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 • HISTORICO

Brighton Beach, como en la época de la Cortina de Hierro

La comunidad rusa conserva sabores, costumbres y hasta idioma en Brooklyn




BRIGHTON BEACH.- Si en Manhattan se encuentra aburrido de tanta riqueza, variedad, consumo, entretenimiento y actividades culturales, no desespere: con 50 minutos de metro de la línea B puede transportarse en el tiempo y el espacio a la Unión Soviética de Breshnev.
No es Disney, ni parque temático alguno (aunque a veces uno siente que está en el set de una película de espías). Es Brighton Beach, el balneario de Brooklyn que es epicentro de la comunidad rusa que llegó a Estados Unidos aprovechando los momentos en que el Politburó relajaba las restricciones a la emigración en la década del 70. Y donde se mantiene la vida cotidiana como en la época de la Cortina de Hierro.
Lo primero que uno nota al llegar a la Pequeña Odessa o el Leningrado sobre el Hudson, como se lo suele llamar, además de que todo está escrito en alfabeto cirílico, naturalmente, son las colas.
Si uno quiere algún snack de media mañana (léase un golpecito de vodka sobre Brighton Beach Avenue, o un knish de papa caliente), para jugar de local tendrá que esperar pacientemente su turno tras varias Olgas, Irinas y Vladimires, primero en la caja registradora y luego en el mostrador del negocio. O en los puestitos que venden caviar rojo y negro por la calle.
Hoy, sólo un 15 por ciento de los 210.000 rusos que viven en Nueva York están asentados en Brighton Beach, pero se mantiene como la capital cultural del emigrado eslavo. De hecho, muchos de los habitantes son ancianos que no hablan inglés y necesitan el amparo de los servicios en ruso que da el barrio.
Para el turista todo esto se traduce en una experiencia cultural, y sobre todo gastronómica, que permite recorrer las cocinas de la ex Unión Soviética en unas pocas cuadras.
Para empezar, está el Café Kashkar, 1141 Brighton Beach Avenue, en honor a un célebre oasis con mercado dominical cerca de la frontera entre Tadjikistán y China. Aunque en el interior la profusión de flores y manteles plásticos descorazona, se trata de uno de los pocos lugares donde se puede comer comida de la etnia uighur. No se puede dejar de probar el puchero de cabra, y de postre, el chakchak, una barra de maíz inflado y miel, deliciosa. Todo esto por menos de 10 dólares.
A pocas cuadras, sobre la avenida se puede conseguir unos extraordinarios quesos frescos de Bulgaria, en M&I International Foods, y por la calle shashlik (kebabs) preparados por los inmigrantes musulmanes de la ex URSS.
Pero las mayores delicadezas, como berenjenas rellenas de avellanas y pollo con avellanas en salsa de curry, están en el restaurante Primorski, uno de los más viejos de Nueva York, de cocina judía ruso-georgiana.
Lo mejor es ir de noche y pedir un banquete ruso a 40 dólares por cabeza. Eso incluye desde un repollo relleno que es preperestroika hasta un khachapuri, especie de soufflé de queso georgiano, que bien podría estar en un restaurante de hotel cinco estrellas. El espectáculo incluye canciones de Abba o Julio Iglesias entonadas con un fuerte acento ruso, así como el eterno hit de los enamorados en Brighton Beach, Stranzhers in Zeh Nait.
No hay un código de vestimenta específico, salvo que todas las mujeres tienen su tapadito de visón. Nada de onda ecologista, aquí el símbolo de prestigio sigue siendo el mismo que en Moscú 1940.
Para los argentinos, la cantidad de comida que incluyen estas salidas sin duda resultará excesiva, pero los lugareños explican que los inmigrantes del barrio tuvieron vidas difíciles y de grandes privaciones, y hoy sólo una comida de 20 platos, más docenas de botellas de vodka y música melosa, seguida de su folklore natal es la representación de un sueño colectivo.
Otro lugar para celebrarlo es el National, en 273 Brighton Beach Avenue, con espectáculos varios que no tienen nada que envidiarles a los de Las Vegas en lo kitsch, pero que le suman el encanto de los bajos fondos de Moscú. Porque claro, Brighton Beach siempre fue conocido como el corazón de la mafia rusa de Estados Unidos, aunque en general el lugar es una curiosidad segura para visitar.
Si se prefiere hacer la visita de día, sobre el mar, hay una encantadora rambla de madera llena de cafés donde se puede ver a los viejitos rusos jugando al ajedrez. En los paradores sobre la playa no se comen panchos ni se toman licuados, sino que el menú siempre incluye vodka y un buen plato de borscht.
Existe un solo grupo que no está tan contento. Están llegando turistas ricos de Rusia. Son fáciles de reconocer por su cara de disgusto. "Moscú es poder, es dinero, es cambio; como Manhattan, no como esto", explica un recién llegado. Un estudiante de Moldavia que hace una pasantía en Washington asiente: "Rusia ya no tiene nada que ver. Esto es la versión Disneylandia".
Pero aun ellos tienen que reconocer que en Disenylandia no se consigue un borscht tan perfecto. Y que el olor de las pastelerías, que recrea el de las cocinas prerrevolucionarias, envuelve de poesía y nostalgia.

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