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 • HISTORICO

Villefranche, el paraíso de Cocteau

Está muy cerca de Niza, pero sin la contaminación de esa ciudad; Nietzsche, Modigliani y Bono forman parte de los ilustres




VILLEFRANCHE-SUR-MER, Francia (The New York Times).- Moldeada en metal gris, el rostro escultural de un anciano observa con nostalgia los edificios bajos en tonos pastel, los alegres cafés y los barcos pesqueros que se mecen en el soleado puerto de la Costa Azul de esta villa. Cuando miro Villefranche veo mi juventud -reza la inscripción en el pedestal de la estatua-. Puede que nunca cambie .
Son las palabras del talentoso poeta, pintor, dramaturgo y director cinematográfico Jean Cocteau, que llegó aquí en los años 20, y encontró un refugio artístico y una musa inspiradora para obras maestras como Orfeo y Les Enfants Terribles .
Hoy, casi 80 años después de que Cocteau se alojó por primera vez en el hotel Welcome, el casco antiguo de la ciudad parece haberse quedado petrificado en el tiempo. El Welcome sigue siendo el hotel más refinado de la ciudad. La ciudadela de piedra del siglo XVI sigue asomándose sobre el mar de techos de tejas anaranjados. Los carillones de los campanarios de iglesias venerables aún resuenan a través de la cavernosa rue Obscure.
"Tiene la cualidad de intacta o intocable", dice Ted Jones, vecino de Villefranche que hizo la crónica de Cocteau y otros escritores en su libro The French Riviera: A Literary Guide for Travelers . "Está a diez minutos en bus de Niza, pero es distinta. Se siente muy distante."

La ribera oculta

Mucho más ricas en escenarios del Viejo Mundo e historias de artistas bohemios que en brillo y celebridades, ciudades como ésta forman una ribera oculta, que se esconde a la sombra de vecinos como Niza y Mónaco.
A lo largo de la Côte d Obscure, el sol de la ribera brilla con la misma intensidad, el mar tiene la misma temperatura, y la cocina provenzal es igual de sabrosa. A su vez, la moda del año último puede lucirse impunemente y casi nadie llega en megayates. Al recorrer las calles empedradas de Cagnes, Eze y Villefranche-sur-Mer es más probable que se camine sobre los pasos de artistas, escritores y filósofos célebres, que se roce con las hermanas Hilton.
Un domingo cálido de junio atrae a fieles de todo tipo a Villefranche para ingresar en el edificio barroco de la iglesia de Saint Michel. En tanto, los devotos del regateo deambulan por el mercado de pulgas de la place Amélie Pollonnais. En medio de edificios en suaves matices mediterráneos de ocre, amarillo y verde, la gente que está de compras se asoma entre sombreros napoleónicos, relojes art nouveau y recuerdos gálicos extraídos de algún baúl olvidado.
Los carillones de la capilla de Saint Pierre, del siglo XIV, convocan a otra pequeña grey: los estetas. Pintado por Cocteau, el interior está a punto de estallar con escenas coloridas de la vida de San Pedro. Angeles sin rostro, hipocampos flotantes y ojos sin cuerpo salen de todos los rincones.
En todas partes, las calles con adoquines resuenan con las pisadas de los viajeros que realizan el ascenso al château en ruinas en el pináculo de la ciudad. Suben en medio de ramas, hojas y flores; cruzan puertas de madera tachonadas y ventanas enrejadas; caleros de hierro llenos de flores color carmesí; pasan frente a la capilla de la Sainte Croix, del siglo XIV; la iglesia barroca de Notre-Dame de l Assomption.
Bien abajo se extiende uno de los panoramas más espectaculares de la región: acantilados grises, colinas pardas, casonas blancas y, extendiéndose hacia el punto de fuga, el azul profundo del Mediterráneo.
Casi inevitablemente los alrededores de Eze sedujeron a figuras famosas. Consuelo Vanderbilt y Anastasia Mikhailovna, gran duquesa de Rusia, tienen una casa allí. También el príncipe Guillermo de Suecia y, bien debajo de los acantilados, en Eze-bord-de-Mer, la villa que perteneció al príncipe Stroganov de Rusia es ahora el hotel Cap Estel. Entre los vecinos se halla un miembro de la realeza del rock, Bono, de U2.
Pero quizá nadie quedó tan fascinado con Eze como Frederick Nietzsche. A pesar de que pasó sólo unas cortas vacaciones en la zona en la década de 1880, el entorno produjo un profundo efecto en el inquieto filósofo: aquí se inspiró para escribir la tercera parte de Así hablaba Zaratustra .
Para el maestro impresionista Pierre-Auguste Renoir, el camino de la grandeza conducía finalmente al pueblo de Cagnes-sur-Mer, donde se retiró hace aproximadamente 100 años. Para un Renoir ya anciano, las colinas bañadas por el sol de Cagnes medieval ayudaban a aliviar sus dolores reumáticos e inspirar su paleta continuamente prolífica.
De hecho, ni siquiera la artritis severa que lo obligaba a atarse los pinceles a las manos nudosas opacaba su motivación para capturar los olivares y las ancestrales callejuelas de piedra cerca de su hogar, el actual Musée Renoir.
En la actualidad, la cocina de Cagnes compite con las telas, gracias a una tríada de restaurantes con estrellas en la Michelin. Están Le Cagnard, el Viejo Mundo y el Josy-Jo, este último, en una casona de piedra donde vivió Modigliani y que se especializa en cocina provenzal de primera que oculta sus orígenes humildes.
Seth Sherwood
Traducción: Andrea Arko

Datos útiles

Sugerencias

Información para el visitante

En Villefranche-sur-Mer:

Hotel Welcome, 3, quai Amiral Courber, www.welcomehotel.com . En temporada alta las habitaciones dobles parten de los 142 euros; fuera de temporada, 91 euros.
La Mère Germaine, quai Corbet. Una cena con tres platos para dos, ronda los 100 euros.
Chappelle de Saint Pierre, quai de la Douane. Entrada: 2 euros.

En Eze:

Hotel L Arc en Ciel, www.arcencieleze.fr . Habitaciones dobles desde 69 euros; 62 en temporada baja.
Restaurante Le Grill du Château, Rue du Barri, www.chevredor.com . Ofrece una impresionante vista panorámica y excelente cocina mediterránea francesa. Una comida de tres platos para dos cuesta alrededor de 120 euros. Las habitaciones dobles del hotel parten de los 270 euros.

Los Stones también estuvieron

Como si canalizaran el espíritu de Cocteau, otro grupo de bohemios llegó hace 35 años a Villefranche para intentar convocar a su propio genio: los Rolling Stones.
Semiexiliados de Inglaterra con el fin de evadir impuestos, el grupo se escondió en el sótano de una mansión de Villefranche para trabajar en nuevas grabaciones.
Pero las sesiones estuvieron maldecidas desde el comienzo. La banda tuvo que soportar el calor sofocante, frecuentes cortes de energía, a los curiosos que los distraían, asperezas entre los integrantes y el robo de todas las guitarras de Keith Richards, que a menudo consumía heroína y terminaba, cada dos por tres, arrestado por la policía francesa.
De todos modos, los Stones convirtieron la locura en oro. El álbum que salió de allí, Exilio en Main Street , sigue siendo brillante.
Hoy, la ciudad parece envejecer mucho mejor que Richards y Mick Jagger. Con seguridad está más tranquila con la ausencia de ellos.

Comer bien

A medida que el anochecer envuelve los cafés de la costanera y las melodías de los acordeonistas llenan el aire marino, los peregrinos culinarios se dirigen a La Mère Germaine.
Este restaurante, que cambió muy poco desde su inauguración en la década del 30, es un templo a los mariscos. Siempre está repleto y los mozos, de camisa blanca y moño, sirven con cucharón platos humeantes de bouillabaisse con abundantes camarones, mejillones y salmonetes de las aguas adyacentes.
Parejas vestidas de blanco fuman Gitanes y beben Bandol rosé mientras comen. Es una especialidad de Villafranche más duradera de lo que Cocteau se habría animado a reconocer.
Aquí, en Eze, fundada en el siglo VIII, los automóviles, carteles luminosos y cables de energía no existen, garantizando este escenario de cuentos de hada.

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