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 • HISTORICO

Un palacio inconfundible

El Ducal, un verdadero monumento al arte, sobresale entre las riquezas mantovanas antiguas; las telas de Rubens son una de las mayores atracciones que pueden encontrar en su interior quienes lo visitan




Muchos viajeros llegan a Mantua atraídos por una de las más hermosas obras de la pintura del Renacimiento: los frescos que Mantegna pintó en la Cámara de los Esposos, en el Palacio Ducal.
Por cierto, verlos justifica el viaje, pero ya en la ciudad nadie puede dejar de caer bajo el hechizo de las calles y de las plazas medievales y renacentistas, así como nadie puede sustraerse a la particular sugestión que deriva del emplazamiento geográfico de Mantova.
El río Mincio, que forma hacia el Nordeste el lago Superiore, abraza la ciudad y, en algunos sectores, se interna en las calles, las divide y corre debajo de antiguos puentes que contribuyen a crear una atmósfera íntima y provinciana.
Hay algo de Venecia en esos barrios cuyas casas están separadas por lentas avenidas acuáticas.
En las señoriales residencias mantovanas, contra cuyos muros se bate el suave oleaje del Mincio, reina la discreción y, durante las poéticas nieblas del otoño y del invierno, cierta melancolía de buen tono.
Cuando llega el verano, el sol hace renacer los colores intensos y comienzan las excursiones en barco por el Mincio y por el lago.
En la Piazza Sordello se alza el imponente Palacio Ducal. En realidad, se compone de varios edificios, pero sólo se permite visitar los salones de algunos de ellos.
La serie de los departamentos, decorados en el siglo XVI y en el XVIII, tiene espléndidas pinturas en los techos.
En el primer piso, están las tres salas de Pisanelllo, del siglo XV, en las que se pueden apreciar los restos de una obra destinada a representar la gesta de los caballeros del rey Arturo.
La escena que se conserva muestra un torneo sangriento en el que también aparecen personajes de la corte de los Gonzaga, señores de Mantova en época de Pisanello. El trabajo del artista es una sinopia, es decir, un imagen realizada con una tierra ocre, parecida a la sanguina. Pero sólo se han salvado del tiempo algunas figuras, como la de un guerrero muerto, de una purísima línea de dibujo.
Entre las más destacadas del palacio se hallan las telas de Rubens, expuestas en el Salón de los Arqueros. Una de ellas retrata a los duques Guillermo y Vicente Gonzaga y a las duquesas Eleonora de Austria y Eleonora de Médici adorando a la Santísima Trinidad.

Aspectos suntuosos


Los que busquen efectos de gran suntuosidad los encontrarán en la Sala de los Ríos, cuyas paredes están decoradas con seres poderosos, semidioses que encarnan los cursos de agua próximos a Mantua.
Las decoraciones son del siglo XVIII y las volutas, los pájaros y las plantas han sido pintados con delicadeza y, a la vez, con rica imaginación barroca.
En los extremos de la sala hay dos nichos que imitan grutas (en verdad, fuentes) custodiadas por estatuas de inspiración grecorromana contra un fondo de conchillas, en la mejor tradición del grotesco italiano.
Desde las ventanas se puede ver el famoso Jardín Colgante, encuadrado por galerías. Sorprende ver en las alturas el frescor verde de los parterres y las enredaderas que tapizan las columnas que sostienen las clásicas arcadas.

Al estilo de Versalles


No podía faltar en el sector del palacio que corresponde al período rococo una galeria de espejos a la manera de Versalles, con frescos realizados por artistas locales con la dirección de Viani. Si bien las pinturas son del siglo XVII, las paredes fueron adornadas con espejos a fines del XVIII. Una de las curiosidades del palacio es la Sala del Laberinto, construida por orden del duque Guillermo en la segunda mitad del siglo XVI.
Los visitantes se preguntan al entrar en esa habitación dónde está el laberinto, porque la sala es más bien despojada. Les basta levantar la vista y mirar el techo para descubrir que está allí, en lo alto.
Naturalmente la visita del palacio está organizada para que en último lugar se vea la celebérrima Cámara de los Esposos, pintada por Mantegna entre 1471 y 1474.
Los personajes de la corte de los Gonzaga parecen moverse en un espacio de un refinamiento prodigioso. Y, sin embargo, allí está resumida, como en los documentos de un cronista, la vida cotidiana del siglo XV en la ciudad y en los campos de los Gonzaga.

Cámara de los Esposos

Mantegna se había establecido en Mantua alrededor de 1460, invitado por el marques Ludovico Gonzaga. El pintor realizó una serie de obras para su protector, pero sólo se conservan las deslumbrantes escenas de lo que en tiempos de Ludovico se llamaba la Camera Picta, hoy conocida como de los Esposos.
En las paredes, se representan dos momentos: en uno, la familia del marqués está reunida para una ceremonia, probablemente la lectura de un documento papal que designa cardenal a Francesco, el segundo génito de Ludovico; mientras que en otro se asiste al encuentro del marqués con Francesco, ya cardenal, y el séquito de éste.
Cuando se sale a la Piazza Sordello, se advierte que, apenas si se conoce uno de los monumentos de Mantua. Pero conviene hacer un intervalo en los restaurantes vecinos o quizás entregarse al vagabundeo por las calles de la ciudad antigua antes de ver el resto de las riquezas mantovanas.
Hugo Beccacece

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