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 • HISTORICO

Una de piratas

Museo: el situado en el muelle central de Provincetown relata la historia de un bucanero; Sam Bellamy aún habita esta porción del norte de Cape Cod




Aquel que divise una embarcación se hará acreedor a la mejor pistola de a bordo, o arma similar... Absolutamente ningún miembro de la tripulación sugerirá cambios en nuestro modo de ganarnos la vida. No, cuanto menos, hasta que cada uno de los que habitamos este barco haya recibido la suma de mil libras para su propio beneficio. (Artículos de Los Caballeros de la Fortuna, Constitución de a bordo del galeón Whydah.) Cuando cae la tarde, George camina con paso cansino hasta el templo profano de la ciudad, al costado del muelle y a mitad camino entre el mar y la civilización. Es una caseta de madera, idéntica a las otras que se alinean en la costa, pero ésta ostenta en su frente un cartel descascarado por el salitre, donde se dibuja, sobre una tela negra, la calavera y los dos fémures cruzados. Una bandera pirata que, con la puesta del sol como marco, no logra intimidar ni al más cobarde.
George es uno de los pobladores históricos de Provincetown y no abandona el sano ejercicio dialéctico que se inauguró, después de 1985, en el pequeño Museo Pirata de la ciudad, donde los lugareños desgranan relatos de otras épocas, y cuentan a viva voz la leyenda de un héroe local, un pirata de culto que se hacía llamar Sam.
El dueño del lugar, un hombre de barba profusa y pipa de humo intenso, conoce al dedillo los entretelones de la historia con final trágico. Quien sabe... Si de aquello no hubieran pasado tantos años, uno pensaría que él también fue protagonista de las correrías marítimas a bordo del Whydah, el galeón en el que el pirata de Provincetown encontró la muerte.
Fue en una noche de tormenta furiosa de abril de 1717 cuando el capitán Sam Bellamy, un inglés llegado a Nueva Inglaterra en busca de fama y fortuna, perdió su última y desesperada batalla contra las fuerzas de la naturaleza. Cuenta la leyenda que el pirata, que había establecido su centro de operaciones en el Caribe, se había dispuesto a desafiar los rigores del invierno porque en las tierras del Norte lo esperaba el amor ansioso de una mujer india. Cualquiera que haya sido la razón, lo cierto es que el último mástil del Whydah desaparecido bajo las aguas del Atlántico se llevó consigo los tesoros de más de 50 barcos tomados por asalto por los hombres de Sam y dio paso a la leyenda cuidadosamente tejida por los habitantes de Provincetown.
El Museo Pirata, cuenta George, es fruto de la obstinación de Bellamy por conseguir las mil libras estipuladas en su Constitución de a bordo como signo inequívoco del bucanero de raza, un capricho que le costaría la vida en las mismas orillas del Cape Cod. Pero también es el resultado de otra obstinación tardía, la de Barry Clifford, un aventurero nacido en el cabo que decidió, 280 años más tarde de aquel hundimiento, rescatar la tradición de los dorados años de la piratería. Clifford sólo contaba con su propia curiosidad y una buena colección de relatos, y debió ejercitar su paciencia durante tres años hasta dar con una campana de bronce que, tras un manto espeso de óxido, arena y salitre, llevaba grabada una leyenda: The Whydah Galley, 1716 . El barco de Bellamy estaba allí.
Con los objetos recuperados de la embarcación, considerados como el único tesoro pirata auténtico del mundo que ha podido rescatarse de las profundidades, Provincetown dio forma a su Pirate Museum. Allí se exhibe hoy una valiosísima selección de cien mil piezas, entre las que se cuentan más de dos mil monedas españolas, inglesas e irlandesas, joyas de oro de origen akano, lingotes y cuchillos de factura refinada.
Sin embargo, el mayor tesoro del pequeño museo no lo constituye este botín de oro y plata, sino la reveladora colección de objetos de uso cotidiano de este grupo de piratas, que ha permitido un acercamiento único a los usos y costumbres de la era dorada de la piratería , como se llamó en la región del mar Caribe y su zona de influencia al período que va desde 1680 hasta 1730. Así, cañones, granadas y pistolas de distinto calibre -incluida la más sofisticada de Bellamy-, ajustados instrumentos de náutica, bolsos, zapatos y otros elementos de cuero, una tetera y algunos utensilios rudimentarios conforman, a juicio de los especialistas, la porción más valiosa de la exhibición.

El mar en la sangre

El espíritu de los hombres de mar de Provincetown no se alimenta sólo de las leyendas del pirata. La ciudad, abierta al océano por todos sus frentes, ha recibido esporádicas visitas de los vikingos a comienzos del siglo XI, y se dice que fue Thorvald, uno de los hermanos de Erik el Rojo, quien avistó las tierras del cabo e hizo pie en ellas para reparar la quilla de su embarcación. La región fue bautizada cabo de la Quilla por el expedicionario, una denominación que luego se reemplazó por la más cotidiana, pero no menos marítima, que lleva hoy: el cabo del Abadejo, según la fauna que abunda en sus aguas.
Luego, Provincetown dio albergue a una temprana oleada de inmigrantes portugueses que hicieron de la pesca su actividad primordial. Desde el siglo XVIII, y en virtud de la presencia de cetáceos en las aguas de la bahía, algunos viejos balleneros ibéricos se lanzaron a cruzar el océano para probar suerte en las costas despobladas de América.
Hoy, aunque la caza de ballenas se ha restringido por influencia de la ecología, los descendientes de los portugueses fundadores siguen haciéndose a la mar cada mañana para proveerse del alimento y para comercializar el resultado de su trabajo en los restaurantes turísticos que se han abierto en la zona. Por las tardes, el muelle MacMillan es un hervidero, mientras dura la tarea de desenmarañar las redes y alistar las embarcaciones para la salida del día siguiente. Junto a las embarcaciones coloridas de los pescadores, atracan también los barcos de excursión que se utilizan en la observación de ballenas (desde abril hasta octubre) y los relucientes yates de los visitantes acomodados, que llegan a Provincetown en busca de playas vírgenes, aguas calmas y una buena dosis de distensión.
También los pilgrims, reconocidos como los primeros pobladores europeos de lo que luego sería Estados Unidos, participaron en la construcción minuciosa de una historia local y en la conformación de su espíritu eminentemente marítimo. A bordo del Mayflower, los colonizadores llegaron a las costas de Provincetown en 1620, e hicieron un alto antes de dirigirse a su asentamiento definitivo en el continente. Las escasas cinco semanas que acamparon en el sector bastaron para dejar su huella: aquí promulgaron, ciertamente, el Mayflower Compact, una incipiente declaración de autogobierno que es considerada por los historiadores como la raíz de la tradición democrática norteamericana y el antepasado remoto de su Carta Magna.
En honor a su hazaña se yergue el más característico monumento de la ciudad, el Pilgrim Monument, una torre de granito, de estilo renacentista, de 78 metros de altura, en la que vale la pena intentar un ascenso para admirar la mejor vista del pueblo, sus casas blancas de techos grises a dos aguas recostadas sobre algo más de cuatro kilómetros de playas y, hacia el Nordeste, la zona forestada Beech Forest, paraíso de ciclistas y caminantes.
Cuando la actividad del mar se repliega, Provincetown adquiere un espíritu renovado y la vida se muda a las dos callecitas del centro -Commercial Street y Bradford-, donde en el verano proliferan los bares pequeños animados hasta bien entrada la noche, las tabernas con música en vivo y algunas puestas teatrales austeras. Allí, pescadores y turistas, los viejos contadores de fábulas piratas y los pintores bohemios escriben la pintoresca historia local, mientras el sol se reclina sobre la bahía de Cape Cod y los faros se encienden para marcar, a los barcos y a sus hombres, el camino de ida hacia este pueblo del mar.

Recomendaciones

Cómo llegar

  • El vuelo a Provincetown, ida y vuelta, con impuestos incluidos, asciende a los 1120 dólares, aproximadamente, por American Airlines, con escala en Nueva York y Boston.
  • El pasaje aéreo desde Buenos Aires a Boston, ida y vuelta, con impuestos y tasas incluidos, cuesta alrededor de 1000 dólares, vía Nueva York, por American Airlines. Desde allí, el pasaje a Hyannis, por Continental Express, cuesta entre 130 y 190 dólares.
  • La isla de Martha´s Vineyard está a siete millas de la costa sur de Cape Cod, rodeada por el océano Atlántico por el Sur y el Este y por las zonas de agua denominadas Vineyard y Nantucket Sound en el Norte. Se puede ir por aire o por agua. US Airways Express, Continental Express y Cape Air llegan allí desde Boston, Nueva York, Nueva Jersey y Hyannis, en Cape Cod.
  • Los servicios de ferry, en tanto, arriban al puerto de Vineyard Haven, y durante el verano sirven también las playas de Oak Bluffs y Edgar Town. Parten durante todo el año desde Woods Hole, con frecuencia diaria (tardan 45 minutos en cubrir el trayecto). Desde abril hasta octubre hay además transporte desde Nueva Bedford (una hora y media de viaje), Falmouth (40 minutos) o Hyannis (una hora y 45 minutos). Para transportar el auto en las bodegas del ferry, hay que hacer reservas con anticipación en la Steamship Authority Office por el (508) 477-8600 y tomar sólo los servicios que parten de Woods Hole.
  • Distintos servicios de bus trasladan pasajeros desde los poblados de la isla hacia las playas, aunque la mayoría de los visitantes se inclina por alquilar bicicletas o motos.

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