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 • HISTORICO

Viaje sentimental

José Ovejero en China




Cuenta José Ovejero que una mañana helada de hace muchos años, cuando iba a su colegio en Madrid, se le acercó un viejo, que más parecía una figura mítica, andrajoso, enigmático, tal vez sabio. En medio de la conversación que surgió, el hombre empezó a preguntarle nombres y datos y, al despedirse, ya en la boca del subte, le predijo que viajaría mucho. Esa es una coartada que José O. podría esgrimir para justificar por qué viaja tanto.
Prefiere otras, sin embargo, y de ellas habla en China para hipocondríacos , el relato de su viaje a China con el que el año último ganó el premio Grandes Viajeros que otorga Ediciones B. Allí se refiere a dos palabras del idioma alemán que, dice, han sabido dejar perplejos a quienes, como él, viajan y traducen (esa otra forma del desplazamiento). De las dos, opta por una segunda para dar cuenta de su permanente necesidad de viajar: Fernweh. Más que la añoranza del hogar, la nostalgia de la distancia.
Se trata de "un desgarro que sentimos por no encontrarnos en lugares lejanos, entre otras gentes, en paisajes cuya apariencia desconocemos, escuchar ruidos cuya procedencia ignoramos, ver animales de los que no sabemos el nombre, soñarnos, si no protagonistas, al menos partícipes de historias de las que aún no hemos oído hablar". Esa necesidad de distancia, dice José O., no niega la existencia de un hogar posible, sólo que éste no se encuentra en el pasado, sino en el futuro, en un lugar que aún se desconoce.

El viaje de las maravillas

En junio de 1991, José O. partió en un viaje que empezó en Nanjing, donde estuvo durante un mes aprendiendo chino en la Universidad, y se extendió hasta Kunming, "ciudad a la que Marco Polo llamó Iací". Hoy, en su fugaz paso por Buenos Aires, de todos los puntos de ese trayecto elige hablar de Xichang.
"Probablemente haya otras ciudades mucho más bonitas, incluso más interesantes, pero ahí yo me encontré mejor que en ningún otro lado, ahí pude sentir una ráfaga de esa cosa inasible que se busca al viajar.
"Lo primero que me gustó de ese lugar fue incluso previo a mi llegada: vi que no figuraba en mi guía Lonely Planet, con lo cual supuse que estaría alejada de los circuitos turísticos habituales. Además, me interesaba la idea de que fuera una ciudad ubicada en la región de Sichuan, donde habitan minorías como los hui y los yi.
"A estos últimos, los yi, un pueblo que ya aparece mencionado en textos chinos de hace dos milenios, yo ya los había visto posando para algún folleto turístico, sonriendo al pajarito e impecablemente vestidos.
"Sin embargo, caminando por las calles de esa ciudad medieval, los he visto con ropas raídas, desgastadas, y con un andar orgulloso que me recuerda el de algunos gitanos.
"Los hombres son altos, muy morenos, tienen rasgos entre orientales y aindiados, y llevan un aro en una de sus orejas. La cabeza, cubierta con un turbante negro del que asoma un largo mechón de pelo que no se cortan nunca, porque en él reside el alma."

Un lugar recurrente

José O. y Renate, su mujer y compañera de trayecto, encontraron pronto algunos rincones de la ciudad donde establecer esa rutina que en los viajes se vuelve tan codiciada, tal vez porque sugiere una pertenencia tranquilizadora, tal vez porque en esas ocasiones se vuelve más evidente la caducidad que subyace tras esas repeticiones que simulan ser eternas.
En el bosque que rodea al lago Qionghai, donde estaba el hotel al que habían ido, descubrieron un día un restaurante chico, de tres o cuatro mesas, todas ubicadas en una gran terraza que daba sobre el lago.
"El primer día que fuimos la dueña nos preparó una selección de verduras deliciosas, y después de comer, nos quedamos horas allí, somnolientos por el calor, el silencio y la paz, mirando ese lago que parecía una foto invertida en la que sólo el reflejo de las montañas se veía un poco fuera de foco. Volvimos a comer ahí muchas veces, incluso de noche, cuando en realidad daba la impresión de que la oscuridad iba surgiendo del lago. La noche antes de dejar Xichang también estuvimos ahí, y la dueña pareció entristecerse realmente cuando le dijimos que al otro día partíamos.

Hacia las montañas

"Un día, cuando ya estábamos agotados de dar vueltas boquiabiertos por el centro de la ciudad, decidimos hacer una peregrinación a Lushan, un monte sagrado para el budismo, sobre el que están emplazados varios monasterios. En China, las montañas tienen un valor simbólico: en ellas se ponen en contacto el mundo material y el espiritual, y sus brumas contienen una gran cantidad de qi , la energía vital.
"Peregrinar hacia la cima es para la tradición china una forma de ponerse en contacto con los dioses, y la peregrinación es un resumen de lo que debe ser la vida del fiel: la búsqueda lenta y trabajosa de la iluminación.
"De hecho, muchos monasterios están construidos en la cúspide de una montaña. En el caso de Lushan. son varios los que van apareciendo en el camino, y en muchos de ellos se ven las marcas de los ataques que la religión y sus símbolos sufrieron durante la revolución socialista."
En varios de esos monasterios José O. tuvo, más que encuentros con la fe, encuentros con su aguda hipocondría: graciosos, insalvables. Instancias de una constatación a la que llega todo viajero avezado: viajar no cura ninguno de nuestros males.
María Sonia Cristoff

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