanos de la Ciudad Vieja, Beth Friedman vende vestidos de terciopelo de seda y hermosas chaquetas mexicanas bordadas en tonos de terracota y crema. En los alrededores de esta zona, varias cuadras están repletas de enormes casonas, construidas en la época en que las viviendas necesitaban ser especies de pequeños fortines, por protección y por las propiedades refrescantes de las paredes gruesas.

Poca cosa

Desde la Cuarta Avenida avancé unas pocas cuadras hacia el Sur, en el Neon que había alquilado, hasta la calle Congress, donde había desde muebles Stickley hasta una banda de cuerdas tocando en vivo frente al Congress Hotel. Eché un vistazo al Poca Cosa original, un restaurante estrecho, de un solo ambiente, donde se puede ir a la cocina y preguntar qué están preparando. La hija del dueño había abierto un Poca Cosa más grande a la vuelta.
Para el almuerzo, en el más grande de los dos, pedí un plato de Poca Cosa, una combinación de tres ingredientes elegidos cada día por el chef. Era una deliciosa tarta de verduras con salsa de broccoli, carne asada con tiras de pimientos dulces y picantes, y pollo pipian cacahuete, pollo con el ají de la mala palabra, varias especias y nueces.
Al salir de allí, quedé una vez admirada por el color de las paredes de la ciudad. El viento del mediodía sacudía las ramas altas de los pimientos. La sensación de la plaza polvorienta me hacía acordar a la película El tesoro de la Sierra Madre. Estaba convencida de que había plata en las cumbres púrpuras de los alrededores.

Siempre el golf

Un amigo me había dicho que si iba a Tucson y no jugaba al golf en el campo Ventana, era para matarme. Entonces allí me dirigí, al pie de las montañas. Era sublime. Al mediodía, la luz de Tucson puede ser baja, pero las mañanas frescas y las sombras del atardecer son ideales. El campo se extendía a lo largo de un extenso desierto. Las montañas habían adquirido un tono rosa pálido. Por cierto, no quería matarme.
Esa noche fuimos con un amigo del lugar a un restaurante llamado Barrio, en una esquina en la Congress Street. La comida era original y exquisita. Las pastas eran livianas y frescas, el vino excelente y la creme brulée, también, sublime.
Mi último día en Tucson, un domingo, fui en el auto hasta la cercana misión indígena de San Xavier del Bac, que construida entre 1793 y 1797. Esperaba encontrarme con una experiencia espiritual más austera de las misiones californianas. Pero ésta era mucho más espectacular, con ornamentos visuales y mucho más religiosa de lo que había imaginado.
Una larga fila de devotos aguardan de pie para rendirle homenaje a una imagen de San Francisco envuelta en un sudario lleno de milagros, pequeñas imágenes de latón -corazones, piernas, mujeres, hombres, animales, etcétera.- que los fieles compran antes de profesar sus ruegos.
Una mujer india había venido desde Texas por tierra para rezar por el alma de su madre recientemente fallecida, tironeaba de la cabeza del santo y luego le acariciaba los pies. Le pregunté por qué hacía eso con la cabeza y me contestó: "Alzalo y si tienes fe, él elevará tu alma al cielo. Si rezas por alguien, se producirá un milagro". Compré una estatuilla y comencé a rezar.
Lucretia Bingham
Traducción de Andrea Arko

Datos útiles

Cómo llegar

  • El pasaje aéreo, ida y vuelta, desde Buenos Aires hasta Tucson cuesta alrededor de 1400 dólares, con tasas e impuestos incluidos.
Alojamiento

  • Una habitación base doble en un hotel de cuatro estrellas vale alrededor de 110 dólares;en uno de tres, cerca de 70, y en uno de dos, 55.
En Internet

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