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 • HISTORICO

CUBA: con las tumbadoras y el bongó, le canta al Caribe

En el interior de las casas antiguas de Santiago de Cuba, todas las excusas son buenas para bailar sobre un pie




SANTIAGO DE CUBA.- Tierra del son, provincia con sangre Caribe y piel azabache. Limita al Norte con Holguín -a190 km aproximadamente de Playa Esmeralda-, y al Sur con el agua turquesa del mar de los piratas y los corsarios.
Tierra de pulso caliente, su gente es intensa. Hay que andar por la calle Heredia, al costado de la plaza Céspedes, y perderse entre los adoquines que queman de tanto calor. Veredas angostas, coches que pasan a gran velocidad. La música a todo volumen se escapa por las ventanas ajadas y abiertas. Las puertas de madera verde, azul, amarilla, de tantos colores, muestran la intimidad de las casas. Un ventilador que gira lento arrastra entre el vaho espeso del mediodía una letra familiar: Guantanamera, guajira Guantanamera... Es la gente que se ha reunido en la Casa de la Trova para cantar y tocar hasta que se haga de noche.
A pocos pasos, el Museo del Carnaval expone las máscaras, trajes e instrumentos de las Congas que se celebran en honor a Santiago Apóstol, entre el 14 y el 29 de julio de cada año, en el paseo José Martí.

De poetas y unicornios

Una puerta marrón está entreabierta. Deja ver un patio con fuente y mecedoras. Una enredadera ofrece buena sombra. Dan ganas de entrar.
"Pasa muchacha, pasa...", el moreno, ojos café, invita, gentil. Un pasillo descolorido conduce al patio circular. Allí, un montón de hombres conversan mientras se mecen en viejas hamacas. El lugar es un oasis de paz en medio de la intensidad de la calle. Afuera quedó el vértigo atroz que envuelve a esta capital. Aquí dentro, las miradas se vuelven suaves. Aquellas que lo atraviesan todo han quedado del otro lado de la verja. En este patio, escritores y artistas se reúnen en tertulia. Leen sus obras, comentan y se guarecen de tanta sangre que arde, que late, afuera.
"Quédate muchacha. En un ratico presento mi libro, te va a gustar..." Por el recodo que dibuja la pared azul descascarada se ve una reja. Santiago de Cuba es un jardín de rejas. Cada ventana tiene la suya y cada una es diferente. Como raíces entrelazadas, las verjas de Santiago se entrelazan, del tejado a la vereda. También así se entretejen las palabras, las canciones, los acordes de los pianos que se escapan de la Escuela de Música, el pulso de las tumbadoras y el verso de Guillén, que llega desde alguna parte. Que está llegando, y suena... " Yambambó, Yambambé! Repica el congo solongo, repica el negro bien negro; congo solongo del Songo baila yambó sobre un pie. " Para conocer el alma de Santiago hay que ir al Cuartel Moncada, y verlo convertido en una escuela, lleno de niños con uniformes colorados. Detrás, la Sierra Maestra sube desde el Caribe y guarda, para siempre, el eco, aún vigente de los que iniciaron la revolución.
Por el camino que bordea la costa, se llega a la fortaleza de San Pedro de la Roca, construida en 1663. Se alza sobre una colina y tiene a sus pies la entrada de la bahía. Es la edificación más antigua de Santiago. En tiempos de la Colonia, sirvió de fuerte para defender la isla de los piratas que la atacaron, durante 24 años consecutivos. Allí se visita el Museo de la Piratería.
Cuenta la gente que el 8 de septiembre de 1608, Juan y Rodrigo, dos niños pequeños, salieron a buscar sal. Mientras caminaban vieron flotar en el agua la imagen de la Virgen Negra de la Caridad del Cobre (hoy, Patrona de Cuba). En el pueblito de El Cobre se encuentra el Santuario de la Virgen. El escritor Ernest Hemingway le ofrendó la medalla de oro que recibió con el Premio Nobel de Literatura.
Acaba el día. Las escaleras de la calle Padre Pico están llenas de gente. Unos nenes sin remera juegan a batear una pelota de trapo. Algunas baldosas más allá, una niña juega rayuelas. Hay una mesa y sillas rotas. Todos los hombres de la cuadra están ahí. Es la hora del dominó. Se juegan el alma en cada partido. Hay que verlos tirar las fichas, les va la vida en eso. Hay que verlos dar y dar de nuevo, renovar la pasión en cada ronda, y poner el cuerpo, exponer el alma, soltar la sangre, esa que les pulsa fuerte. Jugarse enteros, una vez más.

Una playa teñida de esmeralda

PLAYA ESMERALDA, Cuba.- Aquella tarde de invierno, el Atlántico teñía la orilla de la bahía con pinceladas de agua clara. Como siempre, como cada tarde. Desde lejos, un repiqueteo de parches cargaba el aire, era el bongó. Pronto se oyeron las maracas, un tres, el chéquere y la trompeta. Era la música de Cuba. Llegó suavecito, suavecito , se fue metiendo en el cuerpo para quedarse y cargar la sangre de ese ritmo negro que late en el oriente de la isla.
A 72 km del aeropuerto de la provincia de Holguín, y a 190 de Santiago de Cuba, Playa Esmeralda tiene el alma color esperanza: guajira verde sembrada de papayas, cacao y caña de azúcar; océano verde lleno de corales y peces.
Cuenta la gente que el 27 de octubre de 1492, cuando Cristóbal Colón desembarcó en estas costas, afirmó: "Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto jamás." Tenía razón. Como una postal, la bahía es una alfombra irregular -800 metros- de arena blanca y finita. Salpicada a cada paso con el verde de la palma real (árbol nacional) y del árbol de la almendra, que sirven de sostén para las hamacas tejidas en hilo.
Detrás, como una catarata, el monte se derrama hasta la orilla, y deja ver, apenas, los puntos más altos de los hoteles escondidos entre tanto color. A las 19, el invierno clausura el día. El sol se pone sobre el costado izquierdo del océano. Hay dos bahías pequeñas, que el acantilado disimula. Allí, las almas solitarias y las parejas de enamorados se refugian de la gente y disfrutan de un océano íntimo, a la medida del sueño. Cae la tarde y el aire, siempre cálido.

Bailando en la guarapera

Los 28º C no aflojan, por el contrario, el aroma dulce que envuelve la noche recién llegada parece que los multiplicara aún más. Guajira adentro, el bar a cielo abierto, a la vera del camino -dos km hacia Las Tunas- ha prendido sus luces. De nuevo, llegan aires de tumbadoras. Se oyen voces, armonías entonadas con la delicadeza del terciopelo. Llegan desde lejos, como caricias. Vale la pena caminar bajo el montón de estrellas, seguir la ruta de los grillos y las ranas, y llegar hasta la guarapera (plantación de caña de azúcar). Allí, José , Enrique, Jacinto, Antonio y Ramón, le sacan chispas a esta tierra que no se duerme. Entre tanta trompeta y contrabajo no se puede ir a dormir. Hay que bailar. Quique, el director del conjunto, sabe como enseñar el tiempo del son. Suavecito, suavecito, Tú ya sabes como es eso , dice y baila. Sigue bailando.

A nadar con los delfines

Un viaje corto en lancha, por el camino del agua que le ciñe el contorno a Playa Esmeralda, y se llega al parque marino Bahía Naranjo. Allí viven los delfines Thanis y Tornado, papás del bebé Venus, que nació hace un año. Vale la pena un chapuzón en familia. Como buenos anfitriones del océano, ellos darán besos de bienvenida a los que los visiten y les ofrecerán una aleta para dar un breve paseo, mojado.
A 15 km de la playa, por una ruta que se interna en el verde, se llega a Chorro de Maita, un área arqueológica de 22.000 m2, antiguamente habitada por los indios taina. Una réplica en tamaño natural de la aldea ilustra detalles de aquella cultura. Se dice que cuando Colón envió a esta zona a dos de sus exploradores, los nativos les mostraron un rollo de hojas secas de la planta de la cohíba.
Luego de compartir una cena con aquellos españoles, el behique (hechicero de la tribu), colocó las hojas dentro de un tubo llamado tabaco, lo encendió con un trozo de madera de cuaba, y luego inhaló el humo. Cuentan que cuando Colón volvió a España llevó consigo aquellas hojas de cohíba, pero se equivocó y las presentó como tabaco. De allí el nombre de los famosos cigarros cubanos.
Sigue el camino entre lomadas. A cada paso, una mujer con sombrilla, un carro tirado por bicicletas o por caballos, casitas con techos tejidos con hojas de palma real, las mecedoras a la sombra y el verde brillante del mediodía. Al costado del camino, una escuelita rural.
Más allá, el consultorio de Odalis, la médica del departamento. Hay que visitarlos. Ellos, gustosos, hablarán de la vida de todos los días en esta isla grande del Caribe. Los niños enseñarán con orgullo sus cuadernos de clase con las primeras letras y el libro de lectura con los poemas de José Martí. A un costado del pizarrón, claro, hay una foto del Che.

Buen Trago

En la ciudad
  • Mojito: ron blanco, jugo de limón, agua carbonatada (soda) y unas hojitas de hierba buena. Hemingway lo tomaba en La Bodeguita del Medio, en La Habana.

  • Daiquiri: ron, hielo, limón, azúcar y agua carbonatada. Hemingway lo tomaba en La Floridita , en La Habana.

  • Cuba Libre: ron con cola.
En la guajira

  • Guarapo: ron, jugo de caña de azúcar y hierba buena.

  • Mabuyá: ron blanco, miel, jugo de limón o de toronja y soda.
Soledad Pita Romero

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