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 • HISTORICO

Bendita sea la propina




La palabra tip en inglés tiene varios significados. Podría ser el equivalente en lunfardo de yeite, que no sé de dónde viene y le tendría que haber consultado a José Gobello, que la sabe lunga. Volviendo a tip, literalmente significa punta y también dar consejo, pasar un chimento, y lo que en las series americanas dobladas al español llaman chivatazo, es decir propina.
Es la manera que uno tiene de agradecer un servicio en forma voluntaria. Responder ¡g racias! con dinero, lo que no necesita traducción. El problema surge cuando se establece obligatoriamente. Entonces no importa si lo atendieron bien o mal, si está satisfecho o disconforme, el cargo forma parte del precio.
Al viajar comprobamos que no en todas las ciudades ocurre lo mismo. En Nueva York el taxista puede insultar al pasajero si al valor del viaje no le agrega un 15% o más. En Buenos Aires, en cambio, no damos propina aunque el servicio es generalmente mucho mejor que el de Manhattan.
En París los restaurantes cargan un 15% en la factura y dan por sentado que uno tendría que agregar algo más como cosa suya. En Madrid, sin embargo, no hay un porcentaje fijo y es razonable que se deje en la mesa un plus -no mayor del 10%- si el comensal está contento. Aunque ningún camarero se moleste si no recibe nada.

Servicio sin vocación

Ahora, con la pesadilla del tambaleante euro, este panorama está cambiando drásticamente. En Europa occidental, la más habitual para nosotros, se les están yendo los humos. Hasta hace poco si dejábamos una propina en dólares nos miraban con mala cara. Hoy aceptan lo que venga. Por ejemplo, en los paquetes para recorrer varias ciudades en ómnibus la pesadilla era llegar al alojamiento y que nadie nos ayudara con las valijas. Servir, un concepto que le dio prestigio a la hotelería suiza, estaba mal visto entre los nuevos ricos, que "no estaban para servir a nadie". Algunas empresas contrataban, por su cuenta, ese servicio, que no siempre era bueno. Lo más rápido era cargar cada uno con su equipaje y no esperar que finalmente llegara a su habitación cuando les viniera en gana. Eso se corregía, doy fe, si después de individualizar la maleta, uno dejaba euros (de 2 a 5, nunca uno). Y no siempre. Porque en algunos lugares ni siquiera existía el maletero.
Eso sigue pasando en los ferrocarriles, que en Europa son casi siempre una maravilla, pero no en todos los casos. En la mayoría de las viejas estaciones no hay nadie dispuesto a cargar nada. Ni hay carritos como en los aeropuertos o están escondidos en alguna oficina de atención al cliente para casos especiales.
En Venecia, por ejemplo, sólo conseguí la ayuda de un autito eléctrico mostrando un bastón y pagando una tarifa de 15 euros. Y eso es un drama agravado porque los antiguos vagones -no todos son nuevos- tienen escalones muy altos, igual que nuestros colectivos, tampoco aptos para gente que no haga gimnasia. Por eso voy a GEBA, para mantener el estado físico que me permita subir y bajar del transporte público en Buenos Aires.
No era así, por lo menos hasta que también vino la oleada próspera, en los países que estaban detrás de la Cortina. No todos se manejaban en euros, pero no se olvidaban que habían sido pobres.
Y para ellos la propina era, lo mismo que para los viajeros huérfanos de favores -somos mayoría-, el lubricante que hacía las cosas más simples. Y no es cosa de ricos sino de gente sensata.
Es el caso de César Ritz (1850-1918) el hijo número 13 de una pobre familia campesina en los Alpes Suizos, que de niño fue esquilador y tuvo que emigrar a los 13 años para ayudar a comer a sus padres y hermanos con sus remesas de lavaplatos. El mismo que luego se convirtió en sinónimo de hotelería de lujo en el mundo.

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